Juan Gómez Bárcena. Abril o nunca. Editorial Seix Barral, Barcelona, 2026. 368 páginas.
DAVID MARKLIMO
Hay novelas que te golpean de frente y otras que te van penetrando lentamente, como una corriente subterránea. Abril o nunca, la última entrega de Juan Gómez Bárcena, pertenece a esta segunda categoría. No es una obra que busque el aplauso fácil; es una exploración incómoda de la culpa, la paternidad y esa obsesión humana por revertir lo irreversible.
Lo que más me llama la atención no es la premisa —un hombre divorciado que huye a Benidorm tras una tragedia— sino cómo Bárcena construye el espacio urbano como espejo del vacío interior. Benidorm no es casualidad: es el escenario perfecto para quien busca desaparecer entre la superficialidad y la provisionalidad. Como dice el propio texto, “en Benidorm la gente se mueve tan deprisa que ni siquiera tienen tiempo de mirarlo”. Esa frase encapsula toda la novela: la invisibilidad voluntaria como mecanismo de defensa.
Pero aquí viene el giro que pocos destacan. Daniel no solo busca redención, busca olvidar. Y Bárcena nos presenta una paradoja brutal: en internet, entre foros y usuarios anónimos, alguien le dice que el olvido “también se enseña”. Es una ironía mordaz: en la era de la hiperconexión, el protagonista se refugia en las redes para aprender a desconectarse de sí mismo. Los chats y videojuegos no son evasión, son el nuevo confesionario digital donde nadie escucha realmente.
Lo que realmente duele en esta novela es la reflexión sobre la memoria. Bárcena no nos deja ilusionarnos con el pasado: “La memoria nos juega esa clase de trampas. Quiere convencernos de que hubo un tiempo en que fuimos felices, pero también lo bastante idiotas como para no darnos cuenta”. Esta línea debería estar enmarcada en cualquier oficina de terapia. No podemos volver atrás porque nunca estuvimos donde creemos haber estado. Sin embargo, reducir Abril o Nunca a un monólogo sobre la culpa adulta sería un error de lectura.
La novela disecciona los efectos de la separación familiar desde una doble vertiente: la del progenitor que intenta rearmar su identidad y la del hijo que navega esa fragmentación. La figura de Teresa, la hija de Daniel, no es un mero accesorio dramático; es el contrapunto necesario que revela cómo la infancia procesa el caos de los mayores. Y es aquí donde la trama se abre, digámoslo así, a través de la repetición de rituales. Teresa celebra sus cumpleaños con cada uno de sus padres, un acto que parece inocente, pero que en realidad es un intento desesperado de mantener la coherencia en un mundo que se ha fracturado.
Bárcena nos muestra que, para el niño, la reorganización familiar no es un concepto abstracto, sino una serie de micro-rituales que deben repetirse para que la realidad no colapse. La permanencia de los lazos afectivos no depende de la convivencia, sino de la capacidad de sostener esos rituales en medio del cambio.
Y es que la novela va más allá de la psicología individual para adentrarse en una crítica social sutil pero implacable: la de las expectativas sobre la masculinidad. Daniel no es solo un padre fallido; es un hombre atrapado en la herencia emocional de una masculinidad que le exige ser fuerte, resolutivo, inmutable. La narrativa de Bárcena desmonta esa armadura, mostrando personajes complejos que enfrentan las consecuencias de decisiones tomadas bajo la presión de ser lo que se espera. La culpa de Daniel no nace solo del accidente, sino de la incapacidad de cumplir con el guion del padre perfecto que la sociedad le impuso.
Lo más valioso de esta obra es que no se limita a exponer los conflictos internos de los adultos. Da voz a la infancia, permitiendo que la experiencia de los menores durante las crisis de los mayores tenga el mismo peso narrativo. No somos solo espectadores de la tragedia de Daniel; somos testigos de cómo Teresa interpreta, filtra y sobrevive a esa tragedia.
La prosa de Bárcena es precisa, sin florituras innecesarias. No dramatiza, pero no por eso duele menos. Al contrario: la contención emocional hace que cada frase resuene con más fuerza. Es literatura que no grita, pero que no te deja dormir.
No es una novela que te consuela; es una que te confronta. En tiempos de autoayuda y soluciones mágicas, Abril o Nunca nos recuerda que el tiempo no se puede revertir, pero que la comprensión de nuestros errores, y sobre todo de cómo afectan a quienes amamos, es el único camino posible hacia una paz que, aunque imperfecta, es real.
