La Extradición: Maru, Sheinbaum  y el Factor de los Narcomorenistas

 

 

POR RAFAEL NAVARRO BARRÓN

 

La gobernadora de Chihuahua se detuvo en ese pasillo ya simbólico que remata en una escalera de caracol. Esta vez no llevaba el termo de líquido indescifrable; solo sostenía algunos documentos y su teléfono. Su rostro lucía sereno, en contraste con la imagen proyectada esa mañana del jueves 30 de abril por la presidenta de la República. Claudia Sheinbaum apareció en la «mañanera» con un semblante agobiado, tratando de sonreír por el Día del Niño, pero visiblemente tensa al lanzar una nueva advertencia: “el caso de Chihuahua y la CIA continúa en la Fiscalía General de la República”.

Era una amenaza más en una racha de ocho días ininterrumpidos. El oficialismo parece haber adoptado el «cinismo del bienestar», especialmente cuando se trata de blindar a los propios y atacar a la oposición.

Sin embargo, en Chihuahua, vistiendo un blazer azul cielo, María Eugenia Campos sonreía. Habló con la prensa con una calma inusual, lejos de la actitud esquiva de días previos, cuando respondía a medias mientras caminaba a toda prisa hacia su oficina. Es tal la dinámica con los medios que ese rincón de la escalera de caracol en el Palacio de Gobierno se ha convertido en una sala de prensa improvisada. Nadie se queja, pese a que el exgobernador Javier Corral insista en que la prensa local está «comprada» con millonarios contratos de publicidad oficial.

El equipo de comunicación social de la gobernadora sobrevive a duras penas, navegando una crisis política donde los estados de ánimo de ambas mandatarias —Campos y Sheinbaum— son el termómetro del día. Ambas traslucen sus debilidades políticas a través de su lenguaje corporal.

Maru Campos conoce bien a sus detractores. Desde que era alcaldesa señalaba el trato condescendiente de Corral, a quien llamaba «el divo del palacio». Hoy, la persecución se ha intensificado con el caso del «CIA-gate»: la entrada de agentes encubiertos a la Sierra Tarahumara bajo el presunto amparo de la Agencia Estatal de Investigación. El ahora senador morenista sigue siendo un «dolor de muelas» para la administración estatal.

No obstante, la coyuntura le dio a Campos un respiro. Ante la noticia de que el Departamento de Justicia de EE. UU. solicita la extradición de 10 ciudadanos mexicanos —incluyendo al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya—, la mandataria chihuahuense reaccionó con tiempo y estrategia.

El Gobierno Federal intenta vincular el incidente de los agentes de la CIA y el narcolaboratorio en el municipio de Morelos con una trama de soberanía, pero la gobernadora reviró cuestionando la integridad de sus jueces en el Senado. Al revelarse que el senador Enrique Inzunza Cázarez figura en la «lista roja» de extradición de EE. UU., Campos fue tajante:

«¿Cómo iba yo a comparecer ante el Senado si quienes me citan están en esta lista roja? Vámonos dando cuenta quién es quién».

Analistas sugieren que el uso de la mañanera para desacreditar a Chihuahua es una cortina de humo ante la solicitud estadounidense que busca desmantelar un núcleo de narcopolíticos ligados a Morena.

En Chihuahua se respira un aire de triunfo contenido, con la esperanza de que el caso Rocha Moya frene la embestida de la FGR contra el estado. Sin embargo, ignoran que en la silla presidencial habita una figura que muchos describen como más intransigente que su antecesor; una mujer que no olvida lo que ella define como «afrentas conservadoras».

Es evidente que el conflicto escalará. Pronto los rostros de Maru y Sheinbaum volverán a cambiar según el pulso de la negociación política. En este tablero, lo que está en juego es lo que más angustia al país: el mando, la hegemonía y la sombra del crimen organizado sobre el poder.

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