*Aquellos que se Prepararon Para
Sentarse en la Silla del Águila
*Los que Llegaron por la Coyuntura
y Disciplina Hacia el Partido
*LEA, CSG y AMLO Desde Jóvenes
Quisieron ser Presidentes
*Tenías Ideas y Grupos Políticos ya
Preparados Para Actuar
*La Presidenta Aferrada a Defender
un Cuadro del Ajedrez Político.
*El Perfil de un Estadista de cualquier
del Mundo Exige Decante Virtudes
POR EZEQUIEL GAYTÁN
Cuando leo las biografías de los presidentes y jefes de Estado una de las conclusiones a las que llego es que algunos desde jóvenes se propusieron ocupar la titularidad del poder ejecutivo y se prepararon para desempeñar el cargo. Otros llegaron debido a coyunturas y arreglos de la fortuna, por lo que demostraron su noviciado al sentarse en la Silla del Águila. En el caso mexicano podemos señalar, dentro del primer grupo a Luis Echeverría Álvarez, Carlos Salinas de Gortari y Andrés Manuel López Obrador, tres políticos osados, afanosos y con el perfil de eso que llamamos “animales políticos” debido a su vocación por el poder. En el otro grupo identifico a Ernesto Zedillo, Miguel de la Madrid y a Claudia Sheinbaum Pardo. Tres personajes inquietos por la cuestión social, disciplinados y cuyos ascensos en los andamiajes de la burocracia se debieron a su constancia. Pero sin el apetito natural por y para la política.
No me detendré en el grupo de quienes desde jóvenes aspiraron a ser presidentes y se afiliaron al Partido Revolucionario Institucional (PRI), pues era la única puerta de entrada al juego político; simplemente vieron que la plataforma era ese Instituto, así que ahí militaron y por caminos particulares alcanzaron su propósito de ser presidentes de México. Para fines de este artículo me interesan los personajes que alcanzaron la primera magistratura del país sin proponérselo desde jóvenes y que cuando vieron la mesa puesta decidieron aceptar sentarse en la cabecera. Léase, son protagonistas con carreras burocráticas y meritocráticas, cercanos al gran elector y que las circunstancias les favorecieron.
Miguel de la Madrid era un abogado serio especializado en economía y cuya fortuna fue ocupar la cartera de Programación y Presupuesto después de que sus dos antecesores no habían logrado los resultados esperados por el entonces presidente López Portillo. Cuando llegó el momento y se barajaban nombres, el entonces presidente concluyó que la situación del país necesitaba un conocedor de la economía nacional y por eso se inclinó por un hombre sobrio, dedicado y, es cierto, sin méritos partidistas, de ahí que muchos priistas tildaran al candidato y a su equipo de tecnócratas, pero eso a José López Portillo no le importó y lo destapó.
Ernesto Zedillo estudió economía en el Instituto Politécnico Nacional, hizo una brillante carrera en el Banco de México y, debido a sus méritos, el equipo de Carlos Salinas lo invitó a unírseles. Él aceptó e hizo su trabajo con profesionalismo y apego a las reglas de operación del equipo, pero nadie en grupo lo veía como un aspirante a la Presidencia de la República y muy posiblemente ni él lo deseaba. De hecho, Carlos Salinas le encomendó una subsecretaría en Programación y Presupuesto y después lo puso al frente de la Secretaría de Educación Pública a fin de que impulsara la federalización de la educación. La camarilla salinista era unida y por lo mismo trabaron buena amistad él y Luis Donaldo Colosio. Cuando el PRI se manifestó por el sonorense, éste invitó a Zedillo Ponce de León como su coordinador de campaña. Un trabajo que desempeñaba sin reflectores ni estridencia. Cuando asesinaron al candidato Colosio la Constitución impedía que fuese un secretario de Estado. Por ende, la candidatura recayó en el economista del IPN.
Por su parte, Claudia Sheinbaum, fue activista estudiantil en la Facultad de Ciencias de la UNAM y su vocación es la física. Cuando el entonces rector, Jorge Carpizo, propuso una serie de reformas sin el cuidado de las formas y sin el consenso de los grupos de estudiantes se creó el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) y salió a la luz pública el nombre de la estudiante Claudia Sheinbaum, pero detrás de su novio de entonces, Carlos Imaz. De ahí se afilió al Partido de la Revolución Democrática y allí conoció a Andrés Manuel López Obrador quien, al ganar la gobernatura de la Ciudad de México la nombró secretaria de Ecología. Años después, su padrino la hizo jefa delegacional en Tlalpan y luego la proyectó a jefa de gobierno de la ciudad de México. Tiempo después fue precandidata y luego candidata a la presidencia de la República a la sombra de su mentor.
