La Geografía del Adiós

 

 

Manuel Vilas. Islandia. Editorial Destino, Barcelona, 2026. 400 páginas. 

 

POR DAVID MARKLIMO

 

Toda persona que tiene una larga relación enfrenta, en algún momento, el pánico a que esta termine. ¿Pero qué sucede cuándo esta termina? Apenas cuarenta y ocho horas antes después de que Manuel y su mujer Ada comprasen los pasajes para un crucero por Islandia, él recibe una frase telefónica, mientras está en un hotel de Sevilla: ya no estoy enamorada de ti, le dicen. Ya no hay nada que hacer, más que encarar el fin de un matrimonio de once años. A partir de ahí, el viaje a Islandia funciona como un espejo del estado mental del autor: frío, un paisaje helado, inhóspito y terminal. Así, lo que debía ser un viaje de placer se transformó en la escenografía de una despedida.

 

Se dice que Manuel Vilas hubiese preferido no escribir jamás Islandia, pero la literatura muchas veces funciona como escaparate y nos permite entender el mundo en el que habitamos. Islandia no es una novela de lo real ni un ensayo autobiográfico. Es, más bien, como un acta donde se da el parte de un derrumbe emocional y una reflexión metafísica sobre la supervivencia propia tras el fin del amor. Es una crónica tan cotidiana como devastadora. Un libro con un dolor que se palpa, similar en ese sentido a Despojos de Rachel Cusk.

 

La narrativa de Vilas es como un bisturí. Mantiene un torrente de frases cortas y afiladas que golpean la vanidad del lector, su visión del mundo y quizá su concepción del amor. Islandia se despliega en dos planos temporales: el antes y el después de esa llamada determinante. Por eso, es importante el estilo, obsesionado con el rescate de la memoria compartida. Vilas convierte una gasolinera o un hotel de carretera en espacios de recuerdo, territorios donde la trascendencia se hace presente. Para él, el consumo y el lujo no son frivolidades, sino formas desesperadas de oración frente al vacío.

 

Hay en la narrativa algo importante: toda separación requiere la invención de un nuevo lenguaje, pues el que poseemos hasta la ruptura no alcanza a explicar nada. Se nos muestra una crisis del vocabulario afectivo. Términos como matrimonio, divorcio o relación le resultan etiquetas vacías que no capturan la esencia de lo que ese compromiso significa. Significativo, frente a este vació de la lingüística es el concepto de adiós, un término más limpio y definitivo, para definir una reconfiguración total de la identidad. Quizá sea cierto: una separación tras una larga relación es lo más parecido a la muerte.

 

Uno de los argumentos centrales de la obra es la defensa de la amistad como el estadio superior del amor. La travesía marina por Islandia simboliza esta transición: el paso de la marea alta del romanticismo a la calma, a veces gélida pero necesaria, de la fraternidad. Para Vilas, este cambio es indispensable para el crecimiento personal, aunque el proceso sea un juego de tenis con una pelota en llamas. Ya antes alguien se había preguntado de dónde viene el deseo, a dónde va. Es importante comprender este punto: se valora la compañía, ciertos automatismos, pero también es cierto que la pasión se va transformando, por no decir que llega un momento que se apaga. ¿Es el resquicio del amor la cortesía?

 

En los reflejos del hielo islandés, el autor encuentra la soledad del hombre contemporáneo frente a un futuro que, paradójicamente, ya quedó atrás y que nunca fue lo que prometía. Es entonces cuando uno intenta ajustar cuentas con su pasado y surja en la obra la sombra del padre. Y se antojan, entonces, una serie de preguntas que quedan bien para ir al terapeuta. ¿Toda herencia se convierte en pesadilla si no se digiere bien? ¿Cuándo se convierte uno en aquello que quiso desprenderse?

 

El viaje a Islandia cierra un ciclo vital: la geografía del adiós. Es un libro frío que nace del interior cuando la tecnología y el deseo no bastan para cubrir el vacío. Una obra descarnada que invita al lector a mirarse en un espejo incómodo: el de nuestra propia fragilidad.

 

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