Sí, Quiero oro, Sí Quiero Plata y Sobre Todo Romper la Piñata

NIDIA MARIN

Y hace siglos, se integraron las fiestas religiosas de Huitzilopochtli con las llamadas “misas de aguinaldo” traídas por los españoles para recordar el peregrinaje de María y José. Y surgieron “Las Posadas”.

Se celebran en nuestras tierras, para felicidad sobre todo de los niños.

Pero todo inició…

Hace cinco siglos cuando la Triple Alianza (México-Tenochtiltan-Texcoco-Tlacopan), aunque con otro tipo de ceremonia o más bien convertidas en magisterio, por obra y gracia de los habitantes de aquellos pueblos y sobre todo de los frailes agustinos, impulsados por Fray Diego de Soria.

Y no fue en este valle, entonces lacustre, donde principiaron, pero sí muy cerca del Lago de Texcoco, en Acolman para ser precisos, en la zona en la cual reinaba la cultura Acolhua. Pero, tampoco fueron ellos los que abrieron la puerta a la religión católica, sino los chichimecas que se habían establecido en esa zona y eran bien vistos en el reino de Netzahualcóyotl.

Fue una fusión la evangelización de ritos. Sí, dicen los estudiosos que fueron entreveradas las fiestas de Huitzilopochtli con la peregrinación de la Virgen María y San José, ahora con rezos, cantos, luces y ollas repletas de dulces y frutas, a las que con el tiempo llamaron piñatas…

Esa palabra, más tarde, también arribaría procedente del italiano pignatta, es decir “olla de barro”, que ya los chinos utilizaban rellena de semillas y rompían el año nuevo, tradición que los españoles trajeron a México para evangelizar, considerándola como la lucha contra el mal y dándole de palos a los pecados capitales y las tentaciones, al tiempo que se saboreaban los dulces y la fruta, como recompensa divina.

Fue una dulce manera de los misioneros de evangelizar, de tal manera que a las ollas les adaptaban las “tentaciones” picos adornados de colores brillantes. Sumaban siete, en alusión a los pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

Precisamente para darle de palos a los pecados, con los ojos vendados, como fe ciega, se trataba de romper la olla perversa para que triunfara el bien sobre el mal. Los dulces y la fruta eran la deliciosa recompensa.

En síntesis: en el siglo XVI hubo tácita fusión entre las fiestas indígenas de diciembre en honor del dios Huitzilopochtli y las “Misas de Aguinaldo”, traídas por los españoles para recordar el peregrinaje de José y María.

Y PASAN LOS

SIGLOS…

En este 2025, en México, se celebran 438 años de la primera posada. Asegura la historia que fue en el atrio del convento agustino de Acolman, (hoy Estado de México), con permiso papal, donde se llevó a cabo.

Después irían hermanándose con las tradiciones indígenas y se convirtieron en festejos con canto, baile, luces, piñatas, que dejaron el atrio para realizarlas en las calles y en las casas, con ponche (bebida de frutas), colación (dulces diversos), villancicos (canciones con letras adecuadas al momento) convirtiéndose en una tradición única mexicana que mezcla devoción y festejo.

Hoy, en el siglo XXI, las posadas navideñas son una parte integral de la cultura mexicana y se llevan a cabo en la mayoría de las comunidades, desde las grandes ciudades hasta las aldeas más pequeñas de las 32 entidades federativas.

Aunque se dude, se siguen celebrando en todo el país y donde nacieron: en Acolman, Estado de México, así como en decenas de lugares, como San Juan Teotihuacán y en un sinnúmero de los 177 “pueblos mágicos”, como Tlalpujahua, Michoacán y Chignahuapan, Puebla.

Previo al ritmo de “Dale, Dale, Dale…” la letanía tradicional para pedir posada:

“Venimos rendidos / desde Nazaret, / yo soy carpintero, de nombre José.

“No me importa el nombre, /déjenme dormir, /pues lo que yo digo/ que no hemos de abrir.

“Posada te pide, amado casero, por solo una noche, la Reina del Cielo.

“Pues si es una reina quien lo solicita / ¿cómo es que de noche anda tan solita?”

Y así continúan los versos hasta que…

“Entren santos peregrinos, peregrinos, / reciban este rincón,

“Aunque es pobre la morada, la morada, / os la doy de corazón”.

El final ya lo saben:

“Dále, dále, dále, no pierdas el tino, / porque si lo pierdes, pierdes el camino.

“No quiero oro ni quiero plata, / Yo lo que quiero es romper la piñata.

“No quiero oro ni quiero plata, / Yo lo que quiero es romper la piñata.

 

 

 

 

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