SILVESTRE VILLEGAS REVUELTAS
El próximo 21 de marzo está señalado en el calendario cívico mexicano como el nacimiento de Benito Juárez, una fecha importante para ser recordada por la ciudadanía de este país. Los más disfrutaron del pasado fin de semana largo que de años atrás ha desvirtuado el propósito de las efemérides históricas, en aras de los muy poderosos intereses económicos que se benefician de lo que los mexicanos gastan durante tales días de asueto. Los menos, porque además es sábado, serán convocados a las ceremonias cívicas escolares; antes y en la política mexicana, tales conmemoraciones servían a la Presidencia de la República para que, a través de uno o dos discursos señeros, algún secretario de estado o el mismo Jefe del Ejecutivo discurriera acerca de algún morrocotudo problema que enfrentaba el país. El o los discursos eran analizados minuciosamente por la comentocracia que buscaba en párrafos, adjetivos y entonaciones, la esencia de lo que el gobierno de México buscaba que fuera escuchado por la población.
Hoy, y en la actualidad, donde la verborrea de los medios y la discursitis de los funcionarios mexicanos de todos los niveles incluida la presidencia, han provocado no solo un hartazgo entre la población acerca de lo que dicen y muy poco informan sobre lo que sucede en México, sino que tales individuos ya no le dedican el tiempo necesario para que ellos y sus equipos de comunicación elaboren profundos discursos sobre los graves problemas que enfrenta la nación. ¡¡Y vaya que son muchos!! Desde la mentada reforma electoral hasta el crítico panorama internacional y nuestra vecindad con el gobierno americano encabezado por Donald Trump.
Benito Juárez y su equipo de funcionarios liberales elaboraron varios discursos esenciales para la vida política, para las campañas militares, las estrategias diplomáticas y las modificaciones constitucionales que el país enfrentó entre 1858 y 1867. Tales piezas, no de oratoria, sino de concepción de alta política sirvieron para que el pueblo mexicano se enterara de cuáles eran los propósitos del gobierno juarista y de por qué se estaba luchando. Los discursos en Guanajuato y la Ciudad de México que marcan el principio y fin de la Guerra de Reforma (1858-1860) subrayaron el carácter golpista de los conservadores mexicanos, la violencia que alcanzó el conflicto civil entre mexicanos (1859) y la vuelta constitucional encabezada por un gobierno civil que pretendía consolidar un proyecto de estado nacional (1860).
En medio de la Guerra de Reforma, el gobierno liberal asentado en el puerto de Veracruz, proclamó las Leyes de Reforma (1859) que definieron la modernización que debía alcanzar el país y completaron la independencia intelectual que necesitaba México. Al liberarse de las preocupaciones religiosas se complementaba y afianzaba la independencia política conseguida por el cuartelazo reaccionario, que buscaba mantener los fueros religiosos/militares del escenario novohispano, encabezado por el infidente Agustín de Iturbide (porque traicionó al virrey Venegas que le había dado armas y dinero para combatir a Guerrero). Aquél, liberado de la máscara regalista frente a la familia Borbón, se autonombró emperador –muy al estilo bonapartista- luego cesarista que caracterizaría a la pléyade de dictadorzuelos latinoamericanos.
Entre 1861 y 1867 conocido históricamente como el tiempo del primer gobierno constitucional de Juárez, inicio de la Intervención Francesa e imposición del segundo Imperio Mexicano, la administración juarista declaró discursivamente sobre diversas materias, pero fueron dos asuntos los que definieron el accionar del régimen liberal/republicano: primero, el mandamiento presidencial referido a la suspensión por dos años del pago de las deudas locales e internacionales que los gobiernos mexicanos habían reconocido frente a sus muy diversos acreedores, especialmente los de Inglaterra, España y Francia. Segundo, los discursos de agosto y diciembre de 1867 donde el presidente Juárez explicaba en primera instancia la necesidad de elaborar una serie de cambios a la Constitución de 1857 para hacerla más efectiva en el ámbito de las facultades de gobierno entre los tres Poderes de la Unión; en segunda instancia, Juárez también explicó la racionalidad de todo el combate al proyecto imperial emprendido por Francia y las miras de su emperador Napoleón III. Muy importante, los pocos compromisos adquiridos por el gobierno republicano con los Estados Unidos y la defensa a ultranza de la integridad del territorio nacional mexicano.
El triunfo liberal de la Reforma y el triunfo frente a la agresión extranjera que por tres años empoderó al imperio de Maximiliano, fueron las bases de una política exterior mexicana que, con sus altibajos y cambios de miras, entre el porfiriato y el día de hoy, nos hace distinto a países como Paraguay, Chile, Panamá y El Salvador que fueron invitados a la trumpiana reunión conservadora de Florida “en defensa de las Américas (sic)”.
Benito Juárez no era un santo, sino un político mexicano: ¡ya saben cómo son! La diferencia estriba en que partía del convencimiento de que el país necesitaba diversas reformas para que pudiera avanzar en la senda del progreso; su accionar fue fundamentalmente honrado, ello puede constatarse con su testamento y vida moderada que tuvieron sus descendientes. En cambio, y como lo he escrito en diversos libros y artículos, Juárez podía soportar que lo pelusearan por su broncíneo origen, pero intentar quitarle la presidencia provocó en el “Benemérito” las furias más prolongadas: la eliminación física (sin comprobación) y política de varios contendientes. Eternizarse en el poder, como jefe de la nación, era el motor de su accionar. Disfrutar de las mieles del poder, anima hoy a todos esos politicastros que se aferran a sus escaños plurinominales, a estar en la nómina de los partidos comparsa, y a los que se añadirán en el futuro próximo, amén de un lamentable etcétera de razones.
