ALBERTO F. MENA MALLEN
Pobrecitos los morenarcos de la 4T… son víctimas de su deseo por el poder, de sus ineptitudes, de sus mentiras, de sus egos, de su cinismo y sus omisiones; y son los enemigos de la ultraderecha, con Felipe Calderón a la cabeza -ya a Loret lo hicieron a un lado-, quienes desean desaparecerlos y evitar que su labor de humanistas en favor de los pobres no se concluya, afirmó la administradora del país.
Siempre que hay un asunto delicado, que ellos mismos han provocado, recurren a la victimización para desviar las críticas, ganar simpatías entre sus seguidores y lo hacen para reforzar su poder político. Es una estrategia comunicativa que busca transformar la percepción pública: en lugar de ser vistos como responsables de problemas, se presentan como víctimas de ataques injustos o de circunstancias externas.
Al presentarse como víctimas, los gobernantes evitan que la ciudadanía se concentre en sus fallos de gestión. El discurso victimista funciona como un escudo que desplaza la conversación hacia supuestos ataques externos; genera empatía y apoyo popular porque apelan a las emociones. Cuando un líder se muestra como “perseguido” o “injustamente criticado”, puede despertar solidaridad en sus seguidores, quienes lo defienden más intensamente.
Pero… tienen enfrente a la realidad, que pesa muchísimo, en un gobierno criticado por sus errores y, aunque los gobernantes intenten construir narrativas de victimización o culpar a factores externos, los hechos concretos terminan imponiéndose tal y como sucedió con la marcha de la generación Z, porque se hicieron bolas en tratar de minimizar los hechos de violencia que se cometieron. Y un ejemplo que lo fotografía, es el del personaje que porta una bandera que ondea en la plancha del Zócalo y no se quita cuando decenas de policías corren y lo taclean, dándole una paliza de película.
El jefe de la policía capitalina, Pablo Vázquez, en conferencia de prensa, argumentó que el señor de la bandera se cayó solo y por eso se acercaron miembros del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas de la propia gendarmería para ayudarle y brindarle apoyo que, dijo, el afectado rechazó. Pero las imágenes son muy claras donde se ve, que los propios policías se le echaron encima para golpearlo sin miramientos. Esta declaración arrojó sonrisas de quienes la vimos, porque la realidad estuvo presente.
Datos de la inflación, inseguridad, desempleo o corrupción son difíciles de maquillar y aunque el discurso oficial intente suavizarlos, la ciudadanía los vive en su día a día, como la extorsión o las balas entrecruzadas en un enfrentamiento que arroja muertes por “daños colaterales” lo que provoca que familias pierdan a sus seres queridos sin deberla ni temerla y el gobierno ni se acongoja.
Si un gobierno dice que “todo va bien”, como el de la 4T, en el cual Claudia Sheinbaum, lo repite a cada rato, donde la población enfrenta violencia, falta de servicios o desempleo, la percepción social contradice el relato oficial. Los errores de gestión se amplían en medios y redes sociales, lo que hace más difícil ocultarlos. La narrativa victimista puede funcionar un tiempo, pero los hechos terminan erosionando la credibilidad, lo cual se vio en la marcha ciudadana de la generación Z, que fueron los que invitaron a la ciudadanía a participar.
Entre las consecuencias de ignorar la realidad está la pérdida de confianza, cuando la gente percibe que el gobierno niega lo evidente, se rompe la credibilidad, misma que ha crecido a través de los meses que tienen en el gobierno; también aumenta la polarización política, porque los seguidores -chairos-, creen en el relato oficial, mientras los críticos se apoyan en los hechos, aunque a éstos se les califica de querer destruir a la 4T, cuando son ellos mismos los que la destruyen.
De la misma forma, si los errores no se reconocen ni corrigen, las instituciones pierden capacidad de respuesta y se presenta un debilitamiento institucional, aparte de que ya muchas fueron borradas del mapa del gobierno y, finalmente, hay un impacto electoral porque la realidad pesa sobre las urnas, porque los electores votan lo que viven y no solo lo que escuchan. Tienen pendiente las elecciones de Michoacán, donde ya se amenazó de que Morena perderá.
Y el asesinato del presidente municipal de Uruapan Carlos Manzo, es un claro ejemplo de ello, ya que el propio alcalde solicitó el apoyo de la Federación y del Estado para combatir a los grupos delincuenciales, pero nunca llegó la ayuda, peticiones que realizó el propio michoacano en redes sociales y en múltiples entrevistas que se le formularon en medios de comunicación estatales y nacionales.
La realidad es el límite del discurso político, porque un gobierno puede victimizarse o culpar a otros, pero los errores palpables como la inseguridad, la corrupción o la crisis económica, entre otros, terminan marcando la percepción ciudadana y el rumbo político. Y por eso la mandataria –“con a”-, busca minimizar los daños que le ocasionan sus propios colaboradores, y que ella misma causa con sus posturas de no definirse de qué lado está, si de la patria o de su mentor y líder moral, el macuspano de Tabasco.
Hubo y hay gobiernos que negaron la realidad. La Unión Soviética, con el caso de Chernóbil en 1986, cuando el gobierno intentó ocultar la magnitud del desastre nuclear, pero la radicación se extendió a Europa y la verdad salió a la luz; el Vietnam de los años 60-70, cuando en Estados Unidos y los gobiernos insistían que la guerra estaba bajo control, mientras la realidad mostraba un conflicto cada vez más costoso y sin salida.
En el terremoto de 1985, en México, el gobierno de Miguel de la Madrid intentó controlar la narrativa y minimizar la magnitud del desastre. Sin embargo, la sociedad civil organizada mostró la verdadera dimensión de la tragedia, debilitando la legitimidad del Estado.
Los gobernantes se victimizan porque es una herramienta de poder: les permite manipular emociones, justificar decisiones y evitar responsabilidades. Sin embargo, es una estrategia riesgosa, ya que puede deteriorar la confianza pública y la estabilidad institucional. La realidad es el límite del poder político, tal y como le sucede a la propia Sheinbaum al presentar gráficas “triunfalistas” sobre avances en seguridad, pero medios y opositores señalan que detrás persisten graves problemas como asesinatos de policías y alcaldes.
Ella se victimiza más que AMLO, porque considera que la ofensiva mediática en su contra es más intensa y digitalizada, y usa esa narrativa para reforzar su legitimidad política y cohesionar a sus seguidores, pero las encuestas señalan una disminución en su aprobación, sobre todo porque utilizó la represión contra jóvenes que marcharon el pasado 15 de noviembre lo que se comparó con los hechos de Tlatelolco, en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
Claudia: ni tu, ni el pueblo son invencibles por la división que has sembrado entre los mexicanos, “porque no hay divorcio entre pueblo y gobierno”, Y si festejas los siete años de gobierno, muchos mexicanos no te acompañaremos porque vas a festejar la destrucción de México.
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