POR DAVID MARTÍNEZ*
A propósito de la visita de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a México en 2026, es interesante recordar aquella de José María Aznar en 2006. Hacerlo no es meramente un ejercicio de especulación política; es un termómetro que mide la metamorfosis de la derecha ibérica y su proyección transatlántica. Para entender lo que podría significar tal encuentro, debemos diseccionar las dos eras: la del conservadurismo democrático de Aznar y la del liberalismo de derecha que personifica Ayuso.
La visita de José María Aznar a México en febrero de 2006 representó un momento de inflexión en la diplomacia partidaria. En plena contienda electoral entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, el expresidente español no solo se reunió con el candidato del PAN, sino que emitió un juicio público:
– Deseo que gane Calderón por el bien de los mexicanos.
La postura de Aznar reflejaba una visión de la derecha española de mediados de los 2000: una derecha institucional, atlántica y alineada con el consenso neoliberal global, que veía en el PAN un aliado natural por su adscripción a la Democracia Cristiana y su pertenencia a la Internacional Demócrata de Centro. El nexo era orgánico. El PAN y el Partido Popular (PP) compartían no solo ideología, sino una visión del mundo basada en la estabilidad institucional y la economía de mercado. Aznar actuaba como un garante de esa ortodoxia, un dirigente político exitoso que validaba la candidatura de Calderón ante los mercados internacionales.
Pero 2026 no es 2006: el escenario habría mutado radicalmente. La derecha española ya no es un bloque monolítico. El PP, heredero de Aznar, ha tenido que reconfigurarse para sobrevivir en un ecosistema donde Vox ha capturado el voto más radical. Aquí hay un punto interesante: se suele confundir a Ayuso con la ultraderecha, cosa bastante inexacta. Ayuso representa una derecha más combativa, mediática y populista que la de Aznar. Pero dista mucho de ser ultra, pues su lectura política descansa más en el liberalismo que en el nacionalismo. Su estilo no es el del estadista discreto, sino el de la confrontación permanente en redes sociales y la gestión de la polarización como activo político.
Los datos sugieren que los nexos actuales entre el PAN y la derecha española son más complejos y fragmentados. Mientras el PP mantiene una relación de cooperación informal y técnica, la afinidad ideológica más fuerte del PAN contemporáneo parece haberse desplazado hacia Vox. El PAN ha adoptado discursos sobre inmigración, soberanía nacional y familia tradicional que resuenan directamente con la retórica de Vox, llegando a participar en conferencias conjuntas y a importar estrategias de campaña. No son diferencias menores, pues hay que entender la intersección entre la política partidaria y el poder económico. El PAN no es solo un partido; es una red de influencia empresarial y religiosa (con raíces en la organización La Yunque). Los nexos con la derecha española no son solo electorales; son también económicos.
Las empresas españolas con intereses en México y los grupos empresariales mexicanos mantienen canales de comunicación que a veces superan a los partidos. La visita de Ayuso ha sido tan importante por los acuerdos comerciales que se vislumbran en la sombra como por las declaraciones públicas. La derecha española, en su faceta empresarial, busca estabilidad para sus inversiones; la derecha mexicana, en su faceta empresarial, busca protección contra las políticas de nacionalización.
Aquel mensaje de Aznar sobre el bien de los mexicanos se ha profundizado ahora en términos sobre la defensa de la libertad económica frente al estatismo, la seguridad pública y la lucha contra lo que denominan comunismo. Este es el lenguaje que resuena con los sectores del PAN que han virado a la derecha, pero que también aliena a la base centrista del partido. Y es justamente ahí donde radica el fracaso de la visita: no unió a la derecha.
Aznar representaba una era de consenso; Ayuso representa la era de la fractura. Si la visita de Ayuso en 2026 confirma la tendencia actual, estaremos ante la consolidación de una alianza transatlántica que ya no se basa en la democracia cristiana, sino en la defensa de la «libertad» entendida como resistencia al progresismo y al propio papel del Estado. Para el PAN, esto implica un dilema estratégico: ¿se alinea con la derecha más radical de España para captar el voto joven y urbano, o mantiene su tradición centrista para no perder a su base tradicional? La respuesta definirá no solo el futuro del partido, sino la naturaleza de la oposición en México.
Politólogo y profesor en la FCP de la UNAM*
