Las Naciones Pantalla

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Juan Carlos Blanco, La tiranía de las naciones pantalla. Los cinco pecados capitales de las plataformas que gobiernan internet. Editorial Akal, Madrid, España, 2024. 208 páginas.

DAVID MARKLIMO

Hace un par de años, en una conversación informal, varias personas de la Fundación Linux sostuvieron en un foro que el hecho de desbloquear el teléfono por la mañana equivalía a jurar lealtad a una potencia extranjera. Esa anécdota, en su momento exagerada, toma gran actualidad al leer el libro del periodista Juan Carlos Blanco, La tiranía de las naciones pantalla. Los cinco pecados capitales de las plataformas que gobiernan internet

Este es un ensayo bastante lúcido, producto de un ejercicio de observación, de cálculo. El acierto conceptual de Blanco es entender que las grandes tecnológicas -pensemos en Meta, Alphabet, Amazon, Apple o Microsoft- operan con una lógica mucho más precisa que la estatal. Tienen embajadas (nuestros dispositivos), recaudan impuestos (nuestros datos personales y de comportamiento), ejercen una jurisdicción suprema e inapelable (los tribunales algorítmicos que deciden qué vemos y qué nos es invisible) y, lo más escalofriante, tienen ejércitos dispuestos a defender sus intereses. La diferencia con los estados-nación tradicionales es que las naciones pantalla no tienen constitución, no rinden cuentas a electorado alguno y sus fronteras no se miden en kilómetros, sino en pulsaciones y tiempo de atención.

Si vemos detenidamente, deberemos reconocer que las tecnológicas nos han mejorado la vida y nos ofrecen entretenimiento infinito, pero también –nos alerta Juan Carlos Blanco– contienen un reverso tenebroso que todos reconocemos: su modelo de negocio causa una pandemia de desatención, alienta la desinformación, destruye el tejido comercial de nuestras comunidades, merma nuestras democracias y precariza sectores como el de la comunicación. Para diseccionar esta tiranía, el autor recurre a una metáfora moral potente y muy bien ejecutada: los pecados capitales de le teología cristina. Y lo hace no desde el alarmismo barato o de un pánico moralista, sino desde la anatomía fría del modelo de negocio. 

Está la avaricia, el pecado originario, que convierte la vida humana en materia prima extractiva (los datos), despojándonos de nuestra intimidad con formas que recuerdan al colonialismo. Está la lujuria, que no es carnal, pero sí adictiva: la ingeniería de la persuasión que encierra a adolescentes en bucles de dopamina infinitos, convirtiendo el scroll en el acto más repetido de nuestra especie en estos días. Está la ira, el veneno del compromiso social o el sinónimo de la indignación, que entiende que la polarización son el combustible más barato para mantener el motor en marcha; de ahí que nuestros estados en las redes sean siempre campos de batalla. Está la soberbia de creerse árbitros de la verdad universal, jueces de lo que sucede, asumiendo un poder que ni los peores censores de la historia soñaron tener a escala global. Y, finalmente, está la pereza, esa atrofia intelectual que nos exime de buscar, de dudar, de deliberar, mientras cedemos alegremente el trabajo pesado a la caja de sugerencias.  ¿Todo esto para qué? Pues para la extracción de millones de datos, para su uso con fines publicitarios. ¿Qué es ahora mismo la privacidad sino el rechazo a la publicidad personalizada?

Cabría preguntarse, entonces, si los dispositivos móviles, las empresas de tecnología, son el pasaje al infierno. Algo de eso hay, en estos postulados. Lo más perturbador de la lectura de Blanco no es la descripción del poder de las plataformas —lo que a estas alturas, si uno es honesto, ya intuye—, sino la magnitud de nuestra complicidad y la impotencia de nuestros estados. Mientras los parlamentos debaten sobre si legislan a la carrera siempre tres pasos por detrás de la tecnología, las tecnológicas, definidas aquí como naciones pantalla, redibujan la economía, la cultura y el consenso social sin pedir permiso. 

La tiranía de las naciones pantalla no es un manual de desintoxicación digital, ni ofrece recetas milagrosas. Es algo híbrido, y por tanto mucho más valioso: un espejo y un diagnóstico en tiempos de negación colectiva. Es un libro que nos obliga a pensar, a entender que no hay magia alguna, sino geopolítica pura y dura. Y en ese nuevo orden mundial, nosotros, no somos el cliente. Somos el recurso.

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