Visitando a María, la Ganadora Internacional del Primer Lugar en “Huipil Ceremonial”

Reportaje

*También lo Llaman Cucumalchilil Cuando se Porta Como Vestido de Novia

*Color Rosa, con Palo de Brasil; Naranja, con Bejuco y Amarillo con Achiote

*Conocer y Convivir con una Familia Tzotzil en Zinacantan

Por Susana Vega López, (Enviada)

ZINACANTÁN, CHIS.- La casa de María es de adobe, tabicón y lámina. El piso de tierra, techos cubiertos con plástico y la puerta principal de madera. Al entrar se encuentra un cuarto que da a un pasillo que sale al patio donde tiene un telar de cintura. Más allá, otra habitación donde exhibe, de pared a pared, un tendedero de blusas, manteles, pasillos para mesa, rebozos, gorros, bufandas y bolsas multicolores que ella misma elaboró para su venta.

Con una gran sonrisa María nos saluda amablemente y nos invita a pasar. Somos un grupo de periodistas, blogueros y agentes de viaje que asistimos a la Novena Edición de Atmex realizada en Tapachula Chiapas. De los 14 recorridos que se pudieron vivir, decidimos escoger esta experiencia de vida que consistió en visitar San Cristóbal de las Casas, San Juan Chamula y Zinacantán, donde conocimos y convivimos con una familia tzotzil. Todo en un día.

María es la única persona del pueblo de Zinacantán que ha logrado tener éxito y reconocimiento no sólo a nivel nacional sino internacional por haber ganado el primer lugar en la categoría de huipil ceremonial; una pieza de rescate que lleva un trabajo de once meses por, mínimo, seis horas diarias, donde todo lo que utiliza es natural: lana, algodón, tintes, plumas y, por su puesto, sus manos, su talento.

Este vestido lo llaman cucumalchilil cuando se porta como vestido de novia, o huipil ceremonial o huipil emplumado cuando lo usa el hombre en el Día de San Sebastián, el 20 de enero, fecha en que se realiza el cambio de alférez o cargo principal de quienes gobiernan en su comunidad. Un día muy importante toda vez que ellos se rigen por usos y costumbres, explica el guía de turistas Daniel Ovando de la empresa Bioventura.

Descalza, María se sienta en sus pies y pone a un lado sus sandalias de plástico negro. Deja que su interlocutor comente quién es y qué hace. Habla de sus diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Arte Popular Mexicano o el Premio Fray Bartolomé de las Casas. Daniel refiere que, a la fecha, uno de sus huipiles se exhibe en la Casa de las Artesanías.

Para comenzar a elaborar este huipil ceremonial primero se lava la lana con un tubérculo o raíz llamada chupahac. Ya seca, la lana se comienza a desenredar y a quitar algunas basuritas; después se peina una y otra vez con dos cepillos artesanales de madera con finas cerdas metálicas para cardar la lana.

Una vez cardada (peinada) la lana, María se vale de otro instrumento prehispánico de madera (se dice que es el antecedente de la rueca). Consiste en una vara que, apoyada en el orificio de una bola de madera del tamaño de un limón, hace girar innumerables veces hasta formar hilo del grosor que ella considera para tejer sus prendas; algunas veces es más delgado, otras, un poco grueso. Va formando bolas de hilo o estambre de lana que requiere para su telar. La técnica que utiliza es el brocado, un tejido -que no bordado- que realiza con gran maestría.

A ella nadie le enseñó a teñir. María aprendió sola con un proceso de prueba y error que ella misma descubrió para dar color a sus creaciones. En la elaboración de los tonos rosados utiliza la planta llamada Palo de Brasil a la que le agrega cal o limón para alcanzar la tonalidad deseada (rosa fuerte, rosa suave o rosa pálido); se vale del bejuco para sacar el color naranja intenso y si le agrega cal la tonalidad se torna más clara. Del achiote extrae el color amarillo en tanto que el color negro lo saca del lodo, de la tierra, que mezcla con una hierba.

