Punto de Vista
Por Jesús Michel Narváez
Conocido y aún no desmenuzado el proyecto de Presupuesto de Egresos del Gobierno federal para 2027, el pronóstico no puede ser peor. Se reduce el crecimiento, sí se aumentan impuestos actuales para no crear nuevos, el artilugio gubernamental para decir que no todo sigue igual, que el país va requetebíén, aunque esté peor.
La economía mexicana, guste o no acetarlo oficialmente o incluso en el sector privado, está sustentada en la exportación de bienes, productos manufacturados o ensamblados y agroalimentos.
Porque no exportamos tecnología, ciencia, inteligencia -humana y artificial-, investigación médica y tampoco capacitación en educación superior.
El comercio exterior mexicano, que le da oxígeno a la creación de empleos formales en el país, se sustenta en el 86% de lo que Estados Unidos adquiere que, ha generado la irritación de Washington al confirmar un déficit de 190 mil millones de dólares con México.
Está claro que sin el T-.MEC el país corre el riesgo de entrar en un tobogán comercial que podría llevar a la economía a una crisis probablemente no vivida en las cinco últimas décadas.
De eso, supongo, están enterados los que se benefician directamente de las adquisiciones que realiza Estados Unidos de lo que se maquila, se ensambla y se produce.
De no comprar las partes que México le coloca, por ejemplo, a los autos estadounidenses que se ensamblan, la duda tiene sustento: ¿quién compraría los autos de marca estadounidense, japonesa, alemana y francesa, por citar algunas, si no las adquiriera Estados Unidos.
Porque las marcas fuera del continente americano, escogieron México como el nearshoring para exportar sus productos y artículos al mayor mercado consumidor del mundo: Estados Unidos.
Esta es la realidad y parece desconocerla la presidenta mexicana.
No se puede colegir otra cosa después de la afirmación: en la revisión del TMEC México no firmará nada que afecte la soberanía o la economía de nuestro país”.
Una reacción a la estrategia proteccionista de Washington que no debe aplicarse a costa de la producción y el bienestar de nuestra nación.
El problema no es de Estados Unidos.
El problema es de México y sus políticas.
El problema es no entender que, sin salvavidas, no firmar el T.MEC es conducir a millones de mexicanos al ahogamiento de manera inevitable.
La falta de información oficial, transparente de lo que se negocia para la renovación del T-MEC con revisiones anuales, lleva a suponer que hay condiciones inaceptables para el gobierno que, probablemente, no conozcan ni siquiera los productores, ensambladores y maquiladores de piezas esenciales para la industria automotriz, de aviación y ferroviaria.
La pregunta obligada es: ¿qué no firmaría Sheinbaum porque de hacerlo se pondría en peligro la economía y la soberanía?
Lo menos que merecemos sus gobernados, aunque no formemos parte de su pueblo bueno, es saber cuáles son las condiciones que pretende imponer Washington.
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