POR DANIEL LEE
La defensa de los migrantes exige mucho más que discursos vacíos o giras internacionales de legisladores oportunistas. Implica confrontar políticas antiinmigrantes, denunciar abusos laborales, presionar diplomáticamente a Washington y asumir posiciones incómodas frente al poder estadounidense. Significa acompañar a las comunidades migrantes en los momentos de crisis y no solamente aparecer cuando el tema ofrece rentabilidad mediática.
Es el caso del diputado morenista Pedro Haces Barba, y es que mientras millones de nuestros paisanos sobreviven en Estados Unidos bajo la amenaza constante de redadas, deportaciones y persecución política, en México algunos personajes como él parecen haber encontrado en la causa migrante un escaparate conveniente para el protagonismo político.
Haces Barba, insiste en proyectarse como defensor de los trabajadores y de los migrantes, aunque sus actos, negocios y privilegios personales dibujan una realidad completamente distinta.
La semana pasada, Haces aseguró haber visitado tres estados de la Unión Americana para atender asuntos relacionados con migrantes mexicanos. Sin embargo, no existe información clara sobre qué organizaciones migrantes, colectivos comunitarios o redes de defensa visitó.
No hay fotografías con trabajadores agrícolas perseguidos por autoridades migratorias, ni reuniones documentadas con activistas que enfrentan deportaciones o abusos laborales. Tampoco anuncios concretos sobre estrategias de protección legal, fortalecimiento consular o presión diplomática frente a las políticas antiinmigrantes impulsadas por sectores republicanos en Estados Unidos.
La narrativa quedó reducida, una vez más, a declaraciones generales y discursos políticos cuidadosamente administrados para los medios.
Y es ahí donde aparece el verdadero problema: la distancia entre el discurso político y la realidad de millones de migrantes mexicanos.
Miles de trabajadores viven escondiéndose de operativos migratorios, y Pedro Haces se mueve entre congresos internacionales, círculos empresariales y negocios binacionales. Acerca de esto, diversos registros mercantiles revelan que el legislador morenista participa al menos en nueve empresas en México, España y Estados Unidos.
En nuestro país figura en compañías relacionadas con turismo, gastronomía y espectáculos taurinos; en España aparece como socio de “Simón Casas Apoderamiento”, dedicada a la representación de toreros y novilleros; mientras que, en Nevada, Estados Unidos, creó la empresa “Don Bull Productions”.
No se trata únicamente de cuestionar que un político tenga empresas. El verdadero debate gira alrededor de la contradicción ética y política que representa un líder sindical que acumula intereses empresariales mientras presume representar a los trabajadores más vulnerables del país.
La contradicción se vuelve todavía más delicada cuando se observa el historial de estas compañías. La empresa española donde Haces figura como socio fue sancionada este año por un tribunal de Madrid tras detectarse ocultamiento de ingresos para pagar menos impuestos entre 2013 y 2014. A ello se suman cuestionamientos sobre presuntas omisiones patrimoniales y falta de transparencia en sus declaraciones públicas.
Pero existe otro elemento que vuelve todavía más cuestionable su discurso sobre los migrantes: Pedro Haces cuenta con doble ciudadanía, mexicana y estadounidense. Esa condición le permite entrar y salir de Estados Unidos sin enfrentar el miedo, las restricciones o la incertidumbre migratoria que padecen millones de mexicanos. Mientras trabajadores indocumentados viven bajo el riesgo permanente de ser detenidos o deportados, Haces transita con privilegios jurídicos que lo colocan en una realidad completamente distinta.
La diferencia es todavía más evidente cuando se compara con otros integrantes de Morena y figuras cercanas al oficialismo a quienes el gobierno estadounidense les ha cancelado visas o restringido el ingreso en distintos momentos por tensiones políticas o investigaciones. Pedro Haces, en cambio, no enfrenta ese problema. Su doble nacionalidad le garantiza una movilidad y protección que millones de paisanos jamás tendrán.
Es imposible ignorar el contraste: millones de mexicanos envían remesas para sostener a sus familias, sobreviven con salarios precarios y enfrentan condiciones laborales abusivas en Estados Unidos, uno de los supuestos “defensores” de los trabajadores construye una red empresarial internacional rodeada de lujo, opacidad y privilegios políticos.
El legislador representa quizá uno de los ejemplos más claros de la transformación del sindicalismo mexicano en un instrumento de poder económico y político. Lejos quedó aquella figura del dirigente obrero cercano a las bases trabajadoras. Hoy, el sindicalismo de élite se mueve entre restaurantes exclusivos, vuelos internacionales, negocios privados y relaciones de alto nivel con gobiernos y empresarios.
Y, aun así, el discurso oficial insiste en presentar a estos personajes como representantes legítimos de la clase trabajadora.
La pregunta es: ¿qué autoridad moral puede tener un político multimillonario para hablar del miedo que vive un jornalero mexicano en Texas o un albañil indocumentado en California? ¿Cómo puede alguien que cruza la frontera sin restricciones, gracias a su ciudadanía estadounidense, asumir el papel de portavoz de quienes viven bajo el terror cotidiano de la deportación?
Hasta ahora, nada de eso ha caracterizado la actuación pública de Pedro Haces.
Mientras organizaciones migrantes denuncian criminalización, explotación laboral y abandono institucional, muchos políticos mexicanos continúan utilizando el tema migratorio como herramienta propagandística. Hablan de “nuestros héroes migrantes” mientras guardan silencio ante las violaciones sistemáticas de derechos humanos que enfrentan millones de mexicanos en el extranjero.
Y en medio de esa simulación política, personajes como Pedro Haces terminan evidenciando uno de los grandes problemas de la política mexicana contemporánea: el uso de las causas sociales como fachada mientras los verdaderos intereses siguen siendo los negocios, el poder y los privilegios personales.
Porque para algunos políticos, los migrantes no representan una causa humanitaria ni una prioridad nacional. Representan un discurso rentable.
Y eso, tarde o temprano, también termina por exhibirse…
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