Vivir Para Filmarla

La Tiendita de los Horrores

Por Emilio Hill

En una escena de Dolor y Gloria (Pedro Almodovar,2018), vigésimo cuarto largometraje  del emblemático director manchego, ícono de la movida española iniciada a partir de noviembre de 1975 con la muerte de Francisco Franco (1872-1975), Salvador Mallo (Antonio Banderas), un depresivo y vencido cineasta de éxitos pasados le dice a su cirujano ya medio anestesiado y antes de iniciar la operación a la que será sometido: “voy a filmar una nueva película”, el galeno, le contesta: “comedia o drama”, previo a cerrar los ojos,  contesta: “eso nunca se sabe”.

Dolor y Gloria es un manifiesto personalísimo cargado de melodrama con tono de culebrón estilizado, pinceladas autobiográficas y ficción que funcionan sobre todo como una confesión de parte y que deja la impresión de ser una resaca melancólica de la generación a la que le tocó la ruptura social que vino después de la muerte del dictador de meliflua voz y ratonil personalidad Francisco Franco.

Después de dos largometrajes ahogados en la ligereza que fueron de menos a muy poco: Los Amantes Pasajeros, en 2013 y Julieta, en 2016, Almodóvar coquetea con su público y juega con la realidad-ficción, o por lo menos con una parte de lo que el imaginario cinéfilo ve en él: un obseso romántico del cine, atormentado y melancólico, de rugosidades en el alma pero que tiene claro su amor al cine por sobre todas las cosas.

Porque Dolor y Gloria se acerca más al trabajo de diván que catapultan el alma del artista hacia el espectador en el tono de filmes como 8/1/2 (Federico Fellini, 1963), pero dentro de un universo menos lúdico, pero sí más cerrado. El mundo almodovariano está presente en las neurosis y dobles juegos de sus personajes, sus mezquindades y simpatías como un estilo característico del director.

Si Pepi, Lucy, Bom y Otras Chicas del Montón, de 1980, catapultaba a un cineasta que representó a la generación de ruptura generacional que vivió el cambio social luego del franquismo y Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios retrataría la adaptación cínica de los siguientes años filmada en 1988 y que le daría el reconocimiento internacional, Dolor y Gloria es la melancólica, pero serena llegada a la madurez, con su amorosa confesión de parte.

Mallo, languidece en el ostracismo y las glorias pasadas, hasta que le llega la invitación para presentar restaurada una copia de un filme suyo exitoso de hace años. Invita a su protagonista con el que se peleó hace décadas, Federico (Leonardo Svaraglia), quien lo induce a que consuma heroína.

El director recibe los cuidados de su nana-rp Zulema (Cecilia Roth), mientras recuerda su infancia en un pequeño pueblo y sobre todo a su madre –una como siempre estupenda Penélope Cruz-. Pero, sobre todo, con sus memorias, que lo asaltan por momentos, el cineasta regresará al origen: la primera pulsión de deseo sexual casi inocente pero nunca prohibida que lo conectará de nueva cuenta con el mundo, su amor por el arte y una travesura innata casi olvidada.

Entrañable fábula de la sobrevivencia y el amor al cine, con personajes de rugosidad encantadora, el filme brilla no por honesto –que no necesita serlo-, sino por el manejo de la ficción que se traduce en una fábula, una fábula de amor al cine y al origen.

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