*Hay Años que se Recuerdan por lo que Prometieron.
*Y hay Años que se Recuerdan por el Miedo que Dejaron….
POR DANIEL LEE
Para millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, 2025 no fue un año de transición ni de ajustes: fue un año de encierro, de silencios forzados y de decisiones tomadas con el corazón acelerado. No lo dice una estadística ni un informe gubernamental. Lo dice Don Jaime Lucero, migrante desde 1973, empresario hecho a pulso, líder comunitario y uno de los rostros más lúcidos de la diáspora mexicana. Lo dice con una frase que pesa como sentencia: nunca antes el miedo había sido tan cotidiano.
Ese miedo no llegó solo. Fue convocado. Fue diseñado. Fue anunciado en discursos y amplificado en redes sociales. La política migratoria impulsada por Donald Trump no necesitó ejecutarse del todo para cumplir su función: intimidar.
Bastó con prometer redadas, exhibir deportaciones como castigo ejemplar, convertir al migrante en amenaza y al uniforme en símbolo de terror. El resultado fue inmediato: trabajadores que dejaron de ir al empleo, madres que ya no llevaron a sus hijos a la escuela, familias enteras que aprendieron a vivir puertas adentro.
El miedo se volvió rutina.
La invisibilidad, estrategia de supervivencia.
Pero el miedo no sólo se cultiva desde Washington. También se tolera desde México. Mientras del lado estadounidense se perfecciona la maquinaria de persecución, del lado mexicano se mantiene una política cómoda: celebrar al migrante cuando envía dólares, ignorarlo cuando necesita protección. En 2025, las remesas superaron los 64 mil millones de dólares. Una cifra histórica. Un orgullo nacional. Un aplauso constante. Pero detrás de cada dólar hay jornadas largas, cuerpos agotados y personas que viven con la sensación permanente de que todo puede perderse en una detención.
Don @JaimeLuceroC quien lidera la organización binacional @FuerzaMigrante lo resume con una claridad que incomoda: nuestros paisanos son héroes del discurso, pero huérfanos en la realidad.
Durante años, la comunidad migrante luchó por ser reconocida políticamente. Exigió voz, voto y representación. Logró diputaciones migrantes, espacios legislativos, presencia simbólica en congresos locales y federales. Fue una conquista tardía, arrancada a un Estado que siempre vio a su diáspora como lejana. Sin embargo, una vez creados esos espacios, algo se rompió: la representación se volvió decorativa. Curules sin incidencia real. Voces atrapadas en la lógica partidista. Migrantes convertidos en bandera electoral, no en prioridad política.
Mientras tanto, la protección consular sigue siendo mínima. Para 2026, el presupuesto destinado a asistencia consular apenas supera los 21 millones de pesos; la defensa jurídica ronda los 59 millones. Cantidades pequeñas frente a un problema gigantesco. Cantidades que revelan una verdad incómoda: el miedo del migrante no es urgente para el Estado mexicano.
No es sólo un asunto de dinero. Es una cuestión de voluntad. Falta una estrategia integral de defensa legal en Estados Unidos. Falta acompañamiento psicológico para comunidades sometidas al estrés constante. Falta presencia cuando hay abusos laborales, detenciones arbitrarias o separaciones familiares. Falta algo básico: sentir que el país de origen no te dio la espalda.
Lucero ha visto pasar gobiernos, promesas y discursos. Ha sobrevivido a la ilegalidad, a la explotación y a la amenaza. Por eso su diagnóstico es tan duro: lo que define este momento no es únicamente la hostilidad estadounidense, sino el silencio cómodo de México. Solidaridad de palabra. Abandono en los hechos.
El mensaje implícito es cruel: mientras las remesas sigan fluyendo, el miedo puede administrarse. Mientras el migrante produzca, su angustia es tolerable. Pero normalizar el miedo es aceptar una derrota ética. Aceptar que millones vivan escondidos es aceptar que algo se rompió como país.
La vida como prueba
La historia de Jaime Lucero no es excepcional por sus logros, sino por lo que revela. Salió de Puebla sin inglés, sin papeles y sin red. Trabajó durante años en un restaurante. Ahorro tras ahorro, compró un camión descompuesto que terminó siendo la puerta a un mundo dominado por intereses oscuros y amenazas abiertas. Resistió. Negoció. No se rindió.
Más tarde regresó a México a invertir. Abrió una maquiladora. Generó empleo. Demostró que el migrante no sólo manda dinero: genera desarrollo. Y, aun así, hoy afirma algo devastador: la vida del migrante mexicano es hoy más precaria que hace décadas.
Redadas más frecuentes. Leyes estatales que criminalizan la existencia cotidiana. Retenes que seleccionan por rostro. Estafadores que lucran con el miedo. Agencias con más poder y menos controles. El migrante vive atrapado entre una economía que encarece la vida y un sistema que lo quiere invisible.
El hambre volvió a empujar.
El miedo volvió a ordenar la vida.
Por eso nació Fuerza Migrante, insiste Lucero. Porque sin poder político, la comunidad siempre será vulnerable. Su visión es tan clara como incómoda: el migrante debe dejar de ser sólo fuerza laboral y convertirse en fuerza que decide. Educación, liderazgo, organización y representación real. No caridad. No aplausos. Poder.
El espejo incómodo
La historia de Lucero refleja una contradicción profunda: México expulsa por necesidad y recibe por conveniencia. Aplaude al migrante cuando manda dólares. Guarda silencio cuando lo deportan. Los consulados atienden, pero no protegen. Las políticas existen, pero no previenen.
El nahual, en la tradición mesoamericana, es quien se transforma para sobrevivir. Millones de migrantes mexicanos lo son sin haberlo elegido. Cambian de idioma, de oficio, de identidad. Todo para sostener familias y economías que dependen de ellos. Pero hoy esa transformación ya no basta. La sobrevivencia ya no es individual: es política.
La vida de Jaime Lucero deja una lección incómoda: no se puede seguir dependiendo de héroes aislados. No todos podrán resistir. No todos podrán transformarse.
La pregunta ya no es si México debe actuar.
La pregunta es cuánto tiempo más permitirá que millones de mexicanos vivan con miedo lejos de casa, mientras el país que los necesita mira hacia otro lado.
Porque un país que abandona a quienes lo sostienen desde el exilio, termina perdiéndose a sí mismo.
