POR SILVESTRE VILLEGAS REVUELTAS
La semana pasada el presidente Donald Trump conmemoró el Tratado de Guadalupe-Hidalgo que instauró la paz y terminó la guerra entre México y los Estados Unidos. Afirmó que habían sido los mexicanos quienes comenzaron la guerra en la disputada frontera bilateral y fueron los ejércitos americanos quienes gloriosamente tomaron la Ciudad de México el 16 de septiembre de 1847. Agregó que el tratado arriba mencionado proporcionó una cantidad exorbitante de kilómetros los cuales fueron incorporados a la Unión, lo que constituyó una de las páginas más importantes de la historia estadounidense en su camino para constituirse, primero, en la potencia continental decimonónica y luego en la potencia hegemónica que lo ha sido hasta el día de hoy. Finalizó su discurso señalando que en 1847 como en la actualidad, las autoridades en Washington habían defendido y defendían su frontera, la vida e intereses de sus ciudadanos frente a enemigos que pretendían menoscabar la grandeza norteamericana.
A grosso modo, la lectura de la guerra mexicano-americana de Trump es la canónica de cualquier libro de texto de historia de los Estados Unidos. Sin embargo, vale la pena hacer algunas precisiones. El conflicto comenzó porque Texas se incorporó a la Unión, y ésta la aceptó, sabiendo que México consideraba dicha posible anexión como un acto de guerra. Entonces fueron los poderes Ejecutivo y Legislativo en Washington quienes comenzaron la agresión y México respondió al insulto: retirando a su embajador. Segundo, los mapas españoles de la época colonial establecieron desde el siglo XVIII la frontera de la provincia de Tejas con el Nuevo Santander hoy Tamaulipas en el Río Nueces y no en el Río Bravo. Es una distancia de aproximadamente 150 kilómetros y desde la independencia de Texas se convirtió en tierra de conflicto, tierra donde lo que pululaban eran miles de caballos salvajes en medio de enormes pastizales. Las tropas del general Sacarías Taylor avanzaron hacia el sur del Nueces y las del general Mariano Arista hacia el norte del Bravo; los encuentros militares de Palo Alto y Resaca de la Palma enfrentaron a los dos ejércitos perdiendo el mexicano por el mayor alcance y modernidad de la artillería estadounidense. ¿Quién fue el agresor? ¿Qué entidad invadió primero? Los pretextos siempre están en la historia estadounidense: la agresión inglesa de 1812, la agresión mexicana de 1846, la agresión española en Cuba en 1898, la agresión vietnamita en los 1960, la agresión iraní, iraquí, afgana y un muy largo etcétera. Tales conflictos comenzaron en circunstancias sospechosas.
En otro sentido, la interpretación de Trump que resulta de su discurso conmemorativo en cuanto a los enormes beneficios que la guerra con México le proporcionó a los Estados Unidos y el orgullo americano por dichos sucesos históricos, desde la lectura estadounidense, la interpretación trumpiana es la correcta.
Estimado lector, considere que Texas y California son los dos estados más ricos de la Unión, que las ricas tierras en minerales, recursos hidrológicos y geoestratégicos, militares de Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México, Utah, sur de Wyoming y partes de Oklahoma son hoy esenciales y activos fundamentales en la riqueza natural, humana del territorio continental de los Estados Unidos. Ellos no serían lo que son, sin la adquisición por medio de una guerra, que no “cesión” como dicen los libros de texto americanos, de los enormes territorios, otrora mexicanos y que superan con creces las negociaciones europeas de los siglos XVIII y XX, en cuanto a zonas geográficas adquiridas por medio de la guerra. Piénsese solamente lo diminuto de las repúblicas napoleónicas al norte de Italia a inicios del siglo XIX o la pérdida de la Prusia Oriental después de la Primera Guerra Mundial. Aquí en el continente americano las adquisiciones violentas o no, han sido enormes: el Canadá francés, el valle del Mississippi, Alaska, el norte del actual Chile, el desmembramiento territorial del Paraguay, y quién sabe qué sucederá con Groenlandia en las miras trumpianas.
Finalmente, la actualidad mexicana. Fue una descortesía de Trump para con su “amiga” Sheinbaum, pero totalmente entendible bajo el programa ideológico ultranacionalista de MAGA, Trump y adláteres. ¿Qué puede decir el gobierno mexicano? Muy poco porque hay un tratado vigente que data de febrero de 1848. Como en 1879 con Porfirio Díaz, debe trabajar el gobierno actual para implementar todo tipo de seguridades en la frontera bilateral, y tragar el sapo. Recordemos al historiador Edmundo O´Gorman que escribió sobre los “traumas” de la historia mexicana y la derrota de 1847 es uno de los episodios esenciales; recomiendo a los lectores los libros del decimonónico Carlos Pereyra sobre la Doctrina Monroe.