Es muy posible que cuando inició el sexenio previo a que fueran los respectivos candidatos de su partido no imaginaron que serían los sucesores. Por lo tanto, se avocaron a trabajar, pero no a prepararse a fin de gobernar México.
De la Madrid y Zedillo fueron secretarios de Estado y parte de un equipo cuya composición era de colaboradores profesionales que al amparo de la estructura de su partido aprendieron acerca de las formas, cuidados y comportamientos que debe tener el jefe del Estado mexicano. Por su parte, Claudia Sheinbaum sólo tuvo como guía al tabasqueño que se formó en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y algo aprendió, pero por lo visto, no lo suficiente. Por su parte, ella apenas logró configurar su equipo hasta que gobernó Tlalpan y luego la Ciudad de México. Léase unos cuantos jóvenes entusiastas sin visión nacional y sin experiencia en la Administración Pública Federal. En pocas palabras, ella no aspiraba hace unos cuantos años a gobernar México, sino servir a su mentor.
De hecho, Morena tenía un solo objetivo: llegar al poder, Léase: López Obrador presidente. Consecuentemente no preparó cuadros ni creó una escuela de formación política. Simplemente el fin era llegar. De ahí que cuando el tabasqueño tuvo que pensar en la sucesión se inclinó por la más fiel y la más leal. Aunque técnicamente no era el perfil ideal para conducir nuestro país, después de todo, debe haber pensado AMLO, yo estaré detrás del trono.
El perfil de un estadista de cualquier parte del mundo exige que decante virtudes tales como la convocatoria a la unidad nacional, arbitre sabia y equilibradamente entre los sectores de la producción, encumbre los servicios públicos de seguridad, salud, educación, trabajo y vivienda, vele por una economía sana y en constante crecimiento, procure el desarrollo nacional y represente dignamente a la nación en el concierto de las naciones. Pueden cometer errores y, de ser el caso, reconocerlo y utilizar a sus colaboradores como fusibles. Pero no deben aferrarse a defender a ultranza y neciamente un cuadro del tablero del ajedrez político.
La presidenta, ya lo vimos, no tiene equipo y por sus decisiones parecen carecer de autonomía. Su docilidad ante su mentor la tiene entrampada y debido a que se dice de izquierda, decidió que sus enemigos son de derecha. Léase, continuó la línea de tabasqueño de dividir a los mexicanos y ante la manifestación del pasado 15 de noviembre inició una ofensiva desde el anacrónico geometrismo político y resolvió atacar a quienes convocaron a dicho mitin. Mucho me temo que ya perdió piso y no sabe quienes son aplaudidores sinceros y quienes los acarreados. Ella no parece entender que el asesinato de Carlos Manzo, la creciente percepción de inseguridad pública, la mala atención en las clínicas y hospitales del sector salud, la inflación que va más allá de la canasta básica, la falta de oportunidades a los jóvenes de la llamada generación Z y de gente que la ve como una imposición del hombre de Tabasco. En pocas palabras no es sensible al clamor popular y que la convocatoria fue debido al hartazgo y de que la situación ya nos tiene “hasta la madre”.
Paradójicamente fue ella quien encumbró la manifestación. Sus agresiones, sus desplantes de superioridad intelectual, su visión binaria de izquierda y derecha y su arrogancia debido a que controla a los poderes legislativo y judicial la llevaron a la esquina del cuadrilátero. Haber atacado desde el pulpito presidencial fue su error. Para eso están los subsecretarios de Gobernación e incluso la titular de esa cartera. A ellos debió encargarles en primera instancia la ofensiva ideológica, pues son cargos sustituibles y fusibles potenciales.
El expresidente López Obrador podía culpar al pasado, pero ella ya no tiene ese espacio. Por eso no entiendo su insistencia de imitar a su mentor en todo. Ella es la jefa del Estado mexicano, comandante suprema de las fuerzas armadas y jefa del gobierno. No debe iniciar pleitos, pues ella no tiene pares. Su gabinete es su escudo y su arma. Pero parece no entenderlo. Peor aún, no se preparó para ser presidenta de México, ni para ejercer el poder, ni para utilizar a la Administración pública como instrumento de desarrollo. Ella llegó por la decisión de su mentor y está ahí para hacer lo que él le dice. Léase, dividir a la sociedad mexicana.
Atacar desde el púlpito presidencial es un grave error político, pues nadie en México tiene el peso suficiente para hacerle frente a ella. Es una batalla desigual, así que en el remoto caso de que el oponente llegue a conectar un ligero golpe, como sucedió el pasado 15 de noviembre, la marca durará mucho tiempo y la investidura presidencial quedará rasgada. Ojalá lo entienda la presidenta.
