POR ULISES CORONA*
Ante las muchas opiniones del tema, puedo afirmar desde mi humilde análisis, que no, no hay en víspera un nuevo orden mundial, ni “nuevo orden” plenamente consolidado, sino una transición inacabada: el orden liberal internacional surgido tras la Guerra Fría (hegemonía estadounidense, multilateralismo, libre comercio) muestra signos claros de desgaste, pero aún no es sustituido por un sistema alternativo coherente.
Paso de un mundo unipolar a uno multipolar competitivo: el ascenso de China, la resiliencia estratégica de Rusia, la autonomía relativa de potencias medias (India, Turquía, Brasil) y el debilitamiento de la autoridad global de EE. UU. apuntan a una redistribución del poder, más que a una ruptura total, de igual manera, una fragmentación del sistema internacional: proliferan bloques flexibles y alianzas pragmáticas (BRICS ampliados, reconfiguración de la OTAN, Indo-Pacífico) con menor consenso normativo y mayor énfasis en intereses nacionales y seguridad.
Podemos observar, una crisis del multilateralismo clásico: organismos como la ONU, la OMC o la OMS enfrentan bloqueos políticos y pérdida de eficacia, lo que favorece decisiones unilaterales o acuerdos regionales ad hoc.
La geoeconomía que hoy venos, sustituye a la globalización pura: sanciones, relocalización de cadenas productivas (nearshoring, friendshoring) y control tecnológico se vuelven instrumentos centrales del poder estatal.
Por lo que, en este breve espacio, podemos afirmar que: más que un “nuevo orden mundial”, vivimos una fase de desorden estratégico global, caracterizada por competencia entre potencias, normas disputadas y reglas aún en construcción.
China, Rusia, India y potencias medias (Turquía, Irán, Brasil) desafían aspectos del sistema, pero ninguna ofrece un modelo global alternativo coherente y aceptado.
Para el caso de México, dejamos de operar en un contexto de estabilidad hemisférica garantizada por EUA. La competencia entre potencias eleva el valor estratégico del país como espacio de tránsito, producción y control regional.
Bien podemos tener, una presión estructural sobre la política exterior, pues se reduce el margen de la tradicional doctrina de no intervención y equidistancia.
México enfrenta presiones explícitas e implícitas para alinearse en temas de seguridad, tecnología, comercio y migración, por lo que debemos de fortalecer su marco jurídico interno como principal defensa soberana.
Para México, el “nuevo orden” no es una abstracción global, sino un entorno de decisiones forzadas. La clave no es elegir bloques, sino construir capacidades internas, preservar autonomía relativa y reforzar el Estado de derecho como activo estratégico.
Académico Universitario*
