El Mestizaje, Base Esencial del Estado Mexicano

 

SILVESTRE VILLEGAS REVUELTAS

La semana pasada, los medios de información mexicanos, españoles, europeos en general y el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum dieron cuenta de las actividades que en México desarrolló la alcaldesa de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, arropada por empresarios, difusores de la Historia, gobernadores y demás personalidades perfectamente identificadas como opositores declarados de la 4T y en particular de la actual administración federal mexicana.

A pregunta expresa de los reporteros acerca de a lo que venía y estaba haciendo la funcionaria española, la presidenta Sheinbaum señaló que en México, aquellas personalidades que se han ligado, desarrollado y respaldado acríticamente con figuras, temáticas y agendas retardatarias o contrarias al bienestar de la mayoría de los mexicanos, siempre han terminado por ser arrojados al basurero de la Historia. 

Como estudioso de los procesos históricos en México y en el extranjero puedo dar fe que, al final de cuentas, un régimen político antipopular siempre termina siendo arrojado de manera violenta del poder. No hay espacio para rememorar los más importantes a nivel internacional como las revoluciones inglesa, francesa y soviética, pero baste enumerar los casos más cercanos a la psique mexicana: el gobierno virreinal español en 1821, el gobierno de Santa Anna en 1853 y la dictadura de Porfirio Díaz en 1911. Los tres ejemplos anteriores son auténticos y, sobre todo, son diferentes a las derrotas electorales -que no procesos revolucionarios- acaecidos a partir del año 2000 cuando Fox derrotó al priismo y en 2018 López Obrador derrotó a un gobierno con bandera del PRI, pero cuya agenda de gobierno era más parecida a la panista de Calderón que a la priista de Echeverría. Vale la pena concluir sobre estas derrotas electorales que, en democracia, cualquier gobierno en funciones se desgasta día a día, y las elecciones intermedias, en muchas ocasiones, son un varapalo para el régimen en cuestión. Es una verdad de Perogrullo y no debería sorprenderse nadie, menos los analistas y la comentocracia mexicana.

Respecto al mestizaje, éste se ha dado de una manera natural entre los novohispanos, luego mexicanos, y durante doscientos años ha sido un elemento constitutivo de los gobiernos progresistas de este país, llámense liberales, y del nacionalismo revolucionario. Los conquistadores españoles se cogieron a la mala y luego a la buena a muchas indígenas del México precolombino: de aquí nació el mestizaje racial que caracterizó a la sociedad que, con el paso de los siglos terminó llamándose mexicana. En los procesos de coloniaje europeos, la violación de las aborígenes ha sido una constante, pero no así un paulatino mestizaje racial/social que termina siendo característico de un determinado país. En los siglos XVII y XIX estadounidenses hubo violencia sexual, hubo muchos hijos naturales; más aún, la sociedad estadounidense antes de 1970 prohibía los matrimonios mixtos entre blancos, negros e indios.

En el vecino país de Guatemala se constituyó una sociedad compuesta por una mayoría de población de origen maya y una minoría “criolla” que en muy pocas ocasiones se mezcló con los indígenas; igual sucedió en Chile, Ecuador o la Argentina, los tres países con desarrollos poblaciones diferentes.

El mestizaje mexicano durante el siglo XX fue una de las metas principales del programa social de la Revolución Mexicana. Se le alentó desde la raza cósmica vasconceliana, se le estudió a partir del perfil social mexicano señalado por Samuel Ramos, se le reivindicó históricamente con el matrimonio Juárez-Margarita Maza: un mexicano de origen indígena luego mestizado culturalmente y una “criolla”. Las fotos familiares a lo largo del siglo XX muestran muchas veces un señor prieto con poder y una madre de familia güera e hijitos variopintos. Hoy tenemos muchas güeras de farmacia y varones, en su mayoría de pelo negro, castañón; asimismo una minoría social que, a semejanza del porfiriato, ostenta apellidos extranjeros, son blancos y están en las primeras páginas de aquellas revistas que narran los eventos sociales en este país.

Para finalizar la Historia. A diferencia de Perú, donde la catedral de Lima tiene en su entrada un enorme mausoleo mortuorio de Francisco Pizarro, aquí Hernán Cortés, en ese aspecto, ha corrido con mucho menos suerte, no así en los estudios históricos cortesianos que, paulatinamente, han desentrañado diversas facetas del conquistador. Cortés y Cuauhtémoc están muertos, los mexicanos no somos castellanos de 1500, ni mexicas del mismo siglo. Pero, hablamos castellano, comemos tortilla, chile, y al día de hoy estamos inmersos en un proceso de barbarización utilizando muletillas idiomáticas en inglés cuando existen palabras precisas en español. Y qué decir de las alitas de pollo amén de las hamburguesas, de la indigesta dieta estadounidense. Me parece un error exaltar el proceso colonizador español como sumum de la civilización, pero tampoco idolatrar el “paraíso” prehispánico que definitivamente no lo eran: azcapotzalcas, tlaxcaltecas o totonacas odiaban a los llamados aztecas, propiamente llamados mexicas. Por eso es México que no Méjico. O si se le quiere ver desde España, la “X” de México es un arcaísmo como Xavier, Ximena y un etcétera también.   

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