El Eco de los Ancestros

 

Fulgencio Argüelles. El desván de las musas dormidas, Acantilado, Barcelona , 2025. 344 páginas.

 

DAVID MARKLIMO

Asturias no es sólo el verdor, el puente Cangas de Onis, la leyenda de Pelayo. Es un territorio enigmático, como envuelto en una bruma. En El desván de las musas dormidas, Fulgencio Argüelles no se limita a narrar una infancia en la Asturias minera de los años sesenta; construye un espejo donde el presente solo puede reflejarse si se entiende la distorsión del pasado. Esta autoficción, despojada de nombres propios para universalizar la experiencia, nos sitúa en un microcosmos donde las identidades se definen por su función social y su lugar en la colectividad, pero donde la verdadera trama se teje en el silencio entre líneas.

Lo que Argüelles logra con maestría es demostrar que no podemos entender quiénes somos sin decodificar quiénes fueron quienes nos precedieron. El protagonista, un niño que observa el lento apagarse de su padre, no está simplemente viendo la decadencia de un hombre; está presenciando el fracaso de un proyecto de vida que él mismo debe evitar repetir. El padre, con sus treinta y dos matrículas de honor escondidas y su epilepsia como metáfora de una mente que choca contra la realidad gris del carbón, representa la generación que intentó brillar en un mundo demasiado oscuro para su luz.

La genialidad de la obra reside en cómo el hijo, al abandonar el pueblo para estudiar en un internado, no escapa de su herencia, sino que la lleva consigo como un lastre y una brújula. La frase “casi nada era lo que parecía” resuena como un aviso: la historia personal no es lineal, es una acumulación de secretos, miedos y silencios que los padres no supieron o no pudieron transmitir. El niño comprende tarde que su padre no era simplemente un minero derrotado, sino un hombre cuyas musas se quedaron dormidas en un desván, víctimas de un entorno que no supo valorar su brillo.

Argüelles construye un microcosmos asturiano de los años sesenta donde la identidad individual se disuelve en favor de la colectividad, eliminando los nombres propios para que los personajes sean definidos exclusivamente por sus profesiones y roles sociales. Esta decisión narrativa no es un mero recurso estilístico, sino una herramienta analítica que revela cómo, en entornos cerrados y tradicionales, la pertenencia al grupo y el respeto mutuo trascienden las diferencias ideológicas insalvables, creando una red de convivencia donde cada individuo es un engranaje necesario para la supervivencia del todo.

El protagonista no puede definir su propio camino sin primero comprender y desmontar la historia de su padre; su huida al internado y su posterior madurez son un intento desesperado por reordenar la narrativa familiar y evitar repetir el ciclo de fracaso y olvido. La obra demuestra que la identidad no surge de la nada, sino que se forja en la tensión dialéctica entre el miedo a convertirse en el padre y la necesidad de integrar esa herencia para no caer en la soledad y el vértigo del tiempo, entendiendo que el futuro solo es legible si se ha descifrado el pasado. Es la comprensión de esa historia previa —de ese desván donde se guardan los sueños no realizados— lo que le permite al hijo reordenar su propia narrativa y luchar contra el vértigo del tiempo. El desván de las musas dormidas es, en definitiva, un recordatorio de que somos la suma de las historias que nuestros antepasados no lograron contar, y que solo al escuchar sus ecos podemos empezar a escribir la nuestra propia.

A través de la máxima de que cada cosa son dos cosas, Argüelles nos invita a una literatura de la tierra que va más allá del costumbrismo para explorar la dualidad inherente a la experiencia humana: la nostalgia convive con el dolor, y la belleza del recuerdo se entrelaza con la crudeza de la realidad. 

Esta aproximación nos obliga a reconocer que las historias familiares están llenas de secretos y significados cambiantes, donde el pasado no es un bloque monolítico, sino una construcción fluida que requiere una mirada crítica y empática para ser comprendida en toda su profundidad.

Es una obra de altísima calidad, no solo por su belleza deslumbrante, sino por su profunda reflexión sobre la transmisión intergeneracional del trauma y la esperanza. Más que una simple crónica de una infancia perdida, es una invitación a asomarse a un mundo donde la añoranza y la memoria se convierten en los verdaderos protagonistas, ofreciendo una reflexión profunda sobre cómo los sueños no realizados de quienes nos preceden siguen latentes, esperando ser escuchados para que podamos, finalmente, entender quiénes somos.

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