La Crisis

 

José Ramón López-Portillo Romano. Tres crisis. Nacionalismo, Neoliberalismo y Era Tecnoeconómica. Ed. Debate. Cd México, 2025. 512 páginas

 

Durante su sexenio, el presidente López Portillo nombró a su hijo, José Ramón López Portillo, como Subsecretario de Programación y Presupuesto. Algo que nunca se había visto. Ante las críticas y cuestionamientos de la prensa sobre este nombramiento, el entonces presidente respondió con ironía y desdén, calificando la designación como el orgullo de mi nepotismo. La frase subrayó la desvergüenza de un presidente que se sentía intocable, pues como sabemos, el nepotismo es la práctica de favorecer a familiares o amigos cercanos con cargos públicos. 

Visto lo visto el experimento salió mal. López Portillo es uno de los perores presidentes en la Historia contemporánea del país y José Ramón quedó marcado por esa fatídica frase. No importa que sea doctor en Oxford, jamás podrá ser reconocido como un intelectual de peso. ¿Entonces, por qué hablar de su libro? Quizá porque su experiencia nos deja más lecciones de las que están en el papel.

¿Hay alguien más autorizado a hablar de crisis que un subsecretario del peor gobierno que se recuerde?  Hace décadas que aprendimos a hablar de crisis como si fueran fenómenos aislados. Como si el mundo funcionara en compartimentos estancos donde cada problema tiene su propia caja y su propio calendario. En el libro, Tres crisis: Nacionalismo, Neoliberalismo y Era Tecnoeconómica, José Ramón nos invita a pensar la crisis desde una perspectiva integral. Su tesis es terriblemente sencilla: no estamos ante tres problemas distintos, sino ante una sola fractura estructural que se manifiesta en tres frentes simultáneos. Y mientras los políticos siguen ofreciendo soluciones de una sola variable, la realidad avanza en tres dimensiones.

Comencemos por el resurgimiento del nacionalismo. Es tentador verlo como un retorno a la tradición, pero el autor nos obliga a mirar más de cerca: ¿qué soberanía se recupera cuando un país se aísla en un mundo donde las cadenas de suministro, los datos y el capital fluyen sin pedir permiso? La paradoja que pocos comentan es esta: el nacionalismo de cierre fronterizo, lejos de fortalecer al Estado, lo debilita. Un gobierno que no puede negociar acuerdos comerciales, que no participa en estándares tecnológicos globales, que no atrae inversión porque parece impredecible, no está ejerciendo soberanía. Está simulándola. El detalle que pasa desapercibido: el verdadero poder soberano en el siglo XXI no reside en la capacidad de decir «no» al exterior, sino en la capacidad de elegir cuándo y cómo integrarse. La ironía de estos postulados radica en que, precisamente, el autor fue subsecretario de uno de los regímenes que más recurrieron al nacionalismo.

La crisis provocada por el nacionalismo está, según López Portillo, relacionada con los postulados económicos del neoliberalismo. Aquí está el detalle que nadie quiere admitir: el neoliberalismo no colapsó porque fuera inviable. Colapsó porque generó ganadores tan concentrados que pueden financiar su propia defensa. Los mismos que se beneficiaron de la desregulación ahora financian Asociaciones Civiles que dicen que eso si funcionó (el autor, por ejemplo, fundó el Centro de Estudios Mexicanos en Oxford). Es un círculo vicioso disfrazado de consenso técnico. En ese sentido, el neoliberalismo ya no necesita ser defendido por sus resultados.

Sobrevive por inercia institucional y su captura ideológica. La desigualdad extrema, la inestabilidad financiera recurrente, la incapacidad del sector privado para proveer bienes públicos esenciales: todos estos son síntomas documentados de un modelo agotado. Sin embargo, seguimos escuchando que «no hay alternativa». O cuando se presenta una alternativa nacional, se descarta como riesgo, como anomalía en un mundo hiperconectado. He aquí la paradoja.

¿Cómo es posible que los postulados neoliberales, en los que ya nadie cree, sobrevivan? Básicamente por la tecnología. Las corporaciones tecnológicas no son empresas tradicionales. Son infraestructuras privadas que operan como servicios públicos sin rendir cuentas públicas. Poseen datos que les permiten predecir comportamientos mejor que los propios gobiernos. Y su valor se genera en redes que cruzan fronteras en milisegundos, escapando a cualquier marco regulatorio nacional.

Quizá tengamos que ampliar el panorama. Se trata de diseñar instituciones híbridas que puedan regular sin burocratizar, innovar sin desregular, y proteger sin aislar. Un Estado que sea simultáneamente fuerte, ágil y democrático. La pregunta que queda no es si estas tres crisis existen. La pregunta es si tenemos la voluntad política y la imaginación institucional para enfrentarlas como lo que realmente son: un solo problema que exige una sola respuesta integrada.

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