María, de limpieza impecable y uñas cortas, tiene 57 años. Su cabellera luce completamente negra. Nunca se ha pintado el cabello. Daniel Ovando refiere que su genética es amerindia y que “cuando el español aparece, el indígena encanece”, es decir, que ya hubo mezcla y entonces surgen las canas.

Su madre, la señora María Pérez López, es una mujer tzotzil que no sabe a ciencia cierta su edad pero que ronda los cien años, a decir de su hija Lorenza, hermana de María, quien también ha ganado algunos premios por su trabajo en el telar. Doña Maruch, su nombre en tzotzil, tiene su cabello completamente blanco, ojos pequeños con cejas negras. Ya usa lentes para ver mejor y parece el personaje de Coco, de la película de Pixar. A ella le dieron el reconocimiento de Tesoros Humanos Vivos en 2014.

Ya en el patio donde se encuentra su telar atado a una viga del techo, María se coloca en un extremo, se hinca y lo ata a su cintura para comenzar a urdir y continuar con el tejido. Mete, saca, cuenta una y otra vez los hilos para lograr el diseño deseado. Combina los hilos de colores que considera para hacer grecas y dar formas diversas. Pacientemente durante poco más de 330 días y aproximadamente mil 980 horas termina su prenda que le ha valido ser reconocida.

El telar de cintura es un instrumento prehispánico que tiene la ventaja de trasladarlo al lugar que se quiera para trabajarlo. Y es que, a diferencia del telar de pedal que es fijo, los tejedores lo pueden llevar al campo -donde pastan sus borregos- y amarrarlo a un árbol para seguir tejiendo su prenda, relata Daniel Ovando.

A pregunta de Misión Política, María explica que aprendió a tejer sola. “Yo aprendí sola. Mi mamá no sabe nada… no sabe tejer. Me enseñó la mamá de mi mamá, mi abuelita. Ahora yo se lo enseño a mis hijas… Mira, el hilo debe quedar abajo cuando terminas con un color y agarras el siguiente”.

Es un trabajo creativo, minucioso, delicado, talentoso, preciso, hecho con paciencia, mucha paciencia, amor y dedicación que debe ser valorado.

Luego de conocer un poco sobre estos textiles, tocó probar el sabor de la comida. Para ello pasamos al cuarto de cocina donde se encuentra un mueble, una mesita, trastes reposando en el suelo junto a las paredes, leña y un fogón a ras del piso con su comal en el que se recargan dos ollas: una de barro (con los frijoles) y otra de peltre que desprende el olor a café.

Allí estaba Lorenza, en cuclillas, descalza, con su blusa azul con flores rosas, rojas, blancas y amarillas. Poco después llegó Elenita, una de sus dos hijas. Ahora las sillas que se encontraban en el cuarto donde dieron la explicación de los textiles, se acomodaron en semicírculo en torno a la pequeña mesa.

En la mesita -con su mantel de tejido artesanal- ya esperaban platos de frijoles, chicharrón de barriga, guacamole, queso, butifarra (un embutido de carne de cerdo con especias), sal, polvo de pepita y tortillas hechas a mano para que cada quien se sirviera a su antojo.

Como plato usamos servilletas de papel y algunos comenzamos con lo que llamo tacos solitarios porque son de un solo ingrediente; otros combinaron y le pusieron de todo. Es inexplicable el por qué el sabor tan común de los frijoles sabe un tanto diferente, más sabroso… lo mismo sucedió con los otros ingredientes como el chicharrón o el queso. ¡Hasta una tortilla con sal tenía ese sabor tan especial que se da en provincia!

Ofrecieron café recién puesto y destilados naturales y de sabor para degustar. Son bebidas alcohólicas que acostumbran en Zinacantán y pueblos aledaños como San Juan Chamula.

Al salir de la cocina un haz de luz alumbró lo que quedó de alimentos. Entonces, la familia comenzó a comer. Pensaron que ya habíamos salidos todos y Maruch -el nombre tzotzil de María- echó cerrojo con un palo.

Cabe señalar que en ese día y como parte de la experiencia, primero visitamos San Cristóbal de las Casas donde recorrimos lugares emblemáticos, calles, iglesias y hasta el mercado principal donde se compró aguacate, chicharrón y otros productos que pudimos comer con la familia tzotzil.

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