DANIEL LEE
El fútbol siempre ha sido presentado como un lenguaje universal. Un espacio donde las diferencias políticas, religiosas, económicas o culturales quedan temporalmente suspendidas para dar paso a una celebración colectiva. La Copa del Mundo representa precisamente eso: una fiesta global capaz de reunir a millones de personas alrededor de una misma pasión.
Sin embargo, mientras el Mundial 2026 se encuentra a las puertas de su inauguración, una sombra amenaza con instalarse sobre esa celebración. No proviene de la rivalidad deportiva, ni de los desafíos logísticos que implica organizar uno de los eventos más grandes del planeta. Proviene del miedo.
Un miedo real.
El sindicato que representa a más de dos mil trabajadores del estadio SoFi de Los Ángeles ha lanzado una campaña tan contundente como simbólica: «Saquen de la Copa del Mundo a patadas al ICE». La frase puede parecer provocadora, pero detrás de ella existe una preocupación legítima que va mucho más allá de una consigna sindical.
Miles de trabajadores, en su mayoría latinos e hijos de inmigrantes, temen que la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) utilice el contexto del Mundial para reforzar la estrategia de deportación masiva impulsada por la administración de Donald Trump. Temen que la presencia de agentes migratorios en los estadios, centros de trabajo o zonas de concentración de aficionados convierta una fiesta deportiva en un escenario de intimidación.
Y lo más preocupante es que esos temores no nacen de la imaginación. Durante meses, las comunidades migrantes han sido testigos de una estrategia basada no solamente en la detención y deportación de personas, sino en la construcción deliberada de un clima de incertidumbre. El objetivo parece evidente: generar suficiente miedo para que miles de migrantes opten por invisibilizarse, abandonar espacios públicos o incluso considerar la llamada «autodeportación».
La política migratoria deja de operar únicamente mediante procedimientos administrativos y comienza a funcionar mediante mecanismos psicológicos.
El miedo se convierte en herramienta de gobierno.
Por eso la exigencia de los trabajadores del SoFi Stadium merece atención internacional. Lo que están planteando no es una confrontación ideológica con las autoridades migratorias. Lo que reclaman es una garantía mínima de seguridad para quienes harán posible el funcionamiento cotidiano del Mundial.
Porque detrás de cada estadio existen miles de trabajadores que cocinan alimentos, limpian instalaciones, atienden hoteles, sirven bebidas, operan servicios de transporte y garantizan que la experiencia de millones de visitantes transcurra sin incidentes. Son precisamente esos trabajadores —muchos de ellos migrantes o hijos de migrantes— quienes sostienen gran parte de la industria turística y de servicios que hará posible el torneo.
La paradoja resulta extraordinaria.
Estados Unidos se prepara para recibir al mundo entero mientras parte de la fuerza laboral que hará posible esa recepción teme convertirse en objetivo de operativos migratorios.
El país que aspira a proyectar una imagen de apertura internacional corre el riesgo de enviar un mensaje completamente opuesto.
La FIFA tampoco puede permanecer al margen de esta discusión. Durante años, el organismo ha insistido en presentar al fútbol como una herramienta de inclusión, diversidad y respeto a los derechos humanos. Si esos principios tienen algún significado práctico, este es precisamente el momento para demostrarlo.
La pregunta es sencilla: ¿puede una Copa del Mundo considerarse verdaderamente segura si miles de trabajadores llegan a sus centros laborales con temor a ser detenidos? ¿Puede hablarse de inclusión cuando comunidades enteras sienten que asistir a un partido o trabajar en un estadio podría exponerlas a acciones migratorias?
El silencio institucional frente a estas preguntas comienza a ser una respuesta en sí misma.
Lo que ocurre en Los Ángeles también refleja una transformación más profunda dentro de la comunidad migrante. Durante años, muchos trabajadores optaron por enfrentar la hostilidad política desde la discreción. Hoy ocurre algo distinto. Sindicatos, organizaciones comunitarias y colectivos de defensa de derechos civiles están comenzando a disputar públicamente la narrativa sobre la migración.
Están diciendo algo fundamental: los migrantes no son espectadores de la economía estadounidense. Son protagonistas de ella.
Construyen ciudades. Atienden hoteles. Operan restaurantes. Mantienen funcionando aeropuertos, centros turísticos, estadios y servicios esenciales. Son parte integral de la vida cotidiana de Estados Unidos.
Por eso resulta tan simbólico que la resistencia haya surgido precisamente desde uno de los estadios que albergarán la máxima fiesta del fútbol mundial.
El mensaje trasciende el deporte.
No se trata únicamente de quién entra a un estadio. Se trata de quién tiene derecho a vivir sin miedo. De quién puede trabajar sin sentirse perseguido. De quién puede celebrar sin sospechar que cualquier evento público puede convertirse en una amenaza para su estabilidad familiar.
El Mundial 2026 será observado por miles de millones de personas. Los partidos durarán noventa minutos. Las fotografías de los campeones recorrerán el planeta. Los trofeos cambiarán de manos y las estadísticas pasarán a la historia.
Pero existe una pregunta que permanecerá mucho después del último silbatazo.
¿Será recordado como el Mundial de la inclusión y la diversidad que prometen sus organizadores o como el torneo donde el miedo migratorio intentó colarse hasta las gradas?
Los trabajadores del SoFi Stadium ya emitieron su postura.
Han mostrado una tarjeta roja.
Ahora corresponde a la FIFA, a las autoridades estadounidenses y a la opinión pública decidir si la ignoran o si entienden que ninguna fiesta deportiva puede construirse sobre el temor de quienes la hacen posible.
