Sobrevive Medellín con el Narcoturismo

 

 

POR RAFAEL NAVARRO BARRÓN

 

*El Patrón del Mal, el Atractivo Principal

 

Medellín, Colombia. — A más de tres décadas de la muerte de Pablo Escobar, la ciudad que fue epicentro del narcotráfico en América Latina enfrenta una paradoja persistente: mientras intenta consolidarse como símbolo de transformación urbana, sigue atrayendo a miles de visitantes interesados en recorrer los rastros del llamado “Patrón del mal”.

Playeras, credenciales con la foto del capo, fotografías que retratan al icónico líder criminal en la cárcel; la Hacienda Nápoles, refugio y casa del lugarteniente; la residencia de campo y discoteca quemada por el grupo antagónico de Escobar, conocido como los ‘Pepes’; la casa del líder de los sicarios, conocido como El Popeye; la Comuna 13, el infierno criminal en los tiempos del Patrón del Mal, ahora una reconocida zona turística…todo lo anterior conforman los suvenir y los recorridos que el turismo compra y desea visitar en su viaje a Colombia.

Resulta también de interés el atentado en la Plaza Botero, el 10 de junio de 1995. Ese día explotó una bomba durante un concierto al aire libre, dejando alrededor de 30 personas muertas y más de 200 heridas, convirtiéndose en uno de los ataques más impactantes en el centro de Medellín tras la caída de los grandes carteles.

El atentado fue atribuido a la guerrilla del ELN (Ejército de Liberación Nacional) y los vestigios de ese evento criminal es parte del recorrido de la violencia, en los tours vacacionales de Medellín  

Conocido como narcoturismo, esa ruta criminal, ahora referencia del morbo de los turistas, ha crecido al punto de convertirse en una oferta estructurada dentro del sector turístico local. Agencias y guías promueven recorridos que incluyen lugares emblemáticos vinculados al antiguo líder del Cartel de Medellín, como la Hacienda Nápoles, el barrio que lleva su nombre y que con orgullo los vecinos presumen que allí vivió Escobar; la casa donde murió el líder narco y su tumba, sitios que hoy funcionan como puntos de interés para turistas extranjeros.

El auge de este tipo de turismo responde a una mezcla compleja de factores. Por un lado, existe una curiosidad internacional alimentada por series, libros y producciones audiovisuales que han mitificado la figura de Escobar. Por otro, se trata de una forma de turismo oscuro, donde los visitantes buscan conocer escenarios relacionados con la violencia y el crimen organizado.

La huella del narco y sus efectos sociales, se refleja en las calles. Medellín tiene una alta cantidad de drogadictos y personas en ‘condición de calle’ que viven en lugares cercanos al centro de la ciudad, al aire libre o debajo de puentes y que ha obligado a cerrar lugares turísticos como la ‘plaza de las luces’, que hace 3 años dejó de dar el vistoso espectáculo. 

El narcoturismo genera profundas tensiones en la sociedad medellinense. Para muchos habitantes, estos recorridos banalizan una historia marcada por el terror: durante las décadas de 1980 y 1990, el Cartel de Medellín sembró el país con atentados, asesinatos y una guerra abierta contra el Estado. 

Aun así, en algunos sectores persiste cierta idealización del capo, especialmente en comunidades donde su figura estuvo ligada a obras sociales, como la construcción de viviendas.

Las autoridades locales y distintos actores políticos han cuestionado estas prácticas. En espacios como la Comuna 13, reconocida por su transformación cultural, son evidentes los discursos turísticos que siguen exaltando a Escobar, lo que ha generado llamados a regular o erradicar el narcoturismo en la ciudad.

A la par, también han surgido formas más problemáticas del fenómeno. Investigaciones recientes advierten que ciertos visitantes no solo buscan conocer la historia del narcotráfico, sino experimentar aspectos asociados a este, como el consumo de drogas o la vida nocturna vinculada a economías ilegales, lo que ha encendido alarmas por seguridad y explotación.

Fumar mariguana o tomar licor en la vía pública, es algo común en Medellín a cualquier hora del día. Los llamados ‘días santos’ de la iglesia católica (jueves y viernes) fueron normales para los turistas y residentes de la ciudad colombiana.

Frente a este panorama, Medellín continúa debatiéndose entre la memoria y el mercado. Mientras algunos sectores consideran que estos recorridos pueden servir como herramientas pedagógicas para no olvidar el pasado, otros sostienen que perpetúan una narrativa peligrosa que glorifica la violencia.

Las comunas que se levantan entre los cerros de Medellín, siguen siendo zonas miserables, de difícil acceso. Allí no entra la policía, quienes controlan a los vendedores de droga y los problemas entre los vecinos, son los grupos criminales que sostienen una ‘paz narca’. El que no obedece o genera conflictos que alteran la paz pública, son amonestados, tableados y en algunas ocasiones asesinados.

Así, el narcoturismo no solo revela el impacto duradero del legado de Pablo Escobar, sino también el desafío de construir una identidad urbana que no quede atrapada en la sombra de su historia más oscura.

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