Un Ateneo

RAÚL MONDRAGÓN von BERTRAB

El Ateneo de la Juventud, generación a la que pertenece José Vasconcelos, cabalgó entre dos épocas históricas: el Porfiriato y la Revolución de 1910. Si el grupo más esmerado y valioso que produjo la dictadura del general Díaz fue la generación de poetas modernistas, el Ateneo fue también producto del Porfiriato; de la paz porfiriana, de la prosperidad porfiriana (referida, por supuesto, a las clases acomodadas) y de las escuelas porfirianas. 

Por primera vez en casi cien años los escritores podían ser escritores, y no necesariamente políticos; periodistas y no amanuenses de generales aventureros; profesores universitarios y no combatientes obligados a defender el país de invasiones extranjeras o a participar en nuestras sucesivas guerras intestinas en defensa de los principios liberales o conservadores.

Emmanuel Carballo, Prólogo al Ulises Criollo de José Vasconcelos.

Siempre he pensado que México requiere de ideas y soluciones radicales. También, porque la historia nacional así nos ha instruido, que quienes las proponen las defienden con su vida. Porque el statu quo es acomodaticio, para salir en la foto no hay que moverse, parafraseando al Fidel mexicano quien llegó a agremiar a un millón de trabajadores, el equivalente a un octavo de la población cubana que habitaba la isla cuando el Fidel cubano llegó al poder. No le muevas, Para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo, Más vale malo por conocido, Aquí pasándola, Es mejor llevar la fiesta en paz… Al establishment mexicano le conviene la perenne perpetua permanencia de las cosas. Esta fórmula, muy provechosa para la élite de la política y del empresariado, ha resultado en la mayor desigualdad, en el estancamiento económico del país que beneficia los negocios intergeneracionales de la oligarquía y desincentiva la innovación, afectando nuestra competitividad como nación en una época, pandémica, donde la investigación y el desarrollo son cuestión de supervivencia.

Los aires de cambio en este país suelen ser pasajeros y se ahogan con favores reales o promesas eternas, dependiendo la condición socioeconómica del rebelde beneficiario. Pero cuando toman fuerza, cuando amenazan con volverse huracán, alimentados por décadas de injusticia, ahí aparece, oculto en el sincretismo de la modernidad, el México negro de los historiadores, el de los sacrificios para apaciguar a los dioses. Podría pensarse que el antídoto hoy es la popularidad, pero siempre que sea menor a la amenaza a los intereses creados, obsequiados, compartidos.

La Pax Porfiriana fue sustituida, tras una hecatombe revolucionaria, por la “paz social” priísta. El salinismo fue un huracán pero los cambios, con excepción del TLC, fueron de manos y la natural resistencia, una de tantas hipótesis, planeó el magnicidio, produjo el movimiento zapatista y desestabilizó al país. La Pax Zedillista permitió la transición democrática y la década perdida del PAN -el único cambio real que pudo ser y que Fox no supo ser-, aunque disciplinada en las finanzas, que permitió el regreso del PRI de la televisora -intergeneracional- y el abuso infame que nos tiene aquí, ante la necesidad de un cambio más simple: de rumbo.

Para conservar siquiera la ilusión de un posible cambio real, hacia la idea de nación que podemos ser, es menester hoy evitar la debacle. Hay la imperante necesidad de promover en el país una mentalidad de compromiso y acción ciudadanos, de proposición y debate, de discusión abierta y explosión de argumentos sustentados, de ateneos proactivos. Porque ante la luz de las ideas y del sentido común, la obscuridad sucumbe tarde o temprano. Nada mejor para ilustrarlo que estas líneas de la historia del Ateneo de Madrid, referente obligado:17

Se trata de una sociedad privada declarada de utilidad pública. El origen de la misma tuvo lugar en los inicios del siglo XIX como consecuencia de las turbulencias políticas, sociales y culturales que tuvieron lugar entre 1808 y 1814 al producirse la invasión napoleónica. La resistencia contra los franceses fue acompañada de un cambio político -Constitución de Cádiz de 1812-, mediante el cual se sustituyó la Monarquía absoluta por otra de carácter constitucional, mediante [sic] la que se garantizaba al pueblo un régimen de libertades que convertían al súbdito en ciudadano. Fernando VII, al regresar de su reclusión en Valençay (Francia), anuló toda esas conquistas políticas, reestableciendo la Monarquía absoluta. Por eso, al imponerse de nuevo el régimen constitucional en 1820, en el llamado trienio liberal, las mentes ilustradas pensaron en la necesidad de afianzar en el país una mentalidad liberal mediante el debate, la discusión abierta y la expansión de «las luces». Esa fue la función asignada al Ateneo Español, fundado en ese mismo año, como una iniciativa de Juan Manuel de los Ríos, a instancias de la Sociedad Económica Matritense; el Ateneo surge así como una «sociedad patriótica» defensora de la libertad de pensamiento y de su expresión a través de la libre discusión. Cuando en 1823, restaurada otra vez la monarquía absoluta, esos liberales, obligados a salir del país, marcharon a Londres, vuelven a fundar un Ateneo Español en aquella capital, aprovechándose de la nueva experiencia para infundirle los alientos del romanticismo entonces vigente. Con ese bagaje volverán a España en 1833.

En 1835, al amparo de los vientos liberales, impuesto por la entonces Regente, María Cristina de Nápoles, se funda el Ateneo Científico y Literario, al que más tarde se añadirá el epíteto de Artístico; fueron los fundadores Ángel de Saavedra (Duque de Rivas), Salustiano Olózaga, Mesonero Romanos, Alcalá Galiano, Juan Miguel de los Ríos, Francisco Fabra y Francisco López Olavarrieta, imbuidos del más puro espíritu romántico-liberal. Se impone la libre discusión en las tertulias, que darán al debate abierto y sin cortapisas el protagonismo de una actividad intelectual que toma cuerpo en la llamada «Cacharrerí

». Los cursos, las secciones, los ciclos de conferencias, completarán el marco de una vida cultural febril y apasionada.

[…] Hombres eminentísimos han ocupado las Presidencias del Ateneo: Laureano Figuerola, Moret, Gumersindo de Azcárate, A. Alcalá Galiano, A. Cánovas del Castillo, M. de Unamuno, Fernando de los Ríos, Manuel Azaña, etc. habiendo actuado como catalizadores de una importantísima actividad política y cultural. Por el Ateneo han pasado seis presidentes de Gobierno, todos nuestros Premios Nobel, los gestores políticos de la Segunda República y lo más renombrado de la generación del 98, de la del 14 y de la del 27.”

Amén.

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