Miguel Bonnefoy. El sueño del jaguar. Editorial Libros del Asteroide, Barcelona, España. 2025. 272 páginas.
DAVID MARKLIMO
En 1996, por diferencias creativas entre Saúl Hernández y Alejandro Marcovich, se anunció la separación de Caifanes. En lugar de empezar una carrera como solista, Hernández decidió formar otro conjunto musical, así que se eligió Jaguares en su lugar. El nombre, representaba la fuerza, el misticismo y la identidad cultural mesoamericana que tanto le gustaban a Saúl.
Esa anécdota viene a la mente con motivo de la publicación del libro El sueño del jaguar, del francovenezolano Miguel Bonnefoy. El jaguar, aunque distinto de aquel que imagino Saúl para su banda, despierta en las páginas de esta ambiciosa novela venezolana. Bajo ese título metafórico —inspirado en la creencia campesina de que un jaguar nace entre los gatos y crece con mentalidad distinta— se despliega una saga familiar que es, simultáneamente, la historia de un país en transformación. Cuando Antonio Borjas asciende desde su abandono en las escaleras de una iglesia hasta convertirse en rector de universidad, y cuando Ana María Rodríguez vence todas las barreras para ejercer medicina y defender sus convicciones, no estamos presenciando únicamente historias individuales de superación. Estamos observando cómo Venezuela misma se reinventa, cómo una sociedad emerge del petróleo, las dictaduras y los cambios políticos que la sacuden.
Lo notable de esta novela es cómo Bonnefoy logra condensar más de ochenta años de historia en un relato que respira con naturalidad. La prosa es ágil, poética, poblada de imágenes que transportan al lector a través de décadas sin que la velocidad narrativa se convierta en atropello. Este es un equilibrismo admirable: el autor mantiene la densidad histórica sin sacrificar la intimidad de sus personajes.
Y aquí reside quizás la mayor fascinación del libro: la cadencia del relato respira aire caribeño. La influencia de García Márquez, de Alejo Carpentier, y la literatura picaresca, flota visible en ese viaje a través de las sagas familiares legendarias. No es realismo mágico puro, sino algo más sutil: una precisión en los detalles que universaliza la trama mientras la ancla firmemente en Maracaibo, en el lago, en la geografía específica de Venezuela.
Lo que confiere legitimidad a esta novela no es una militancia explícita, sino un testimonio ligeramente matizado por las circunstancias personales del autor. Bonnefoy no levanta el dedo acusador, en cambio, nos muestra cómo Antonio y Ana María —médicos apasionados y coherentes, pícaros y seguros de sí mismos— se enfrentan a una sociedad que evoluciona mientras ellos trabajan por mejorarla. Su compromiso con el aborto, con la medicina como acto político, con la educación, no es predicador sino vivencial. Está integrado en el tejido de sus vidas de manera que resulta casi espiritual.
La novela narra la saga familiar, como decíamos, también a través de la hija de Antonio y Ana María, llamada, cómo no, Venezuela, quien se traslada a París, y luego a Cristóbal, el nieto que se convierte en autor de esta saga. El relato adquiere una dimensión de autoficción exquisitamente digerible. No es confesión desgarrada ni especulación vacía: es ensamblaje arquitectónico entre creación e intimidad.
Ciertamente, nombrar Venezuela a la hija podría parecer, a primera vista, demasiado simbólico, un empuje demasiado explícito hacia la analogía entre el progreso familiar y el nacional. Es una exigencia minor sin embargo. Señalarla es buscarle los tres pies al gato cuando se tiene ante los ojos una novela magnífica, luminosa, capaz de iluminar contradicciones sin moralina.
La verdadera medida de este libro es su capacidad para hacer convivir lo épico con lo íntimo, la historia colectiva con la personal, el petróleo y la política con el latido humano. Indispensable también para vislumbrar qué pasará en Venezuela.
