El Despojo y la Nueva Normalidad

Por David Marklimo

¿Qué es eso de nueva normalidad? ¿Dónde está definido? ¿Qué antecedentes tenemos para ella? No muchos, es verdad, aunque bien mirado podríamos decir que hay muchas experiencias personales que nos podrían ayudar a sobrellevarla: las separaciones, los divorcios, los duelos, por ejemplo.  Son experiencias que nos llevan a algo nuevo, no a aprender a vivir, pero si a hacerlo de forma diferente.

En 2009, mucho antes de la pandemia, el matrimonio de Rachel Cusk llegó a su fin y su mundo se fracturó. Despojos es el relato de esa ruptura, en el que una escritora y madre de dos niñas observa sus propias reacciones ante la destrucción de la vida tal y como la había entendido hasta entonces. Lo que seguirá es la nueva normalidad: una mujer que, mientras crea una nueva individualidad para ella y un nuevo modelo de familia para sus hijas, descubre una inesperada vulnerabilidad, pero también libertades y fortalezas desconocidas.

En ningún momento explica cuál fue el detonante de la ruptura, qué fue lo que llevó a su ex-marido a decirle que le había tratado de una manera monstruosa. Y ese es uno de los reclamos del libro: por qué, si ha decidido contar la ruptura, el interior, no ha contado sus causas. El primer debate entonces es el de la vida privada versus la vida pública. ¿Dónde termina la primera y donde empieza la segunda? ¿Qué papel juega en esa frontera a literatura biográfica?

Aquí está la paradoja de encontrarse con un libro que, aunque feminista, se reconoce al final como no feminista. En el contexto, se antoja crucial entender esto. Los hijos siempre pensamos que no seremos como nuestros padres, y Rachel no es la excepción. Decidió que para evitar los errores maternos, sería su marido  -un abogado- y no ella, quien se hiciese cargo de parte de los cuidados. Él aparcaría su trabajo mientras ella escribía. La experiencia le resultó nefasta, acabó detestando su rol autoimpuesto, descubriendo que los extremos se tocan: Éramos una pareja travestida, ¿por qué no? La diferencia estaba en que yo era mujer y hombre y al mismo tiempo, mientras que mi marido –con buena intención–solamente hacía una. […] Al final resultó que yo no era un hombre: los hombres no hacen tareas ingratas. Y tampoco era una mujer: me sentía fea, porque las cosas de las que me ocupaba –la ropa sucia, la declaración del IVA– no eran agradables. Fiel al principio feminista de la escritura autobiográfica, la autora se une al club de las renegadas del matrimonio. Hablando desde la experiencia, Cusk, al final, resulta radical: una feminista no debería casarse ni tener una cuenta conjunta o una casa escriturada a nombre de dos. No es un concepto nuevo, pero habría que reflexionar el por qué el matrimonio pervive en una época como la contemporánea. Más allá -o quizá sobre- del feminismos, el matrimonio es una entidad que sobrevive y que parece inmutable. Si la familia es el origen del orden social, diríamos que el matrimonio es uno de los orígenes de la familia. Cusk admite, con esta reflexión, su propia impostura: no, no debería haberme llamado feminista, porque lo que decía no se correspondía con lo que era: soy igual que mi madre, pero al revés.

Esta organización travestida de la vida llevó a que al producirse la ruptura, el proceso estuviese lleno de contradicciones. Él le reclama a ella una manutención y la custodia compartida de las hijas, a lo que ella se niega en rotundo. A lo primero por un instinto de posesión y a lo segundo por perplejidad. Vemos, como si nos abrieran la ventana o, mejor aún, nos corrieran el telón del teatro, entonces las propias reacciones de una mujer en una situación para la cual no tiene parámetros. Su marido sí sabe lo que hace, dado que es abogado, y  ella no, da tumbos y vueltas. Es justamente esta sensación de pérdida, de desubicación, la que hace que Despojos sea una obra tremendamente coyuntural. Al igual que sucede tras el divorcio, ahora hemos tenido que despedir de la mayor parte de los besos, los abrazos, las cercanías, por no hablar de los viajes. Nuestro órgano más extenso, nuestros dos metros cuadrados de piel, sufren su propio confinamiento. Es triste. Ya no hay nada que hacer: quizá no vuelva a ser tu abrazo, ni el hombro de tu llanto, ni el apoyo; en fin, nada. Muchas veces, como al separarse, sentimos, por extensión, la inutilidad social de las manos. ¿A quién tomamos ahora de la mano? ¿Cómo dolernos por esa ausencia de tactos? ¿Cómo aceptar esa separación de una parte importante de nosotros mismos? ¿Cómo digerir tantos cambios inesperados y profundos en nuestras vidas?

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