Acompañamiento al Futuro Arquitecto: una Cura del Alma

  1. ARQ. JAVIER ALFONSO CARREÓN MONTOYA

Hoy me permito compartirles un poco respecto a la labor que, como Arquitectos y docentes, nos exige el mundo de hoy. A menudo, en las aulas y talleres de arquitectura, nos enfocamos en enseñar la técnica, el trazo, la norma y la estructura. Sin embargo, con los años y la experiencia frente al restirador, he comprendido que la labor del verdadero docente va mucho más allá: se trata de un acompañamiento.

Diversos autores y la tradición misma nos recuerdan que acompañar, en su sentido más elevado, evoca la figura del buen pastor que cuida y sigue de cerca a su rebaño. Es, en el fondo, una suerte de «sanación espiritual», una cura del alma que exige de nosotros una condición amorosa en pleno sentido de otredad. 

Acompañar al futuro arquitecto es mirar desinteresadamente hacia su beneficio, ayudándole a encontrar su propio proceso de maduración, elevando su autoestima y sembrando en él una confianza inquebrantable en su propia persona.

Este acompañamiento requiere de una atención plena hacia el alumno. Exige interesarnos genuinamente por «su historia», acortando esa distancia que a veces el aula impone. 

Es una ayuda que no hiere ni juzga, sino que dignifica a tal grado que, como nos enseñó el gran 

Paulo Freire: “Nadie acompaña a nadie, sino que juntos caminamos apoyándonos mutuamente”. 

Llega un momento en la docencia en que el acompañante y el acompañado se funden en un mismo aprendizaje: aprender a escuchar y a mirar con los ojos del otro.

Acompañar es, en esencia, levantar la lámpara para que el alumno pueda descubrir todo lo valioso que habita en él, aun en momentos de duda, frustración o dolor. Es presentarle alternativas para que despliegue sus capacidades cognitivas y espirituales. Y esto solo es posible a través de la verdadera empatía, que no debe confundirse con la mera simpatía. 

Mientras la simpatía es una reacción puramente emocional, la empatía es una cualidad superior: es sentir en el corazón, pero también comprender con la mente las afecciones y aflicciones del otro. Acompañar es acercar caminos para que ellos transformen sus resistencias y descubran ese «algo más» que sus propios ojos aún no alcanzan a ver.

¿Cómo se traduce esto en nuestro día a día con las nuevas generaciones? En la práctica diaria, el acompañamiento se demuestra en las obras, poniendo en acción actitudes, valores y conductas con el pensamiento y la palabra y en una vocación constante de servicio y conciliación. 

Se demuestra en la justicia de tratar a todos por igual, o mejor aún, dedicando tiempo extra a aquellos a quienes se les dificulta el aprendizaje. Se demuestra respetando su derecho a ser escuchados, sabiendo corregir con respeto, compartiendo generosamente lo que sabemos y dando testimonio con el ejemplo.

En conclusión, toda acción que un maestro lleva a cabo debe nacer desde el amor. En el acompañamiento a nuestros futuros arquitectos, la empatía debe ser el vehículo que les permita experimentar la fuerza de su propio Ser, ayudándoles a percibir esa voz del Espíritu que guiará no solo sus maquetas y planos, sino sus vidas enteras.

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