La National Lampoon Culturizada

La Tiendita de los Horrores

Por Emilio Hill

Un estreno mediano de temporada veraniega es el verdadero significado del Festival de la Canción de Eurovisión: la historia de Fire saga (Dovkin, 2020). Y es que con la promesa de una posible apertura de los cines y ya de plano la temporada fuerte de estrenos vacacionales –una de las más importantes, la siguiente es fin de año- pospuesta hasta nuevo aviso, Netflix y compañía parecen copiar los usos y costumbres de la industria.

Así, hay películas de ocho columnas y otras que, aunque no son de medio pelo, sirven para tener contento al respetable con algo ligero. Festival de la Canción de Eurovisión, pasa la prueba de una tarde de quédese en casa, entretiene sin honores, pero tampoco pasa vergüenzas.

Una medio aguda y hasta cierto punto malévola parodia de la cultura pop europea de parte de los gringos, protagonizada por Will Ferrel y un gran elenco (no es lugar común, actúan también Rachel McAdams y Pierce Brosnan), con el tono de típico humor norteamericano como si de una National Lampoon se trata. Es el estilo vaya de Vacaciones en Europa (Fox, 1986), que recicla el estilo del gaga ochentero. Se antoja pues un filme más para chavorrucos que para millennials.

El ya cincuentón fracasado de oficio, Lars (Ferrel), en un pueblo bicicletero (dixit Castañeda) en Islandia, ha perdido su vida con el sueño de participar en el Festival de Eurovisión. Con cero talento como cantante y más torpe que reportero de redes en la mañanera, su única aliada es Sigrit (McAdams), quien cree en los elfos y está perdidamente enamorada del negado cantante, a quien Eriick (Brosnan) su padre, un rudo y ordinario pescador, le recuerda en todo momento su patética vida.

Por un aparente accidente en el que mueren todos los ganadores de Islandia de Eurovisión –en su selección local- Lars se gana el derecho de representar a su país. La anécdota es el pretexto para que una y otra vez –con algunos gags muy buenos– el filme se ría de la flemática cultura pop europea.

Con todo, no queda hasta ahí la cosa, ya que también en alguna parte del filme hay unja burla a la sosa manera de ser de los norteamericanos, sobre todo cuando viajan. Hasta eso la película tiene su jiribilla y en su aparente bobería hay de donde rascarle.

Es verdad que Ferrel no es del agrado de algún sector del público, sobre todo fuera de Estados Unidos, no puede evitar sus capulinazos, pero la película tiene su chiste y sigue la receta del humor ochentero. Hay por supuesto algunas incorrecciones que al público al que va dirigido el filme ni cosquillas le hace, pero que no la vean los millennials porque pegan el grito en el twitter.

Se puede ver y hasta ahí.

 

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