Parinoush Saniee. El libro de mi destino. Alianza editorial, Madrid, 2026. 448 páginas
Hay dos cosas importantes a tener en mente al reseñar este libro. Lo primero es que, gracias a ella, nos podemos dar una idea de lo que sucede en Irán. Una vieja civilización, un país antiguo, gobernado por una serie de radicales que intentan mantenerse en el poder a toda costa, bajo una serie de principios con los que es imposible discutir. La teocracia tiene eso: no se puede interpelar, porque así es cómo lo manda dios.
En segundo lugar, habrá que decir que es en este contexto, donde la línea entre el arte y el activismo se desdibuja con frecuencia, es inevitable que surjan debates sobre qué debe primar en una obra: su valor testimonial o su excelencia estética. Esta reflexión cobra una vigencia especial al adentrarme en El libro de mi destino, de Parinoush Saniee. Una novela que, con sus luces y sombras, ostenta el privilegio de ser la novela más popular en la historia de Irán, pero también la que ha gozado de mayor repercusión internacional. Resumirla es bastante fácil: es una novela que da voz a las mujeres iraníes oprimidas por el fanatismo religioso.
Desde la perspectiva del contexto sociopolítico y humano, la obra es, sin duda, imprescindible. Saniee logra poner sobre la mesa, con una crudeza necesaria, la situación de la mujer en Irán durante la segunda mitad del siglo XX. A través de la vida de Masumeh, traza una historia de independencia y dignidad que choca frontalmente contra un muro de intolerancia, miedo y culpa. La autora no escatima en describir las múltiples violencias —físicas, psicológicas, estructurales— que sufren las mujeres bajo el yugo de los ayatolás, a quienes, con razón, se les puede tildar de “putos nazis” por su maquinaria de opresión. La historia de Masumeh es demoledora; es un espejo que nos obliga a mirar realidades que, por desgracia, siguen estando demasiado vigentes.
El libro de mi destino posee virtudes evidentes, pero también arrastra ciertas inconsistencias, esto que decíamos sobre el testimonio y la estética. Quizá sea algo de menor importancia, pero que perjudica la idea detrás de la novela: retratar el sufrimiento de las mujeres en Irán.
Por un lado, la novela brilla en su vertiente de Bildungsroman o novela de formación. Los dos primeros tercios de la obra son magistrales. La autora se sumerge en la adolescencia y juventud de Masumeh con una penetración psicológica notable. Vemos cómo los condicionantes sexuales, sociales, religiosos y políticos no solo afectan su vida, sino que moldean su alma. El personaje de Masumeh es, sin duda, el gran acierto de Saniee: complejo, vivo y profundamente humano. Además, el aspecto sociológico y antropológico de la obra es un tesoro. Funciona como una ventana de primera mano a una realidad que a menudo ignoramos, revisando conflictos eternos como la tensión entre lo viejo y lo nuevo, o lo individual frente a lo colectivo. El ritmo, en esta primera parte, es lento pero seguro, permitiendo al lector respirar y comprender la atmósfera opresiva que rodea a la protagonista.
Ahora bien, mientras Masumeh es un personaje redondo, muchos de los secundarios caen en la trampa del estereotipo. En lugar de seres de carne y hueso, parecen categorizaciones generales: demasiado blancos, demasiado negros, sin ese gris necesario que da profundidad a la realidad humana. Esta falta de matices en el entorno de la protagonista debilita la construcción del mundo que Saniee ha creado con tanto esmero en las primeras páginas. También da la sensación de que la autora pierde el control sobre el hilo conductor. Esta prisa tiene consecuencias graves: Saniee desaprovecha temas fascinantes que había sembrado con inteligencia. El exilio y el choque cultural que esto implica para los iraníes, por ejemplo, son abordados de forma superficial cuando podrían haber sido el clímax emocional y filosófico de la obra. Pero, quizá no sea así por no caer en el lugar común, ya se sabe: hemos huido de algo que estaba mal y ahora no sabemos exactamente dónde estamos.
El libro de mi destino es lectura obligatoria por su valor testimonial, por su capacidad de denuncia y por la importancia de visibilizar la lucha de las mujeres iraníes. Nos recuerda que la necesidad de contar una historia no exime al autor de la responsabilidad de contarla bien. Y es que, al final, el arte no solo sirve para denunciar; sirve para perdurar. Y para ello, la forma es tan crucial como el fondo.
