
Punto de Vista
Por Jesús Michel Narváez
Con la concentración de poder, lo que le permite dominar el Ejecutivo y el Legislativo, Donald Trump podría cumplir el capricho de cancelar el T-MEC que, para América del Norte, específicamente para México, se ha convertido en una puerta de la libertad comercial.
Es probable que logre su propósito si, como afirma, los accionistas de las empresas automotrices le han confirmado que regresarían a Estados Unidos, tendría todo a su favor.
En México, por la mañana, se insistía en que para hacerle frente a los aranceles se tiene el Plan México, porque “el programa integral no se centra únicamente en los aranceles de Estados Unidos. Es una estrategia que busca fortalecer nuestra industria, fomentar la producción nacional y garantizar el desarrollo económico en todos los sectores”.
Concediendo sin aceptar que el planecito resulte eficaz, se duda que supere los 300 millones de déficit que registra Estados Unidos con México por sus exportaciones.
En el plan México -con minúsculas- están los mismos de siempre: los empresarios “nacionalistas” que arriesgarían sus millonarias fortunas para “salvar a la Patria” y que, sexenio a sexenio se comprometen a realizar “cuantiosas inversiones”, sobre todo en infraestructura, no porque sean grandes ingenieros sino porque las obras de ese género son las más rentables.
Resulta cierto que las plantas de las poderosas automotrices de Estados Unidos que, por cierto, enfrentan el avasallador avance de los autos chinos, no se irán de la noche a la mañana y que tardarán poco más de un año en trasladar la producción que realizan en México.
Pero lo harán.
La visión de la presidenta mexicana es reducida frente a los costos que representaría la cancelación del T-MEC.
De acuerdo a sus palabras, los proyectos públicos nacionales que forman parte del Plan México, como la construcción de trenes, puertos y aeropuertos, que representan una inversión estratégica para impulsar la manufactura y el bienestar en el país.
Como si la “inversión” que se pudiera realizar es superior a lo que se dejará de exportar a Estados Unidos, desde Palacio Nacional se muestra el orgullo mal fundado -como el del antecesor que presumía el Trenecito Maya en la “obra ferroviaria más grande del mundo”, al igual que su AIFA y Dos Bocas- y se exclama “no en cualquier lugar del mundo se está construyendo lo que estamos haciendo aquí. Estos proyectos son esenciales para consolidar nuestra economía y posicionar a México como un líder en infraestructura”
¿Con qué dinero realizará las grandiosas obras?
Recién la publicación Forbes dio a conoce las fortunas de los 12 mexicanos que poseen millones de dólares. En conjunto no alcanzan lo que tiene Elon Musk.
¿Los mexicanos invertirán lo que tienen en proyectos viables, sí, pero carentes de mercado?
La grandilocuencia con la que se exponen los “proyectos mexicanos” se presumieron antes de que se dieran a conocer los aranceles recíprocos y de que Trump confirmara su sentir hacia sus socios comerciales: México y Canadá han abusado de Estados Unidos.
“Es el Dia de la Liberación Económica”, exclamó el residente de Washington.
Aquí, todavía estamos en espera de qué letra del alfabeto utilizará la presidenta mexicana para presentar su ene plan.
Insiste en que no es partidaria de la política de ojo por ojo y diente por diente y que prefiere el diálogo. Es razonable y, sin embargo, en oídos sordos las palabras no se escuchan porque, quien tiene otitis, cuenta con el poder de hacer pedazos la economía global en una guerra comercial de la que no se tiene parámetro para compararla.
Si el T-MEC es cancelado, de nada servirá la soberanía territorial si se carece de soberanía económica.
Y en una etapa de casi estanflación, la economía mexicana está más débil de lo esperado y cualquier soplido la derriba.
¿Estaba en el radar presidencial la cancelación del acuerdo comercial?
¿Dirán esta mañana que Trump no solo se dio un tiro en el pie?
El disparo de ayer no tiene paralelo y da en el blanco de medio mundo.
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