Juanma Trueba. Bernabéu: El hombre detrás del escudo. Editorial GeoPlaneta, Barcelona, España, 2025. 240 páginas.
DAVID MARKLIMO
Durante mucho tiempo, en el mundo futbolero a fin al Real Madrid en la Ciudad de México, existía un pequeño debate: qué era mejor, si ver jugar al equipo o leer la crónica de Juanma Trueba al día siguiente. Incluso, llevando esto hasta el extremo, se debatía sobre si una crónica deportiva podría alcanzar cierto estatus en el mundo de los medios de comunicación. Pero las piezas de Trueba se defendían solas, como esas gotas que se pegan a las hojas aún después de la lluvia. Si hay que buscar una definición a su trabajo sería ese, cronista deportivo de lo efímero: una imagen, una emoción que es la que cambia el partido. Y justo, desde ahí, se trazaba un lienzo breve explicando ese caos que suele ser el fútbol.
En infinidad de veces se le pedía que se lanzará más allá de la crónica, que apostase por el periodismo de investigación. Pero era una petición rara: no suele pedírsele a un poeta que acometa una novela. Cosas del destino, de esas vueltas que da la vida, Juanma Trueba decidió que lo que estaba a la altura de semejante reto era la figura de Santiago Bernabéu, el presidente que cambio la Historia del Real Madrid. Así, nació Bernabéu: El hombre detrás del escudo.
El libro no solo recorre la trayectoria de Bernabéu —desde jugador modesto hasta el impulsor de las cinco Copas de Europa consecutivas y la construcción del estadio que lleva su nombre—, sino que lo enmarca en el convulso siglo XX español: la Guerra Civil, el franquismo y los albores de la democracia. Don Santiago emerge como un reflejo de su época, oscilando entre tradición y modernidad.
La poesía de Trueba, el estilo, pues, viene acompañada de un exhaustivo trabajo de documentación. Aunque algún lector apunte a ciertas digresiones y un orden cronológico no lineal que puede desorientarlo ligeramente, el estilo fluido y la pericia narrativa compensan con creces su lectura: no es un libro de física cuántica, está claro. Pero lejos de caer en la hagiografía fácil, Trueba desmonta el mito con rigor: presenta a Bernabéu como un hombre de mil caras, rudo y calculador en las negociaciones, sentimental en sus lealtades, costumbrista en su vida privada, desafiante ante el poder y protegido tras una coraza de silencios y provocaciones. Para sostener lo dicho, Trueba nos brinda una definición de don Santiago tremenda: un Quijote que se hacía pasar por Sancho Panza. Es decir, un loco, un idealista en su visión de grandeza para el club, pero pragmático y picaresco en su ejecución.
Pensemos en el contexto del Madrid de la posguerra, en la autarquía española, para afinar el objetivo de construir el estadio más grande de Europa y comprar a los mejores jugadores del mundo.
¿Loco? Sin duda. Pero el plan para llevarlo a cabo fue, sin sentido peyorativo, bastante pragmático: el estadio lo constituirán los socios con su dinero, vendiendo, como en esa imagen de la reina Isabel, hasta las joyas de la casa. En la construcción del estadio no hubo apoyo gubernamental, a diferencia de los otros clubes. Con el estadio listo, era cosa de llenarlo hasta la bandera para traer a los mejores: DiStefano (en un sonadisimo caso con el Barcelona), Puskas (el genio magiar, a quien se asumió a pesar de sepa cuántas sanciones), Kopa (el mejor jugador francés de su tiempo), Rial (el mejor pasador de Sudamérica) y Gento (el veloz extremo de Cantabria). El proyecto duró hasta 1966, más o menos. Veinte años de gloria deportiva y luego otros diez de dominio nacional. Pero Bernabéu era más que retos deportivos.
Santiago Bernabéu, jugador, capitán y presidente del Real Madrid, entró al club los 14 años, en 1909, se unió a las categorías inferiores del Real Madrid tras años colándose en los encuentros como espectador habitual. Nunca cobró un sueldo como presidente del club, rechazando pagos del club por honestidad. E incluso, según Trueba, trabajó él mismo en las obras del estadio. Esta humildad contrastaba con su ambición por el Madrid, reafirmando su imagen de hombre de la casa.
Su éxito más fulgurante sucedió en 1955 cuando, en el Hotel Ambassador de París, se reunió con representantes los clubes europeos para fundar la Copa de Europa (hoy Champions League), inspirado por un artículo de Gabriel Hanot de L’Équipe. La visión -enfrentar a los mejores para saber quién era el mejor- transformó el fútbol.
Se acomete su lado oscuro: combatió con los que dieron un Golpe de Estado a la República, porque era monárquico. Era simpatizante de la CEDA, pero no toleraba excesos de nadie. En los años 50, vetó al general Millán Astray —el idiota que gritó Viva la Muerte en Salamanca frente a Unamuno, el fundador de la Legión— del palco presidencial por su comportamiento indecoroso con las damas. Astray, indignado, lo retó a duelo con pistola, pero Bernabéu eludió el enfrentamiento con astucia. Para ser un hombre del régimen, tuvo bastantes desencuentros.
Trueba pinta a Bernabéu humano y arisco, pero lo hace desde el cariño, porque siendo niño el presidente le obsequió un banderín. Tampoco hay duda de su legado: es el forjador de un imperio futbolístico en tiempos turbulentos. Su legado trasciende el césped: un visionario que, con picaresca y coraje, elevó al Real Madrid a la eternidad. Una obra, pues, para entender cómo el fútbol, en este año de mundial, se ha convertido en el fenómeno social que es.
