POR EZEQUIEL GAYTÁN
*Las dos Acepciones Aplicables
al Jefe y el Subordinado
*No Desmentirlo en Público y
Darle Elementos Veraces
*Hay Lambiscones que Alteraron
las Estadísticas Oficiales
*Colaboradores que la Rebasan y
Engañan con Falsedades
*La Presidenta no ha Entendido el
Valor de la Información
*No hay que Malgastarla; se Trata de
Administrarla al Usarla
Una de las reglas no escritas del viejo sistema político mexicano decía “al jefe no se le rebasa ni en carretera”, la cual tenía al menos dos grandes acepciones. La primera era francamente abyecta, pues se refería a nunca brillar, ni opacar al jefe con alguna idea original, ni destacarse más que él; algo común entre los aduladores y lo peor es que sigue vigente. La segunda aludía a nunca contradecir al jefe en público. Era una conseja popular sabia a mi parecer, pues las estructuras políticas y administrativas gubernamentales debían mostrar un rostro homogéneo a fin de dar confianza, certidumbre y, en consecuencia, legitimar al régimen.
Me detendré en la segunda acepción, pues se trata de un proceso en el cual se cuidan las formas y en consecuencia el fondo. Siempre ha sido importante que las instituciones, sobre todo las públicas gubernamentales, se apeguen al Estado de Derecho, se sigan las normas administrativas y se apliquen ortodoxamente los sistemas y procedimientos. Además, en toda organización formal la estructura es piramidal y por lo mismo hay un solo responsable de la marcha de la institución. Eso implica no brincarse los niveles de arriba hacia abajo y viceversa. También implica no mentir, ni maquillar los datos, ni sesgar la información. Si acaso alguien altera la información corre el riesgo de que sea detectado y se apegue a las consecuencias de violar la Ley General de Responsabilidades Administrativas, la cual establece que, si cualquier persona servidora pública omite actuar, oculta información o no denuncia si detecta alguna irregularidad, incurrirá en falta grave.
Por supuesto que sabemos de casos de mandos medios y superiores que por lambiscones alteraron las estadísticas y no pagaron las consecuencias, pero, aunque usted no lo crea, esa no era la regla cotidiana en la Administración pública. De ahí que cuando algún secretario de Estado o un director de alguna entidad paraestatal le entregaba información al presidente en turno, debía estar seguro de que era información corroborada, verdadera, confiable, oportuna y verificable.
Empero, esa regla del viejo sistema hoy sólo opera en su primera acepción. Es decir, hemos vuelto a la época en la que cuando un jefe pregunta la hora, la respuesta es “la que usted mande”. No, no bromeo. Es más, el pasado viernes 29 de mayo, nuestro Director General de Misión Política, Jesús Michel, publicó su artículo intitulado “Confusiones” en el cual demuestra que el gobierno de la presidenta Sheinbaum cayó en contradicciones y desmentidos. El primer desfiguro fue respecto a la ficha roja de la Interpol de Rubén Rocha Moya, el otro acerca de que la Guardia Nacional protege al exgobernador de Sinaloa. El siguiente fue el caso de que la Fiscalía General de Justicia de la CDMX abrió y luego negó una denuncia de secuestro en contra de la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos.
Son tres botones de muestra que confirman que la presidenta de México ya fue rebasada y que no tiene todas las riendas, ni siquiera las suficientes que le permitan conducir a nuestro país. Es decir, se trata de una persona desinformada o, peor aún, mal informada. Es un asunto preocupante, ya que ella manifiesta carecer de ventajas competitivas con respecto a lo que hacen sus colaboradores, también nos indica que sus decisiones son bajo condiciones de incertidumbre pues no tiene la información suficiente y necesaria. Finalmente, parece no entender que el verdadero poder de la información no está en poseerla, sino en saber administrar, en su caso fíltrala, tener visión holística de las situaciones y, por lo mismo, tener visión de Estado.
Claudia Sheinbaum Pardo dicen quienes la conocen que es una mujer inteligente, de temperamento firme y decidida. Yo no tengo idea de cómo es ella como jefa, pero me inquieta como mexicano la ambigüedad en sus comportamientos, la incertidumbre que expresa en su desempeño y su ramplón análisis al reducir toda situación social al marco del geometrismo político de izquierdas y derechas. Ella y su mentor no se prepararon para ser presidentes de México. Él si se capacitó para tener poder, usarlo y abusar del mismo, pero ella ni eso.
Es una presidenta rebasada por las circunstancias que ella creó al haber aceptado participar en el perverso juego que su mentor inventó a fin de recrear un trasnochado Maximato. Está desbordada por el muy mediocre crecimiento de la economía, la inseguridad pública, la relación con los Estados Unidos, la mala calidad educativa y los deficientes servicios de salud y le urge deslindar, si acaso puede, a su partido de los vínculos con el narco y, a la vez, mantenerlo en el poder. Ella es quien debe acelerar y poner en orden a sus colaboradores.
