Por David Martínez*
A finales de 2025, el Mar Caribe vuelve a ser escenario de una de las crisis más peligrosas del hemisferio. Estados Unidos, bajo la segunda presidencia de Donald Trump, ha desplegado una impresionante constelación de poder militar frente a las costas venezolanas (el portaaviones USS Gerald R. Ford, destructores lanzamisiles, cruceros, barcos de asalto anfibio, cazas F-35, bombarderos B-52, drones MQ-9 Reaper) y miles de efectivos entre Puerto Rico, las Islas Vírgenes y Curazao. Desde septiembre, la operación Southern Spear ha hundido más de veinte embarcaciones sospechosas de narcotráfico y causado al menos 83 muertos, acciones que la administración presenta como parte de una guerra contra los carteles. Sin embargo, a día de hoy, el Departamento de Defensa ya ha recibido acusaciones sobre ejecuciones extrajudiciales.
El mensaje de Washington es bastante claro: quieren un cambio de régimen. El propio Trump lo resumió el 2 de diciembre ante su gabinete: También vamos a comenzar a hacer esos ataques en tierra. La tierra es mucho más fácil… sabemos dónde viven. Si nos fiamos por la prensa, el presidente estadounidense dio a Nicolás Maduro un ultimátum telefónico para que abandonara el poder. El pretexto oficial sigue siendo el narcotráfico y el supuesto Cártel de los Soles (del que nadie ha oído). El pretexto, como siempre, es el control político y energético de una nación con las mayores reservas certificadas de petróleo del planeta.
Desde el punto de vista militar y estratégico, Estados Unidos tiene cuatro grandes opciones, todas ellas dentro del paradigma trumpista de fuerza decisiva y sin ocupaciones prolongadas:
Bloqueo naval y aéreo reforzado. Ya está en marcha de facto. Podría endurecerse hasta cortar prácticamente las exportaciones petroleras (90 % de los ingresos del Estado venezolano) y someter al país a una asfixia económica total sin disparar un solo misil contra Caracas.
Ataques quirúrgicos de precisión. Expansión de los strikes marítimos a objetivos terrestres: pistas de narcotráfico, campos petroleros, bases militares o incluso residencias de altos funcionarios.
Operaciones especiales y encubiertas. La CIA, que ya tiene experiencia reciente en Venezuela, combinada con ciberataques y sabotajes internos, podría poner un panorama complicado al régimen.
Campaña aérea limitada. Los Estados Unidos pueden neutralizar en horas los aviones operativos y los radares venezolanos para garantizar superioridad aérea absoluta en caso de escalada.
Una invasión terrestre al estilo Irak 2003 es, hoy por hoy, el escenario menos probable. Washington sabe que requeriría cientos de miles de efectivos, decenas de miles de millones de dólares y, sobre todo, una voluntad política que no existe: las encuestas muestran que tres de cada cuatro estadounidenses no consideran a Venezuela una prioridad de seguridad nacional.
Todos estos escenarios están, ahora mismo, sobre la mesa. El problema es lo que sucederá después. La historia reciente es implacable al respecto. Irak 2003 y Libia 2011 demostraron que derrocar a un gobierno débil es relativamente fácil; lo difícil es evitar que el vacío resultante sea ocupado por caos, facciones armadas y migración masiva. Venezuela, con más armas livianas circulando, más petróleo que disputar y menos interés estadounidense en quedarse a reconstruir, sería un caso todavía más grave. También cuenta la geografía: Venezuela no es Granada (1983) ni Panamá (1989), los últimos dos países en la región que han sufrido una invasión norteamericana. Es un país de 916.000 km², con cordilleras, selvas densas, deltas intransitables. En un escenario así, una población armada no sería fácil una ocupación.
El régimen, pese a su evidente inferioridad militar, lleva años preparándose para un escenario así: hay dos millones de milicianos y colectivos, decenas de miles de misiles portátiles, tácticas de guerrilla urbana y un terreno ideal para convertir cualquier avance en un infierno prolongado. Rusia y China no intervendrían directamente, pero sí suministrarían inteligencia, repuestos y dinero para alargar el conflicto. El resultado previsible: un nuevo Afganistán o Vietnam a 1.900 kilómetros de Miami.
La gran ironía de esta situación es que cuanto más débil parece el régimen, más peligroso resulta atacarlo militarmente. Los distintos escenarios norteamericanos han provocado en el país un escenario paupérrimo: cada semana sin dólares, sin medicinas y sin gasolina, se erosiona un poco más su base. La hiperinflación, el éxodo de casi ocho millones de personas y la implosión interna avanzan a ritmo constante. Intervenir militarmente ahora sería otorgarle al chavismo la única bandera que todavía puede reagruparlo: la del imperialismo.
La pregunta estratégica nunca ha sido si Estados Unidos puede ganar una guerra contra Venezuela, sino si vale la pena ganar una guerra que, una vez ganada, nadie sabe cómo terminar. Y esa pregunta, desde Vietnam hasta hoy, Washington todavía no ha aprendido a responder con honestidad. Ojalá esta vez sea diferente.
Politólogo*
