Migrantes a la Deriva. Trump, la Hipocresía Bilateral  y el Abandono Estructural de los Mexicanos en EU

 

POR DANIEL LEE

 

“Estamos abandonados a nuestra suerte, aunque el discurso suene más bonito”. #FuerzaMigrante

 

Hay momentos en la historia en los que la política deja de ser un ejercicio abstracto de poder y se convierte en una experiencia corporal: miedo al salir a trabajar, silencio ante un operativo migratorio, angustia al no encontrar a un familiar detenido. El primer año del segundo mandato de Donald Trump es uno de esos momentos. No sólo por la acumulación de órdenes ejecutivas, discursos racistas y medidas punitivas, sino porque ha terminado de desnudar una verdad incómoda: los migrantes mexicanos están políticamente solos, atrapados entre dos Estados que los necesitan, pero que no los defienden.

Jaime Lucero, presidente y fundador de @FuerzaMigrante, lo dice sin eufemismos: “Estamos abandonados a nuestra suerte, aunque el discurso suene más bonito”. No es una consigna ni una exageración coyuntural. Es el balance de 50 años de vida migrante en Estados Unidos, atravesando administraciones demócratas y republicanas, gobiernos mexicanos de todos los colores y reformas que prometieron reconocimiento, pero entregaron olvido.

Trump II: autoritarismo migratorio en clave geopolítica

El segundo mandato de Trump no es una repetición exacta del primero: es su radicalización. A pesar de haber firmado más de 220 órdenes ejecutivas, la economía estadounidense no despega como prometía el relato nacionalista. El crecimiento del PIB se desaceleró a 1.8% en 2025, las guerras comerciales —especialmente con China— elevaron la incertidumbre global y el unilateralismo volvió a convertirse en doctrina.

En política exterior, el trumpismo ha optado por la escalada permanente: mayor intervención en América Latina, presión directa sobre Venezuela y decisiones de alto riesgo, como los ataques contra instalaciones nucleares en Irán, que reavivan tensiones globales. Pero es en el terreno migratorio donde el autoritarismo se vuelve cotidiano y brutal.

Casi 220 mil personas arrestadas por ICE en un solo año, 85 mil de ellas mexicanas. Centros de detención convertidos en espacios opacos, como el ya tristemente célebre Alligator Alcatraz, en Florida, donde se reportan desapariciones, traslados sin registro, abusos sexuales y muertes bajo custodia. El mensaje es claro: criminalizar la migración para cohesionar electoralmente al miedo.

Como advierte Héctor Sánchez Barba, de Mi Familia Vota, la ola antinmigrante tiene un primer rostro: la antimexicanidad. Es la línea inicial del ataque, el enemigo funcional que permite después ampliar el extremismo hacia otros grupos. No es casualidad que hayan aumentado los crímenes de odio y que incluso ciudadanos estadounidenses o residentes permanentes estén siendo alcanzados por operativos arbitrarios.

Invisibles pero indispensables: la paradoja migrante

Frente a este escenario, la comunidad mexicana en Estados Unidos vive una contradicción profunda: es indispensable para dos economías, pero invisible para dos Estados. @JaimeLuceroC lo resume con una lucidez incómoda: “México nos ve como portadores de remesas nada más”. No como sujetos políticos, no como mercado estratégico, no como comunidad transnacional con capacidad de incidencia.

Y, sin embargo, hablamos de 40 millones de mexicanos y mexicoamericanos, del principal socio comercial de Estados Unidos, de una frontera compartida que define seguridad, comercio y estabilidad regional. Aun así, ni Washington ni Ciudad de México han construido una política integral de protección, representación y defensa de los derechos migrantes.

Desde México, el discurso suele ser emotivo, pero vacío. Se exaltan las remesas —récord tras récord— mientras se recortan fondos a consulados, se tolera su saturación operativa y se limita su capacidad de respuesta jurídica y humanitaria. Como advierte Lucero, “intentan hacer lo mejor que pueden, pero el trabajo está limitado”. La diplomacia consular se ha convertido en administración de daños, no en defensa estructural.

Criminalización, miedo y economías fracturadas

Lo que distingue este momento no es sólo la dureza del discurso trumpista, sino su impacto económico y social directo. Hay miedo de salir a trabajar. Miedo de llevar a los hijos a la escuela. Miedo de denunciar abusos. Ese miedo ya se siente en las economías locales de Estados Unidos, en sectores agrícolas, de servicios y de construcción que dependen de mano de obra migrante. Y también se siente en México, en hogares que comienzan a resentir la inestabilidad del ingreso.

Mónica Ramírez, de Justicia para Mujeres Migrantes, ha documentado algo todavía más grave: abusos sexuales contra mujeres y menores durante las detenciones, desapariciones administrativas y personas que simplemente no aparecen en los registros oficiales. No es sólo una política dura; es una crisis de derechos humanos que se normaliza bajo el pretexto de la seguridad.

Organización tardía, pero indispensable

Ante la ausencia gubernamental, algo comienza a moverse desde abajo. Más de 600 organizaciones migrantes se han articulado en Estados Unidos “por primera vez en décadas”, como subraya Lucero. Es una reacción tardía, sí, pero indispensable. Porque el verdadero déficit de la comunidad migrante no ha sido la fuerza económica, sino la fragmentación política.

Lucero es autocrítico: la apatía electoral ha sido un talón de Aquiles. Existe el potencial real de que la comunidad mexicana y latina sea la balanza que expulse a una administración antiinmigrante, pero ese poder no se ejerce automáticamente. Requiere educación cívica, organización territorial y una narrativa propia que deje de reaccionar cuando ya es tarde.

El problema, advierte, es que el mensaje antiinmigrante ya demostró que da votos. Y el próximo candidato, sea quien sea, lo aprendió. Si no hay una respuesta organizada, lo que viene puede ser peor que Trump.

Diputados migrantes y simulación institucional

Del lado mexicano, las figuras de los llamados diputados migrantes no han cumplido las expectativas. Más que puentes efectivos, se han convertido en símbolos de una representación vacía, sin capacidad real de incidencia ni agenda clara. El resultado es una comunidad que no se siente defendida ni allá ni acá.

El libro Un Nahual en el Imperio, que narra la vida de Jaime Lucero, no es un ejercicio autobiográfico: es un recordatorio de que la migración no es una anomalía, sino un fenómeno estructural que ha construido naciones enteras. Estados Unidos no sería lo que es sin los migrantes mexicanos. México no podría sostener su estabilidad macroeconómica sin sus remesas. Y, aun así, la deuda política permanece intacta.

La deriva como advertencia

Decir que los migrantes están “a la deriva” no es una metáfora exagerada: es una advertencia estratégica. Cuando millones de personas quedan fuera del pacto político, cuando se normaliza su criminalización y se administra su sufrimiento, el daño no es sólo moral. Es institucional, económico y democrático.

El segundo Trump no inventó el abandono migrante. Lo profundizó. Y lo hizo visible. La pregunta incómoda no es sólo qué hará Estados Unidos, sino qué hará México cuando deje de mirar a sus connacionales únicamente como cifras de remesas y empiece —si es que empieza— a asumirlos como sujetos de derechos, actores políticos y fuerza estratégica transnacional.

Porque si algo ha quedado claro en este primer año de incertidumbre global es que, cuando el discurso se vuelve más racista y la política más autoritaria, la indiferencia también mata. Y en esa indiferencia, hasta ahora, ambos gobiernos tienen una responsabilidad que ya no pueden seguir evadiendo.

 

 

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