El Dilema Ético de Chucho el Roto

 

 

POR EZEQUIEL GAYTÁN 

 

*Las Míticas Historias de dos Ladrones que

Repartían lo que le Quitaban a los Ricos

*Se Asumieron Como Defensores Populares de 

Noble Corazón y Espíritu Dadivoso

*AMLO Incendió Pozos, Provocó Crisis Política y

Dejó la Ética Guardada en el Cajón

*El Expresidente Sigue Sintiendo el Sucesor de  

Chucho y su Sucesora va por ese Camino.

 

Cuando era niño escuchaba la radionovela “Chucho el Roto” una leyenda contada de boca en boca acerca de un bandido de finales del siglo XIX en México que robaba a los ricos a fin de darles el dinero a los pobres. Según el mito se trataba de un ladrón y estafador ajeno a la violencia y cuya osadía se basaba en la inteligencia, la astucia y los buenos modales. Léase, un Robin Hood mexicano.

El asunto, más allá de las hazañas y aventuras simpáticas que sendos personajes despiertan en el ánimo popular, es que se trata de un dilema ético. Por un lado, son dos “héroes populares” que violan las normas jurídicas debido a que a su parecer son injustas las leyes, las inequidades sociales son indignantes y la apatía de la autoridad por mejorar la situación es flagrante. Por el otro lado, ellos decidieron actuar e impartir justicia por propia mano. Se asumieron como defensores populares de noble corazón y espíritu dadivoso, por lo cual se confrontaron con el orden establecido. Finalmente, su causa apenas tuvo impacto inmediato y trascendieron como míticos rebeldes en favor de los pobres y en contra de los ricos. En el fondo del asunto, simplemente fueron un par de ladrones desprendidos que no cambiaron los problemas estructurales que la sociedad requería. 

Pasaron siglos desde la Inglaterra medieval para que el Reino Unido se configurara como un Estado distribuidor de la riqueza y una revolución en México a fin de asentar la idea de un Estado responsable de procurar la democracia con justicia social. Con lo anterior queda claro que los justicieros son personas que deambulan solitarios en la ilegalidad y que justifican sus decisiones debido a su percepción de lo correcto, el bien, el mal y la justicia.

En México y en el mundo existen historias y leyendas locales acerca de “bandidos nobles que roban a los ricos y se lo dan a los pobres”. Léase, surgen “chuchos rotos” legendarios. No vayamos lejos, en la década de los años noventa en México surgió la figura de Andrés Manuel López Obrador, un invasor de pozos petroleros que condujo a manifestantes e indígenas chontales a fin de exigir al gobierno federal y a PEMEX que indemnizara a cerca de 40 mil campesinos y pescadores afectados por la contaminación ambiental del chapopote y el petróleo. 

Tiempo después ese mismo personaje se quitó la investidura de justiciero y llegó a la Presidencia de la República, pero con la mentalidad de Cucho el Roto. Llegó a la Silla del Águila en 2018 con legalidad y legitimidad para distribuir la riqueza entre los pobres, pero sin el entendimiento de los principios básicos de la economía, la Administración pública y el Derecho. De ahí que decidió darles el dinero de las arcas nacionales a los que menos tienen. En otras palabras, no les robó a los ricos, sino que redireccionó el destino de los impuestos en obras faraónicas, políticas distributivas de dinero sin padrones, ni listas y compra de votos. Peor aún, endeudó al país y embridó el desarrollo nacional al debilitar a las instituciones, normalizar las mentiras gubernamentales, abrir espacios civiles de la Administración pública a militares, concentrar el poder al asfixiar a la federación y confrontarse con el sector privado que acabó finalmente por disminuir la producción. En pocas palabras dejamos de crecer y los pobres solo viven de dádivas, pero no de oportunidades de mejoría.  

Mi conclusión es que el expresidente se sigue sintiendo el sucesor de Chucho el Roto y su sucesora va por ese camino. Para ellos los pobres son clientela de votos y el crecimiento económico consistirá en seguir endeudando al país y ese no es a su parecer un dilema ético. Pero si lo es, en efecto, ellos no roban a los ricos, simplemente les roban el mañana a las futuras generaciones.

El deseo de justicia de Robin Hood y de Chucho el Roto es comprensible a la luz de las circunstancias que vivieron, pero fueron actores ilegales y de mentalidad pequeña. Hoy Claudia Sheinbaum y su mentor no son ilegales, pero igual de inconsecuentes que esos dos míticos ídolos. Robin y Chucho hicieron sus aventuras y lograron ser leyendas populares. Algo que no puede ni debe ser en la vida de un Estado democrático. De ahí que Andrés Manuel López y Claudia Sheinbaum, al darles el dinero a los pobres de la forma en como lo hacen, descarrilan la vida institucional y democrática, pues cercenan el crecimiento productivo de la economía y cooptan el voto otrora libre. 

Toda nación se beneficia de tener leyendas de justicieros en favor de la causa de los pobres, pero no los catapulta como modelo a seguir debido al dilema ético que esos personajes representan. Un gobierno democrático asume su responsabilidad en favor de toda la población, promueve las mejores condiciones posibles a fin de abrir las oportunidades necesarias y con eso mejorar la calidad de vida de la sociedad, lo debe hacer ética e institucionalmente y en el marco del Estado de Derecho. Pero no puede desempañarse como un Chucho el Roto gubernamental.   

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