Mariana Mazzucato. Misión Economía. Editorial Taurus, Barcelona. 2021. 259 páginas
DAVID MARKLIMO
¿Qué puede aprender el pensamiento económico de algo como las misiones Apolo, esas que llevaron a la Humanidad a la Luna? Esa es la pregunta que se hace la economista italiana Mariana Mazzucato en el libro Misión Economía.
Sin embargo, no vamos a leer sobre economía. Al contrario, se nos presenta un manifiesto claramente político. Su tesis central es desafiante: la economía debe dejar de ser un fin en sí misma para convertirse en un instrumento al servicio de objetivos decididos democráticamente. Frente al enfoque tradicional de corregir fallos puntuales del mercado, Mazzucato propone algo más ambicioso: reorientar todo el sistema económico —capital, empresas, investigación, aparato público— hacia horizontes con sentido social, ambiental y político.
La genialidad de la propuesta radica en el concepto de «misión». No es un objetivo aislado, sino una visión integrada que articula metas, hitos y actores diversos. Frente a la dispersión de políticas sectoriales sin conexión entre sí, las misiones crean coherencia. El ejemplo, como deciamos al principio, es la misión lunar, donde se movilizó la financiación pública: se asumieron riesgos, se fomentaron empresas privadas que innovaron, hubo experimentación tolerante con el fracaso y plazos claros. ¿Por qué este modelo no puede aplicarse a la transición energética o la transformación digital?
Pero Mazzucato añade un elemento democrático fundamental: los ciudadanos no pueden ser meros espectadores de estas misiones, sino participantes activos en su diseño y evaluación. Solo así se evita que se conviertan en planes gubernamentales opacos o canales disfrazados de favores a poderes privados.
La propuesta redibuja el contrato social entre lo público y lo privado. Las empresas no desaparecen ni maximizar ganancias pierde legitimidad, pero ambos se inscriben dentro de marcos misionales compartidos. El Estado abandona su papel pasivo de regulador correctivo para asumir la responsabilidad de arquitecto del futuro. Las empresas evolucionan de entidades orientadas únicamente a accionistas hacia actores responsables de objetivos colectivos.
Aunque la propuesta evoca una socialdemocracia renovada, la clasificación ideológica es secundaria; lo central es el modelo práctico: un sistema simbiótico donde beneficio privado y misión pública se refuerzan mutuamente.
Sin embargo, la propuesta conlleva riesgos reales que Mazzucato reconoce solo parcialmente. Coordinar grandes misiones estatales expone a la captura por intereses corporativos, a la apatía burocrática y a proyectos mal diseñados. Especialmente en contextos de gobernanza débil, fortalecer las capacidades administrativas e institucionales es una tarea monumental. Además, queda en el aire una tensión crucial: ¿cómo mantener incentivos para la innovación y la competitividad privada cuando el Estado fija las misiones? El equilibrio entre dirección política y dinámica de mercado es frágil.
Para quienes trabajan en administración y derecho público, la propuesta trasciende los contratos y las sociedades públicas convencionales: implica transformar la colaboración público-privada en la forma estructural normal del Estado. En países con economía mixta consolidada, como España, esto no es una novedad conceptual sino un cambio de escala y ambición: la colaboración dejaría de ser excepcional para volverse la regla. En naciones donde lo público y privado históricamente se han mantenido separados, la idea resulta verdaderamente revolucionaria.
“Misión Economía” obliga a replantearse una pregunta fundamental: ¿qué queremos que haga la economía y en beneficio de quién? En un planeta con recursos finitos y desigualdades que se amplían, delegar todo al mercado resulta indefendible. El Estado debe recuperar su capacidad para definir objetivos colectivos y construir caminos concretos hacia ellos. Pero este poder debe ejercerse con rigor democrático: misiones transparentes, participación genuina de ciudadanos, mecanismos de control que prevengan el capotismo.
El mensaje final de Mazzucato es simple, pero olvidado: la política debe recuperar el control sobre la economía. El verdadero desafío no reside en enunciar misiones ambiciosas sino en construir instituciones capaces de gestionarlas: alineando incentivos, gobernando la incertidumbre y respondiendo ante la ciudadanía. Si se logra, la economía volvería a su función original: ser una herramienta al servicio de los fines que una sociedad democrática decide para sí misma.
