Su Lucha no es por un Modelo de Gobierno, Sino por la Posición de Dios

Frontera Norte Ciudad Juárez

*Están Indefinidos en su Estructura de Apoyo a Minorías

*Los Gobernantes Carecen de Calidad Moral Para Establecer Límites

*Sólo Cristo Puede Decir: “El que no es Conmigo, Contra mí es”

*México Plagado de Corruptos: Trabajan Dentro y Fuera del Gobierno

*No se Detienen con Decálogos o Frases Morales Presidenciales

*La Serie de Pecados Señalados por Mahatma Gandhi

Por Rafael Navarro Barrón

Supongamos que el círculo cercano al presidente Andrés Manuel López Obrador cree en Dios. Sí, en el Señor de la Biblia, creador de todas las cosas, en la figura cristiana de Jesús; creen en un credo religioso que es un pequeño resumen en torno al entendimiento que tiene el hombre al analizar las bases doctrinales de La Biblia.

Aunque la devoción religiosa es una parte íntima del ser humano, no debemos de soslayar que, en México, en el último Censo General de Vivienda 2010, el 89.3 por ciento confesó tener una religión, la católica. Esto es, que cree en un Dios, creador y salvador. Creen en un juicio final que tendrá como resultado obtener un cielo divino o el infierno, de llanto y dolor eterno.

Luego, otro 8 por ciento se autoproclamó evangélico cristiano. Y un 2.5 por ciento, militantes de otra fe, con bases en la doctrina de Jesús, pero con sus propios profetas y líderes religiosos fundadores.

La referencia estadística nos debe de hacer reflexionar sobre el enorme peligro en el que se encuentran los servidores públicos que simulan su fe desde el gobierno. Esos dignos “cristianos” seguramente tendrán en las paredes de sus casas fotos de bautizos, primeras comuniones, quinceaños, bodas y funerales cristianos, pero que no entienden el fondo de la doctrina de la fe.

Creer en Dios, es aceptar una existencia sobrenatural, y en el caso de la fe cristiana, a un Dios Todopoderoso, tardo para la ira y grande en misericordia, que no vemos, pero que tiene muy bien definidas sus reglas (visión doctrinal), tiene premios y castigos (definamos el término sin la carga teológica).

Entonces ¿en ese Dios cree López Obrador y la mayoría de los que están tomando decisiones en el gobierno y en las legislaturas del país? De ser así, diríamos que el presidente y su equipo están en su serio peligro, pues su lucha ya no es por un modelo de gobierno, sino que están peleando contra el Dios Viviente.

Para entender el punto, se requiere hacer un análisis serio, sin cortapisas dogmáticas, sin los falaces entramados en los que se suben las estructuras farisaicas, católicas y evangélicas, únicamente para dorarle la píldora a los émulos del César romano.

Los gobiernos indefinidos en su estructura de apoyo a las minorías o, totalmente volteadas a defender puntos indefendibles desde la óptica humana, social, científica, religiosa, bajo la bandera de los derechos humanos, son entidades seudodemocráticas que están riñendo, contra el mismo Dios.

No hay puntos intermedios en esta parte doctrinal de la fe. Jesucristo sí tiene la calidad moral para establecer límites, los gobernantes no. Cristo, el enviado de Dios, puede decir con toda razón: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama”.

El pecado social, expresión atribuida a Gandhi, expresa una profundidad en su aplicación práctica. Y aunque no son premisas 100 por ciento bíblicas, tienen pinceladas y principios que están contenidos en la Sagrada Escritura cristiana. El libertador moral de la India esboza la primera de ellas que es la “política sin principios”, mucho de lo que ocurre en el gobierno de México y sus secuaces, que contiene una mezcla perversa de servidores públicos y legisladores, muchos de ellos con antecedentes mezquinos y hasta con la sospecha de pederastia; la “riqueza sin trabajo”, el mal de nuestro país que está plagado de corruptos que trabajan dentro y fuera del gobierno, que no se detienen ni aún con decálogos morales o estridentes frases presidenciales como esa de que “en México ya se acabó la corrupción”.

“El placer sin conciencia”, bajo un esquema de libertad otorgada y promovida desde el estado, la población creo sus propios roles morales sin entender que esas libertades enferman a la sociedad, la hacen más violenta, crea desintegración familiar, promueve violencia, narcoviolencia y narcotráfico. El problema no es la libertad, sino alentar la falsa libertad con programas gubernamentales auspiciados por políticos inmorales y defendidos por personas que no encuadran en el modelo de fe que dicen profesar privadamente.

Gandhi también refiere el “conocimiento sin carácter”, que es la educación sin sentido social, sin compromiso, sin dar la mano a las bases sociales. También incluye como pecado social el “comercio sin moralidad”, que es la base de muchas riquezas en México y en el mundo. De esta teoría se derivan actos inmorales como el acaparamiento, los monopolios, el dumping, el tráfico de influencias, el encarecimiento de productos, la competencia desleal, entre otros muchos conceptos que técnicamente son muy profundos.

El penúltimo de los pecados mencionados por Gandhi está la “ciencia sin humanidad”, la que explora terrenos que solo le pertenecen al Dios Creador y no al hombre manipulador que intenta ganar terreno a la vida al entrar a los subterfugios de lo prohibido en busca de eslabones perdidos y el surgimiento de una nueva raza aria.

Termina el libertador con el pecado social conceptualizado como “adoración sin sacrificio”, quizá un polémico punto si se analiza desde las ópticas religiosas extremas. Teresa de Calcuta estableció el principio de entrega, al tomar la frase “dar hasta que duela” que se le atribuye al religioso jesuita chileno Alberto Hurtado Cruchaga. Ambos, la madre y sacerdote, pregonaron la actitud humana de dar al necesitado en situación de abandono sin medir las consecuencias, sin medir lo que se da.

Una premisa bíblica en el Antiguo Testamento nos pone un correctivo a todos. En el libro de Números se establece la siguiente cita: “El Señor, es tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable”.

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