Los Grandes Retratos de Familia

 

Adam Haslett. Madres e hijos. Adn de Novelas. Madrid, 2025. 368 páginas

 

DAVID MARKLIMO

Ya lo hemos dicho en otras ocasiones: la literatura siempre vuelve a los orígenes, a los grandes temas. Y, por supuesto, no hay un tema mayor que el de los padres, las madres y los hijos. Quizá muchos encuentren repetitivo el tema, pero hay que recordar que las situaciones nunca son las mismas. Las personas, las épocas cambian. Y todas ellas tienen algo que decir, que aportar. Está, por ejemplo, lo que sucede en Padres e Hijos, del escritor ruso Iván Turguénev, que ha marcado el paso de muchas obras.

Precisamente, el título de esta novela, Madres e Hijos, de Adam Haslett, recuerda mucho a Turguénev. En ella, vamos a entrar en lo que supuestamente -y esto hay que enfatizarlo- es un relato de cotidianidad. Veremos la rutina que envuelve a su personaje principal, Peter, un abogado gay que ejerce en Nueva York, que se desvive por su trabajo, el cual consiste en representar a inmigrantes a obtener una solicitud de asilo. Peter es abogado de asilo en Nueva York; dedica su tiempo a los desesperados y desamparados. Su vida personal es casi inexistente: se siente solo, sin esperanza, atrapado por su propio pasado. La cotidianidad se nos antoja ajetreada, en apariencia monótona y sin demasiado interés.  Pero una de estas pequeñas historias es la que nos llevará al núcleo central de la trama. 

El detonante llega cuando Peter toma el caso de un joven albanés solicitante de asilo, lo que despierta recuerdos enterrados y los obliga a confrontar el pasado. Eso nos lleva a hablar de Ann, su madre, de la que lleva años distanciado, por un secreto compartido: un acto de violencia fugaz durante la adolescencia de Peter, relacionado con su primer amor y su salida del armario, marcó un quiebre irreversible en su relación. Ann se nos presenta como una mujer que está inmersa en su comunidad, en un centro que ha creado de ayuda a mujeres, y en cómo su vida se ha encaminado a tal propósito de solidaridad y ayuda. Vemos algo en común: madre e hijo, con vidas orientadas a ayudar al prójimo, quizá para subsanar unas heridas del pasado que van reabriéndose a medida que avanza la trama.

Esta es una novela sobre la práctica. Capítulo a capítulo, pasamos del mundo de Peter, narrado en primera persona, al de Ann, en tercera, construyendo como un retrato de sus vidas, del ritmo de sus días. Haslett construye la narración con maestría, alternando presente y pasado. En este entorno donde Haslett destaca, porque es bueno retratando personajes y relaciones, creando, pero especialmente manteniendo, la tensión en núcleos familiares en cierta manera anquilosados y reacios al cambio. Su prosa es precisa, poética y cargada de empatía, llena de frases que resuenas por su verdad universal. Es así que tenemos   una historia de fragilidades e incomprensiones, de tensiones ambientales, pero también familiares, de aceptación y de reconciliación, de saber abrirse caminos a través de la maleza enredada por generaciones y costumbres.  La narrativa de Haslett es excelsa en la psicología profunda, evitando resoluciones fáciles y mostrando cómo el trabajo (el de Peter en tribunales, el de Ann en retiros) puede ser tanto refugio como evasión.

Demasiadas páginas destinadas a una cotidianidad dificultan que la historia avance y encuentre ese punto de enganche con el lector. Pero hay que tener paciencia. Estamos ante una historia que resalta la profundidad emocional (algo insuperable, muy difícil de lograr), con una apreciación por el desorden de lo humano y una capacidad para hacer que el lector se detenga en reflexiones propias. Es una novela interesante, que vale la pena por la historia que cuenta y porque nos invita a la reflexión sobre cuanto pesan sobre nuestras vidas los hechos del pasado que dejamos sin resolver a la espera que el tiempo los cubra con una capa de sostenida tranquilidad. Pero eso no sucede, o digamos, rara vez sucede. No hay nada obvio ni fácil en la forma en que Madres e Hijos se desvela en su silencioso y conmovedor final. Es una historia tan profunda y real: un hermoso retrato de una madre y un hijo. Una novela conmovedora, inteligente y oportuna que confirma a Haslett como uno de los grandes narradores contemporáneos.

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