Espejos de Concreto y Almas Despobladas: la Arquitectura como Reflejo Social

 

 

Dr. Arq. Javier Alfonso Carreón Montoya

 

Amables amigos, en esta ocasión deseo comentarles acerca del concepto que detona el título de este tema y es que es de esas cosas que pienso que cimbran el alma: Espejos de Concreto y Almas Despobladas: La Arquitectura como Reflejo Social ¿En qué se asocia el deterioro social y la pérdida de valores con la arquitectura? ¿Acaso la arquitectura no es sino el reflejo de la sociedad?

Si lo pensamos fríamente, la respuesta es un rotundo sí. Los edificios no brotan de la nada; son el espejo fiel de quienes los diseñan y los habitan. Desde que el mundo es mundo, los principios de espiritualidad en la arquitectura han estado ahí. ¿Por qué? Sencillo: porque es el ser humano quien la hace, plasmando en cada línea su propio espíritu y el de su época. Es en ese viaje, del interior del creador hacia la materia, donde los espacios adquieren su verdadero valor.

A lo largo de la historia, siempre hemos puesto la mirada en aquello que eleva el alma. Por eso, quienes hemos tenido el privilegio de estar del lado de la enseñanza, hemos considerado que la gran batalla en las aulas siempre ha sido procurar que el futuro arquitecto manifieste en su obra esos principios y valores universales. Esos que no pasan de moda, que definen la cultura de un tiempo y que nos recuerdan de dónde venimos. Ya lo decía Víctor Hugo con una claridad contundente: «La arquitectura es el gran libro de la humanidad». Y qué razón tenía; si quieres saber qué le importaba a una civilización, no leas sus leyes, mira sus edificios.

El peso del tiempo y el extravío de la Luz

Es verdad que los grandes saltos sociales, científicos y tecnológicos siempre han sido los detonadores que cambian las reglas del juego sobre cómo se hace y se enseña la arquitectura. Las herramientas cambian, los materiales evolucionan. Pero el problema de fondo hoy no es técnico, es humano.

Eso que llamamos tan a la ligera “pérdida de valores” es, en realidad, algo más profundo y doloroso: es el alejamiento de la Luz, de ese Espíritu Creador, lo que irremediablemente nos empuja hacia la sombra.

Basta con salir a caminar a la calle hoy en día para darnos cuenta. ¿Qué es lo que prevalece? Nos ha ganado un interés desmedido por lo terrenal, lo puramente material y lo efímero. Parece que la consigna actual es construir rápido y vender caro, olvidándonos delo emocional, de lo permanente y de lo verdaderamente espiritual del espacio y de la convivencia. Nos hemos olvidado de la otredad, que no es otra cosa más que diseñar  pensando con amor en el prójimo, en el ser humano que va a habitar nuestra obra propiciando en ella la convivencia familiar y social.

El mandato del bienestar

Cuando el entorno se vuelve hostil, egoísta y acelerado, nuestra profesión adquiere un carácter casi de resistencia. El maestro y gran Arquitecto Ricardo Legorreta lo dejó plasmado de una forma bellísima: «En un mundo cada vez más lleno de tensión y pasión por la velocidad, los arquitectos tienen el mandato de diseñar espacios para que la gente obtenga tranquilidad y viva más feliz. Por eso, al ritmo que ha variado el estilo de vida de la sociedad, la arquitectura también ha ido cambiando”.

Ahí está la clave. La sociedad cambia, sí, y nosotros nos movemos con ella, pero no para rendirnos ante su caos, sino para ofrecer un refugio. El deterioro social se refleja en ciudades frías, dormitorios, hostiles y desconectadas de la naturaleza humana; espacios que aíslan en lugar de integrar.

Sanar a la sociedad también implica queridos amigos sanar sus espacios. Al final del día, nuestro restirador es una trinchera ética. Si logramos devolverle la espiritualidad al trazo, si ponemos por encima el bienestar del otro antes que el ego o el negocio efímero, estaremos usando la arquitectura no solo como el reflejo de lo que somos, sino como el faro de lo que aspiramos a ser.

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