Amélie Nothomb, Psicopompo. Anagrama, Barcelona, 2026. 144 páginas
DAVID MARKLIMO
¿Cuándo un autor se vuelve su propia obra? ¿Qué tiene eso qué aportar a la literatura? Podríamos hablar del sentido de la existencia, de la capacidad de reflexionar cotidianamente sobre lo que sucede día tras día. También, cómo no, requiere muchísima disciplina. Es el caso de Amélie Nothomb, que todos los días reflexiona sobre su vida de cuatro de la mañana a ocho, en eso que a veces llaman el club de las cuatro. Con esa disciplina, Nothomb publica Psicopompo. Lejos de ser una mera confesión autobiográfica o una novela convencional, esta obra se erige como un ejercicio de mediación radical donde la escritura deja de ser un oficio para convertirse en un mecanismo de supervivencia. Densidad existencial, le han llamado.
Recordemos, un psicopompo es una figura que en la mitología griega estaba encargada de guiar a las almas en su tránsito al más allá. Así, el núcleo de este texto nos remitirá a Hermes, el dios griego, no como un mero adorno mitológico, sino como la estructura misma que sostiene el texto. Pensemos en Hermes un momento: es el psicopompo por excelencia. Posee una cualidad única en el panteón clásico: es el único capaz de cruzar sin fractura la línea infranqueable que separa a los vivos de los muertos. Mientras otros dioses permanecen anclados en sus esferas, Hermes transita libremente entre el Olimpo, la tierra y el Hades. Nothomb apropia esta función divina para describir su propio método. Para ella, escribir cada mañana no es un acto de creación estética, sino un descenso ritual al Hades de la memoria y el trauma, seguido de un retorno milagroso a la luz.
Esta metáfora del cruce de umbral es fundamental para entender la arquitectura del libro. Nothomb nos revela que su historia personal —marcada por el trauma infantil y la lucha contra la anorexia— reside en ese territorio de los muertos, en ese espacio interior que amenaza con congelarla para siempre. Si la escritura cesara, la autora quedaría atrapado en ese limbo, sin posibilidad de retorno. Por tanto, la literatura, este sentido de la existencia del que hablábamos al principio, cumple una función es una herramienta que permite navegar la oscuridad sin ser devorada por ella. No busca entretener ni instruir en el sentido tradicional; su función es salvar. Es el vehículo que permite a la autora, y por extensión al lector, atravesar la frontera de la destrucción personal para alcanzar el renacimiento.
Lo que hace a Psicopompo tan arriesgado y, a la vez, tan poderoso, es la sinceridad con la que Nothomb expone estas cicatrices. No hay distancia crítica ni ironía defensiva; la autora se entrega a la metáfora del vuelo, ese impulso aviar que la obsesiona, equiparando el acto de escribir con el de elevarse sobre el abismo. Hermes se convierte así en un espejo: mientras el dios guía a las almas perdidas, Nothomb guía al lector a través de los pasajes más oscuros de su biografía, utilizando la palabra como brújula.
Sin embargo, esta audacia estructural conlleva riesgos. La fragmentación narrativa, necesaria para reflejar la naturaleza discontinua del trauma y del tránsito entre mundos, puede desconcertar al lector acostumbrado a la linealidad novelística. Algunos podrían percibir una falta de cohesión donde la autora ha tejido una red de símbolos. Pero quizás esa aparente dispersión sea la prueba definitiva de la metáfora: el viaje del psicopompo no es recto, es un tránsito complejo entre dimensiones que no siempre se comunican con lógica terrenal.
En última instancia, Psicopompo nos recuerda que la literatura, en su forma más pura, es un acto de valentía metafísica. Nothomb nos muestra que el escritor es, ante todo, un intermediario que debe tener la valentía de bajar a las profundidades de su propio infierno personal para traer de vuelta algo que ilumine. Como Hermes, ella cruza el umbral diariamente, no por capricho estético, sino porque es la única manera de no quedarse atrás en el frío de la muerte. En esta confesión, la escritura se revela no como un lujo, sino como el último y más necesario acto de resistencia humana.
