Las nuevas Antígona

 

Natalia Mendoza. El extravío de los signos. Editorial Periférica, Barcelona, 2025. 240 páginas

 

¿Cuál es la mayor tragedia jamás contada? ¿Qué nos dice esto del sufrimiento? Son preguntas enrevesadas, porque el dolor muchas veces es difícil de comparar. Pero si tuviésemos cualquier escala, sin duda, en ella aparecería Antígona, hija de Edipo. Sófocles, en su obra Los siete contra Tebas, nos cuenta cómo se produce el enfrentamiento mortal de Etéocles y Polinices, ambos hermanos de Antígona, durante el asedio a Tebas. Ambos mueren, pero el primero, fiel a Tebas, ha sido enterrado con los debidos honores fúnebres mientras que el cadáver del segundo yace insepulto por orden de su tío, el rey tebano Creonte, como castigo por su traición a la ciudad. Antígona se resiste a cumplir la ley humana por respeto a la superior ley divina o derecho natural, y decide enterrar a Polinices. Creonte se entera de la desobediencia de Antígona y la condena a ser encerrada viva. Durante su encierro, ella decide darse muerte a sí misma ahorcándose.

 

Por lo que nos dice la mitología, una muerte nunca trae consigo nada bueno. El mito de Antígona es prueba de ello. La antropóloga Natalia Mendoza da pie a ello, al usar esta tragedia como marco de sus ensayos El extravío de los signos. Tres ensayos sobre duelo y porvenir. Como se habrán imaginado, el punto central de esta obra son las madres buscadoras. El tema es sensible, doloroso, trágico: estas nuevas Antígona que buscan en los espacios de la tierra, en los espacios más inesperados, a los desaparecidos. Por supuesto, está el duelo, la posibilidad de la sepultura, la posibilidad de la justicia como factor fundamental que pueda permitirnos hablar del porvenir con un nivel de sosiego personal, familiar, comunitario, colectivo, de país que tiene que estar ligado con los debates que vive hoy una sociedad en profunda transformación.

 

Es un libro poderoso, que aborda el tema desde tres puntos de vista: el ontológico, el político y el estético. Primero que nada, lo básico: un desaparecido no está ni vivo ni muerto; las madres habitan un umbral donde el ser querido está en esos dos extremos. Así, se convierten en lectoras de signos o, más preciso, del paisaje: un cambio en el color de la tierra, una rama quebrada o un olor no son solo datos, son los restos de un lenguaje que intentan reconstruir. Esta lectura de signos, esta búsqueda de rastros, evidentemente, entra en conflicto con aquello que los medios de comunicación definen como la verdad oficial. Leer signos en la tierra, en los cuerpos que van apareciendo, genera su propio conocimiento científico y técnico. La tragedia mexicana, al menos desde el punto de vista del comportamiento político, nos dice que cuando las instituciones fallan, la comunidad debe inventar nuevas formas de certificar la realidad. ¿Por qué? Porque la búsqueda no es sólo memoria, o pasado. La búsqueda no es solo encontrar restos, es recuperar la posibilidad de un futuro. Ese futuro, parecen decirnos, empieza por el vocabulario. Mientras el discurso oficial utiliza términos técnicos y profundamente deshumanizantes, las madres buscan devolverle el nombre al desaparecido. Nada más poético que decir buscamos tesoros para entender aquello que el Estado ha desechado. El porvenir, pues, deberá traernos un nuevo lenguaje. 

 

Bien mirado, es interesante el uso de la palabra porvenir. Mendoza plantea que, sin un cierre, el futuro queda cancelado. Las madres no viven en el presente, sino en un tiempo suspendido donde la esperanza es, a la vez, un motor y una tortura. El libro explora cómo el duelo deja de ser un proceso privado para volverse un acto político en las plazas y los montes. No es tan complicado entender el silencio institucional. Básicamente, porque el silencio no es necesariamente la ausencia de ruido, sino como la imposibilidad de articular el trauma. Las brigadas de búsqueda son el intento de romper ese silencio mediante la acción física.

 

El país no se ha sabido explicar las desapariciones más allá de las nociones de narcotráfico y la delincuencia organizada, categorías insuficientes a la hora de dar cuenta de la amplia gama de asuntos que están en juego: desde la gestión de la migración indocumentada hasta la extracción de recursos forestales o el ascenso económico y militar de una clase social que solía estar en desventaja. La violencia que se vive en México desborda, por tanto, la noción de criminalidad, pero no termina de encajar en la definición de guerra, pues no tiene contrincantes bien delimitados ni objetivos políticos expresos. Esta violencia posee, más bien, una cualidad fantasmagórica: su presencia se manifiesta de formas diversas y terribles, pero nunca se revela por completo. 

 

México necesita, quizá, una figura como la de los grandes autores trágicos griegos. Alguien capaz de superar la atrofia del discurso, pues no ha producido un relato que integre los hechos en una visión de conjunto, una narración política más amplia que permita enmarcar los sucesos dentro de un proceso histórico. Este libro, estos ensayos, son la primera de muchas exploraciones necesarias.

 

El libro fue galardonado con el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2020

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