Siri Hustvedt. Historias de fantasmas. Seix Barral, Barcelona, 2026. 384 páginas.
DAVID MARKLIMO
Normalmente, todos los libros se leen. Es hasta una obviedad decirlo. Pero hay algunos que te dejan huella, que te marcan, que te trasladan a lugares que no sabías que existían. Son libros tan raros, que te obligan a reconsiderar cómo has estado entendiendo la vida misma. Historias de Fantasmas, el último trabajo de Siri Hustvedt trata de la muerte de su esposo, el escritor Paul Auster. Definitivamente, el libro pertenece a esta última categoría. Es un texto inquietante: la muestra de que, a veces, el amor es más fuerte que la muerte, como se sostiene en esa famosa escena del Drácula, de Francis Ford Coppola. Para resumirlo, es un libro sobre lo que sucede cuando sobrevives a quien amas.
Pero, Historia de Fantasmas, no es un memorial convencional. La autora abre el libro con una frase simple, pero poderosa. Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Entramos, pues, al universo de la pérdida, del duelo. Pero también descubriremos que el duelo no es exactamente sobre la pérdida del ser querido.
También es sobre la identidad. El amor, en esa idea, pasa del yo al nosotros. ¿Qué queda del nosotros cuándo el otro ha partido? La persona física se va, y con ella, todas las versiones de nuestro yo que dependían de su presencia. Hay una especie de crisis de identidad, pues. Y, justamente por eso, tiene sentido hablar de fantasmas, de habitaciones que fueron y ya no lo son. Las referencias privadas pierden receptor, los chistes quedan sin audiencia, la mirada cómplice se disuelve. ¿Quién soy si nadie recuerda conmigo quiénes fuimos? El luto transforma espacios físicos en paisajes emocionales donde el ausente está, pero es inalcanzable. No es que el difunto aparezca; es que la superviviente descubre que ha estado viviendo en una estructura relacional invisible durante décadas, y esa estructura colapsa en un instante. La rutina se desmorona porque cada acción estaba implícitamente coordinada con otro.
Cuando se habla de duelo, a veces asemejan el proceso al de recuperarse de una enfermedad. Pero aquí, la recuperación no consiste en olvidar, sino en poder recordar sin dolor. Y en medio de esas reflexiones, encontramos que Paul Auster escribió para su nieto Miles, nacido poco antes de su muerte, una serie cartas. Veremos una tensión poderosa, producto de una ironía que sólo es posible en la vida: la coincidencia entre el dolor de una muerte terminal y la felicidad por el nacimiento de una persona. El niño representa el futuro que los abuelos no verán. Estas cartas son actos de transmisión desesperada que adquieren dimensión completamente nueva, pues funcionan como legado. Y, entonces, descubrimos algo fundamental de este proceso: el duelo no sólo es una construcción social, también es un acto de preservación; es decir, preguntarnos qué merece sobrevivir.
El dolor descrito, la añoranza por aquello que fue y no volverá es universal. Y también, como decíamos, tiene de lección el mostrar cuánto de nuestra identidad depende de otros. En un mundo donde la soledad es una especie de epidemia y las relaciones cada vez son más de usar y tirar, el libro confronta nuestra profunda dependencia. Nadie es una isla, como dijese el famoso poema.
Lo admirable es que Hustvedt transforma el dolor en herramienta. No escribe para intentar consolarse, sino para entenderlo. Y en ese intento, en esa particularidad, nos regala una altísima literatura. Un libro raro, maravilloso. Su prosa es racional pero no hay duda que traslada emociones fuertes, sin perder calidez. Historias de Fantasmas funciona como testamento doble: legado afectivo y herencia.
Está claro que algunos textos necesitan tiempo para madurar, porque la muerte, el amor, el dolor, el legado, la herencia y la familia son conceptos muchas veces complejos y que cada uno descifra como puede. Pero para quienes han enfrentado o enfrentarán algún día el adiós definitivo, Historias de Fantasmas ofrece algo raro: validación intelectual y emocional. No promete cura ni un cierre. Promete comprensión. Y a veces, ante la muerte, eso es lo único que podemos pedir.
