POR EZEQUIEL GAYTÁN
*Con Ricky Riquín Canallín y, el Adversario
Electoral, Vive con el Apodo
*Xóchitl Abuso de la Libertad en el Debate y
Llamó Narcocandidata a CSP
*Al PRI se le Etiqueto de Corrupto y Nadie lo
ha Olvidado; se lo Repiten
*El PAN lo Identifican de Mocho y Persignado
y sin Serlo es Solo de Derecha
*Defender Desde el Gobierno al Narcogober,
Preocupante Para el País
Estigmatizar a alguien o a una idea es un hecho social más común de lo que yo desearía, pues señala negativamente a otras personas, organizaciones o formas de pensar a partir de etiquetar y deshonrar con la perversa intención de que las consecuencias sean reducir el prestigio de alguien con base en prejuicios que finalmente deriven en exclusión social, la honra de la persona o grupo social y trato de inferioridad. Etimológicamente la palabra stigmatízein es de origen griego, pues se refería al hecho de estampar con un hierro caliente la mejilla de un ser humano, pues la marca lo señalaría por el resto de su vida como un ladrón o como un esclavo.
En el siglo XXI ya no se marca con un hierro ardiente a los seres humanos como si fuesen ganado, pero el señalamiento prejuicioso que estigmatiza sigue existiendo en los todos los estratos sociales y en los ámbitos laborales. Esa práctica, puede ser invisible cuando inicia en los subsuelos de los chismes y rumores de las oficinas o escuelas, pues rara vez se identifica el origen, pero cuando sale a flote la persona estigmatizada queda marcada. En otras ocasiones, sobre todo en el terreno de las campañas políticas, es claramente observable el fenómeno. Recordemos el debate por la presidencia de la República en 2018 en la cual Andrés Manuel López Obrador estigmatizó a Ricardo Anaya al llamarle Ricky Riquín Canallín y desde entonces el estigma y el apodo los lleva consigo el otrora candidato del PAN.
Los estigmas políticos pueden ser falsos y también pueden ser verdaderos o ser en parte verdaderos. Así tenemos el caso del debate por la presidencia de la República en 2024 entre Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum en el cual la primera estigmatizó a la hoy presidenta de narco candidata. Desde entonces la voz popular vincula a Morena y al crimen organizado como compinches. Que quede claro cuanto antes, no todos quienes militan o simpatizan con ese partido son narcos políticos. Pero el estigma crece con casos como el del gobernador morenista con licencia, Rubén Rocha Moya.
También es importante señalar que hay matices o niveles de estigmatización. Al Partido Revolucionario Institucional (PRI) se le etiqueta corrupto y al Partido Acción Nacional (PAN) de mocho y persignado. Léase, son estigmas debido a que son señalamientos negativos, pues no puede haber estigmas positivos. Aunque insisto pueden ser verdaderos o tener una parte de autenticidad.
Los estigmas dejan traza, aunque la organización, la ideología o la persona estigmatizada lo desmientan, así llevarán de alguna manera esa etiqueta incluso después de fallecidas o desaparecidas las organizaciones. Ejemplos sobran, así tenemos a Pedro el cruel de Rusia o al fascismo.
Me preocupa el tema debido a que el prestigio de una nación puede quedar estigmatizado ante los ojos del mundo por las decisiones que tome un gobierno. El caso mexicano es relevante. Llevamos siete años de populismo morenista con una política de abrazos, no balazos y, por si fuese poco, la presidenta defiende a capa y espada a Rubén Rocha Moya. Ahora sumemos los señalamientos que el mandatario norteamericano Donald Trump dice que Claudia Shienbaum se pliega al narco y la conclusión, cierta o falsa, es que nuestra nación empieza a ser y estar estigmatizada de violenta, muy peligrosa y en donde los bandidos gobiernan.
Lo anterior significa que el estigma de que México es un narco Estado ya tiene, al menos dos dimensiones, el interno debido a personajes como los exgobernadores Rocha Moya y Cuauhtémoc Blanco y el externo encabezado por Donald Trump y Hollywood. Lo cual requiere, si de verdad hay voluntad política para revertirlo, de una estrategia a largo plazo que incluya y convoque a la sociedad y cuyo sustento sea la educación. Pero mucho me temo que esa estrategia tendrá que esperar, ya que los prejuicios ideologizados de la clase gobernante son un lastre. Es decir, mientras que la jefa del Estado mexicano sea la primera en estigmatizar a la crítica tildándola de derecha y censure con burlas a la oposición, difícilmente logrará acuerdos productivos en lo económico, lo político y lo social.
El estigma crece porque ella, consciente o inconscientemente, lo fortalece. Lo cual me preocupa, sobre todo porque lo contrario al estigma es el prestigio. Léase un atributo que se construye con base en principios, valores y honra. Algo que ella dice ejercer, pero unidimensionalmente a la luz del resentimiento social y no del acuerdo holístico de la política.
