Descalificar Mediante Etiquetas

*La Denigración y la Falta de Cultura Conceptual

*Su Sensibilidad Limitada y Ausencia de Tolerancia

*Carencia de la Metodología de la Teoría del Conocimiento

*Calumnias y Humillación Hacen Florecer Resentimiento Social

Por Ezequiel Gaytán

Una característica de los seres humanos es la descalificación mediante etiquetas, generalizar y utilizar un tono despreciativo. Es común encontrar ese tipo de personajes entre los niños, adolescentes y algunos adultos. Aún más, algunos otros descalifican mediante eso que llamamos remedar que significa hacer las mismas acciones, visajes y ademanes que una persona hace de otra con la intención de burla.

Empero la denigración mediante ese tipo de lenguajes y actitudes nos dicen mucho del individuo que recurre a dicho tipo de actitudes, pues queda claro que nos expresa su falta de cultura conceptual, su sensibilidad limitada y falta de tolerancia.

Etiquetar a una persona es un reduccionismo que de manera superficial describe los objetos de una realidad a frases o apodos que niegan la ontología del objeto y sus relaciones con otros entes, que desconoce la naturaleza, origen y límites del objeto y carece de la aplicación de la metodología de la teoría del conocimiento.

Consecuentemente el reduccionismo ignora la relación entre diferentes ideas y campos científicos, no analiza las propiedades del objeto y al final las conclusiones se tergiversan y orientan por las inclinaciones personales. Luego entonces se corre el riesgo de privilegiar la percepción subjetiva respecto de la realidad objetiva.

Las formas mediante las cuales etiquetamos determinan, en gran medida, nuestros prejuicios y afectan nuestro comportamiento y desempeño. De ahí que cuando etiquetamos, con lo que suponemos negativamente de una persona o a un grupo social abrimos las puertas de la estigmatización y al linchamiento social o bullying.

Etiquetar a alguien o a un grupo social descalificándolo con ofensas, calumnias y humillación es hacer florecer un resentimiento social que conlleva también a ser inclemente y, en ocasiones, al autoritarismo.

Desde el poder es muy peligroso utilizar conceptos sin contexto, ni contenido, así como etiquetar a alguien o a un grupo social, pues crea divisiones y cuando los países están desunidos fácilmente son presas de intereses internos y externos. Una nación dividida y con un tejido social rasgado tarda en recomponerse y los costos, además de económicos, son sociales y en ocasiones de la pérdida de parte del territorio. Recordemos la guerra 1847 -1848 contra los Estados Unidos.

Etiquetar de conservador a un movimiento mundial justo, como es combatir la violencia contra las mujeres y manifestarse en favor de la equidad de género o decir que en ese movimiento se infiltraron conservadores es negar la posibilidad del relativismo.

Seguramente hay quienes están a favor de prevenir y combatir las agresiones contra las mujeres y no por eso están a favor del aborto, porque sucede que en el siglo XXI se puede estar a favor de la diversidad social y, simultáneamente, ser un empresario o un emprendedor religioso que está a favor del sindicalismo como forma legítima de que los obreros defiendan sus intereses de clase; por citar un ejemplo. En otras palabras, calificar y señalar a los conservadores como iguales a los miembros del partido Conservador del siglo XIX es perder de vista el contexto histórico y descalificar la filosofía de la historia.

En nuestro país los feminicidios son lacerantes y nos corresponde a todos hacer algo por prevenir y combatir ese flagelo, que por cierto no son producto del neoliberalismo, sino de una cultura machista de quinientos años. Por eso, procurar la equidad de género empieza con la educación a nuestros hijos e hijas, acudiendo a marchas o exigir a nuestros representantes en el Poder Legislativo que se adecuen leyes y reglamentos al respecto. Lo que no se vale es la descalificación.

Los dogmas ideológicos han demostrado su inoperancia y desventura. Etiquetar a alguien de burgués o de pequeño burgués, como era común entre estudiantes en las décadas de los años sesenta y setenta, es no haber madurado en el complejo mundo de las ideas políticas y, por lo mismo, estancarse en el simplismo de descalificar mediante etiquetas a quien piensa diferente.

 

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