Punto de Vista
Por Jesús Michel Narváez
Hay quienes buscan descarrilar el tren de la Revolución Mexicana, que a solamente 18 años de su inicio, conquistó el final de la era de los caudillos para iniciar la de las instituciones.
Algunos piensan que el movimiento armado fue una pantomima dirigida por Estados Unidos. Quizá quienes así se expresan, no entienden que la Revolución cumplió sui primigenio compromiso: terminar con la dictadura y pavimentar el camino hacia algo desconocido en México en aquellos ayeres: la democracia.
Gracias al levantamiento armado se reescribió la Constitución de 1857 cuyos textos, no todos nuevos y si copiados de la anterior, dio vida a la de 1917 que ahora tiene más parches que los piratas españoles, franceses, ingleses y hasta chinos y japoneses.
El tiempo no perdona y los ignorantes lo aprovechan.
Es verdad: la Constitución es una especie de Robocop. Tiene insertadas e injertadas piezas en la masa cerebral, en las piernas, las caderas, el pecho, los ojos y con todo, incluyendo la escasa cabellera, mantiene grande el corazón y late como si tuviera 18 años de vida y haciendo ejercicio.
Los que hoy gobiernan ni comparten las ideas sociales de la Revolución. Quizá las más importantes se plasmen en los artículos primero, tercero, veintisiete y ciento 123 y 130, que definen reconocimientos y libertades; definen el legado de Emiliano Zapata al reconocer que la tierra es de quien la trabaja y ratifica el mandato desaparecer la esclavitud. LA educación debe ser para todos y es responsabilidad del Estado otorgarla sin filias ni fobias, es decir, sin ideologías torcidas concebidas por grupúsculos que añoran a Marx y Engels y desconocen los valores originarios de una centenaria civilización.
Considerada la primera revolución social del siglo XX, ha resistido las intentonas de borrarla y gracias al texto del 136 constitucional, de ocurrir una tragedia legal, en cuanto se restablezca el orden constitucional, será restablecida.
Para algunos, poco gracias a la información y la educación, la Revolución es un catálogo de “anécdotas” y no la razón de ser el futuro que arrancó cuando los militares dejaron de pelear por el botín que dejó miles, cientos de miles muertos por defenderla.
Ahora los remedos de la cuarta transformación, acortan la historia y el reconocimiento por temor a un “enfrentamiento con la marcha de la generación Z” y la festejan con un desfile de apenas 3 kilómetros: De la Plaza de la Constitución a la Plaza del Monumento a la Revolución.
Es seguro que en México no haya sobrevivientes del movimiento armado.
Están sus nietos, los hijos de los nietos y la secuela sigue.
Orgullosos están los que ganaron. Dolidos los que perdieron, los federales que defendieron al dictador.
Pase lo que pasare, la Revolución Mexicana será recordada, quizá no conmemorada, porque la historia se reescribe, pero no modifica sus principios. Por eso los cuatroteros la quieren sepultar para convertirse en los sucesores.
La cuatroté será olvidada antes de que su líder llegue a los 115 años.
