El Rostro del mal

Valentine Penrose, “La condesa sangrienta.” Ediciones Siruela, Madrid, 2001. 145 páginas.  

 

DAVID MARKLIMO

 

Es difícil ponerle rostro a la maldad. Quizá porque la maldad es un término difícil de explicar. Hay connotaciones morales y religiosas que podrían cuestionar su cientificidad. También es un concepto vago, quizá ligado a la agresión o al prejuicio, que actualmente podrían explicar muchas conductas etiquetadas como maldad. Esto mismo propicia que sea un término ambiguo y difícil de operativizar. Se conocen pocos estudios científicos rigurosos sobre el tema… También, en ciertas ocasiones, es difícil saber si lo que te cuentan (el terrible acto malvado) sucedió. 

Pero la literatura (y más aún la Historia) está llena de personajes a los que consideramos malvados: Hitler, Stalin, Pinochet, Jorge Videla, Gilles de Rais, Idi Amin, Catalina de Medici … seguramente al lector se le ocurrirán un par más de nombres. En la cima de estos rostros seguramente esté Erzsébet Báthory, la llamada Condesa Sangrienta, aquella que se bañaba en sangre de doncellas para conservar su aspecto juvenil en su piel.  Báthory sería una anomalía que se sale del patrón común de todos los asesinos en serie conocidos. En la Europa del Este de la época era común castigar cruelmente a siervos y pupilos, y ejecutar incluso a pequeños delincuentes de las maneras más espantosas. Quizás fuera sádica, y en consecuencia se aplicará especialmente a la hora de imponer disciplina, ninguna novedad para la nobleza de su tiempo, cuya impunidad y poder legal les permitía tratar a la servidumbre como quisieran. Es muy probable que a todo eso se le añadiese una campaña de difamación debido al apoyo que brindó a su primo, Gábor I Báthory, en la guerra contra los alemanes. La propaganda de este estilo para desestabilizar no estaba fuera de lo normal en aquella época: nada suele vender mejor que una leyenda recubierta de maldad. O quizás fue realmente una torturadora y asesina en serie amparada en su estatus, que sólo se perdió cuando por falta de nuevas víctimas entre la plebe recurrió a las hijas que formaban parte de la nobleza menor.

Todo ello queda claro en el libro que presenta Valentine Penrose, titulado precisamente “La Condesa Sangrienta”. En él se buscó y utilizó toda la bibliografía y documentación que pudo encontrar sobre la figura de la condesa Báthory, al final no compuso una biografía al uso. o; mejor dicho, sí que lo hizo, pero no se limitó a eso: este libro es también la crónica de una época y un lugar en pleno cambio, la Hungría de alrededor de 1600, que estaba evolucionando desde la ferocidad -por no decir la barbarie- de una sociedad aún feudal y guerrera (ante la amenaza turca, principalmente), hacia la implantación de un estado fuerte, centrado en la figura del emperador y más orientado a los vientos provenientes de Europa occidental.

Podríamos decir que pro la temática, el libro es una obra clásica de la literatura gore, es una orgía para los sentidos, un derroche de suntuosidad literaria, en el que se nos habla de la locura sádica y narcisista, así como de la abyección humana. pues la condesa no perpetraba sola sus crímenes, sino que necesitaba la ayuda de muchas personas, que cooperaban en la tarea de conseguirle víctimas y el silencio. Además, La condesa sangrienta, tiene una lectura política: la condesa no se cebaba con las hijas de la nobleza húngara, aunque hubieran podido hacerlo, sino con una infinidad de chicas campesinas que sus propios padres ponían a su servicio. Esto habla de una característica importante de lo que ahora llamamos impunidad: la desconexión con la realidad de alguien que se siente libre de llevar hasta el límite sus fantasías e impulsos más sádicos y homicidas…

Estamos ante la reproducción de una sociedad endógena que llega a poseer cierto carácter lúgubre. Las cosas se mueven, pero sólo para lo peor. Una lectura, pues, que no puede dejar indiferente a nadie.

 

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