Monsiváis y la Justicia por Propia Mano

A la Vuelta de la Esquina

*Uno de los Casos Relatados por el Escritor

*Un Video que fue Contratado por los Linchadores

*La Fatiga e Indiferencia de los Pobladores Ante el Hecho

*La Prácticamente Nula Participación de la Policía

Por Iván Ruiz Flores

Fue imposible no recordar a Carlos Monsiváis no tanto por su aniversario y si mucho por el incremento que se ha dado en México (sobre todo en la capital de la República) de los intentos de linchamiento en contra básicamente de los delincuentes.

Sí, en estos tiempos de pandemia el horno no está para bollos. Los ciudadanos están irritados, temerosos, asustados y si hay algo que les saque de quicio, es que cuando más falta hacen los recursos económicos para millones, haya quienes asalten a transeúntes, roben casas y traten de arrebatarles lo poco que les queda.

Hasta ahora, afortunadamente para los pillos, muchos sólo han sido golpeados y entregados a la policía (cuya responsabilidad en este tipo de hechos se deberá a su nula o pésima actuación), pero hay quienes no tuvieron esa suerte. De ahí que tiene validez actual lo escrito por Carlos Monsiváis en un fascículo de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos denominado “Justicia por Propia Mano”.

El describió 14 casos sobre la mencionada práctica al tiempo que realizaba un estudio sociológico sobre el impacto de los linchamientos en la sociedad.

Narraba como a mediados de los años noventa del siglo pasado, entre septiembre de 1995 y agosto de 1996 “fueron rescatadas de intentos de linchamiento 26 personas y hubo 21 asesinatos: ocho en Oaxaca y el resto en Chiapas, Tlaxcala, Morelos, Nayarit, Puebla, Estado de México, Durango y el Distrito Federal. Según diputados del PAN y del PRD, en 1996 se registraron más de 30 linchamientos.

Pero la diferencia entre los demás casos y el de Tatahuicapan -explicaba- es, como en algunos otros, la presencia del video. Así, hay dos versiones: En la primera, de Roberto González Pérez, de El Nacional, Madrigal declara ser el único que posee cámara de video en el pueblo; lo contrató, dice, alguien de una Comisión de Derechos Humanos. Luego se aclara que lo contrataron los propios linchadores y el proceso resulta muy interesante pues el único detenido es el que grabó. Es impresionante.”

Carlos, además, explica:

“En otra relación de los hechos, que es la del video, Madrigal, miembro de una Comisión de Derechos Humanos, incita a la gente: ¿Qué tipo de justicia quieren? Como sea, el video, de unos 40 minutos de duración, fue entregado a las autoridades, quienes a su vez lo distribuyeron a las televisoras, las cuales sólo transmitieron tres minutos porque consideraron que el público no podía soportar más. Hice la prueba de ver los 40 minutos y estuve de acuerdo: no se soporta. Es imposible verlo. Lo más llamativo del video es el aire perceptible de fatiga o indiferencia que correspondería a un día cualquiera, muy tranquilo, con niños y campesinos en pos del pintoresquismo. Hay una agonía del detenido, de cerca de 10 minutos, con todo y el fuego que se apaga y se activa.

Y sigue narrando:

“El momento más impresionante es cuando cesa el fuego y luego reinicia al grito de ¡échenle JUSTICIA POR PROPIA MANO 13 más! Atado a un árbol, inconsciente por la golpiza monstruosa, Soler Hernández ya no es un ser humano, si alguna vez así lo percibieron quienes lo contemplan. Es un despojo, un montón de carne incinerable. Al final, el aullido del dolor del moribundo es la única nota, así sea agónica, de humanidad. Los niños dan la impresión de que están viendo un programa de televisión, una película de Freddy Krueger; algo que no es real, algo tan absolutamente monstruoso que sólo está asimilado por el cine de horror. El desdén de los linchadores se asemeja al comportamiento de los policías asesinos de Aguas Blancas, Guerrero, también impávidos ante la videograbadora que los registra. En Tatahuicapan, los vecinos contemplan, casi con indolencia, la escena: qué importa la hoguera, si no son criminales sino pueblo justiciero y, es obvio, su acción les parece esencialmente virtuosa al colmar el vacío de justicia en la zona. En Tatahuicapan, el linchamiento se describe como la transformación anímica de la comunidad, de pronto poderosa, de pronto de vuelta a los orígenes de la barbarie, que el videotape certifica”.

Urge en la Ciudad de México más acción policial para evitar cualquier linchamiento.

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