Información, Atención y Distracción: El Dilema de las Redes

Clics contra la humanidad.
Libertad y resistencia
en la era de la
distracción tecnológica,
James Williams,
Gatopardo ediciones,
Barcelona, 2021.
192 páginas.

 

Cuando la información abunda, el bien escaso pasa a ser la atención, Herbert Simon

Por David Marklimo

Realizar un trabajo, cualquiera que sea, en la actualidad es estar expuesto a los llamados distractores. Cada tarea que realizamos, seguramente, se ha visto interrumpida por un centenar de notificaciones de Whatsapp, Telegram, Gmail o las redes sociales. Es decir, el trabajo se ve amenazado por un flujo constante de estímulos online, que compiten sin tregua por captar nuestra atención. En la era del exceso informativo, la atención ha pasado a ser un bien escaso y codiciado por las grandes empresas tecnológicas. ¿Cómo afecta este fenómeno a nuestra autonomía y nuestra libertad? ¿Cómo podemos oponer resistencia a la colonización de nuestra mente? Es más o menos lo que se ha preguntado James Williamas en su ensayo, Clics contra la humanidad. Libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica, donde se indaga cómo las plataformas y los dispositivos tecnológicos nos retienen en ellos sin entender muy bien por qué lo estamos haciendo.

No es un autor cualquiera: James Williams, fue estratega de Google (obtuvo ahí el Founder’s Award, el máximo reconocimiento de la compañía) y renunció para irse a estudiar filosofía en Oxford. Pasó pues, de Silicon Valley y su modernidad, a la tradición de una de las universidades más antiguas del mundo. El autor recuerda sus días trabajando como estratega de Google con nostalgia: él pensaba que la empresa de Mountain View solo quería organizar toda la información del mundo, sin embargo, al constatar que estaba padeciendo de una distracción profunda que no sabía cómo dominar, le llegó la epifanía: ¿qué pagamos cuando prestamos atención? Fue allí cuando renunció a Google y se fue a Oxford a estudiar filosofía y ética, para así entender, qué era lo que le sucedía y nos sucede. Y ahí sigue como investigador del Centro Uehiro de Ética Práctica.

En general el libro parte de una paradoja: a las compañías de tecnología les encanta hablar de aspectos relacionados con la privacidad y el rastreo mientras evitan hacerlo sobre la esencia de su modelo de negocio, que es la persuasión y la manipulación. Para nosotros también es mucho más fácil imaginar que lo que se mueve de un lado a otro son nuestros datos y no nuestro comportamiento. Así, el autor sustenta su exposición en dos pilares básicos: la atención del usuario y la conveniencia de las tecnologías. Se es tajante en ambos aspectos, pues en referencia a la atención (o a la pérdida de) afirma que el peligro de las meras “distracciones”. El autor define de esta manera lo que supone la “economía de la atención”, un entorno en el que los productos y servicios digitales compiten sin descanso para captar y explotar la atención del consumidor e insta a las propias compañías (mediante un cambio social y legislativo) a que modifiquen sus conductas, pues se ha de evitar la tentación de pedir a los usuarios que “se adapten” a las distracciones: para eso habrían de poseer una capacidad de autocontrol inalcanzable. De sobra es conocido que, en estas compañías están los psicólogos, estadísticos y diseñadores escogidos entre los más inteligentes del mundo que se pasan media vida pensando en la manera de echar abajo el muro de vuestra voluntad. Pretender luchar contra esto es inimaginable. Si bien es cierto que Internet es quien ha ayudado a convertir el arte de la persuasión en manipulación profesional mientras amenaza nuestro “dominio interno de la conciencia”, citando al filósofo John Stuart Mill.

En cuanto a la potencialidad, ahí está el caso de Facebook en relación con a la identificación  emocional; un experimento raro en el que analizaban la reacción de una muestra de sus usuarios a los que se les mostraba información filtrada para ver cómo afectaba a su manera de escribir y, en consecuencia, comportarse y demás. No falta, claro, la alusión a la Justicia y su impartición, que en este cas significa un proceso de identificación y alteración del comportamiento de sus usuarios (ergo, todos nosotros), que utilizan las redes sociales para descargar su ira contra alguien o contra un hecho en concreto, importando poco el resultado de las instancias judiciales. ¿Para qué necesitamos tribunales si para ello tenemos Twitter? Quizá la reflexión deba consistir en entender que las grandes plataformas son empresas de publicidad. Si nos preguntamos por qué tenemos algo delante de la computadora, es probable que al final la respuesta sea por algo relacionado con la publicidad.

Reflexiones, todas estas, pertinentes, para este mundo tan conectado en el que nos ha tocado vivir.

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