Los Dados de Dios
NIDIA MARIN
La crisis de desapariciones, sigue a galope en la República Mexicana. Según cifras oficiales, son más de 121,000 las personas desaparecidas y no localizadas.
De acuerdo a cifras de especialistas entre enero y junio en México se reportaron 7,399 personas desaparecidas y no localizadas, lo que representa un incremento del 18% respecto al mismo periodo de 2024.
A lo mejor los mataron (¡ojalá y no!) y sus cuerpos están en cualquier “rancho-fosa”.
¡Ufff!
Los ranchos del país, hoy pomposamente llamados “Unidades de Producción Agropecuaria”, no solamente dan de comer a los mexicanos (si los delincuentes no matan antes a sus propietarios, a los líderes agrarios, campesinos… o les arrebatan sus tierras), sino que se han convertido en los sitios donde las numerosas bandas delictivas que asolan a México esconden los cadáveres de los miles de asesinados.
Más de 4,000 fosas encontradas desde 2006 a la fecha lo confirman.
Y son pocos los sitios sobre los cuales ha trascendido información (gracias a las “Madres Buscadoras”) luego de que fueron transformados en cementerios clandestinos, comparados con la cifra que realmente existe y poco a poco va surgiendo y aumentando. Son decenas los que faltan por conocer, tras el chiripazo ocurrido en Jalisco con el “Izaguirre”, donde se estima que tras ser asesinados decenas de jóvenes y adultos fueron sepultados en aquellas tierras: más de 200 personas.
Hasta ahora, por ejemplo, además del jalisciense han encontrado restos humanos en los ranchos:
“El Manantial”, en Macuspana, Tabasco, el 25 de marzo de 2025. Todo apunta que con escoba y metralleta o a balazo limpio fueron masacrados varios mexicanos (las autoridades no han dicho cuántos fueron);
“Sac-Lol”, en Leona Vicario, Quintana Roo, en el mes en curso 16 cuerpos;
“El Guamuchil”, ubicado en la comunidad Agua de la Virgen, del municipio de Ixtahuacán, Colima, donde en abril de 2024, se registró el hallazgo de 44 cadáveres en un predio. Hasta mayo de 2025 la Fiscalía General del Estado (FGE) y la Fiscalía General de la República (FGR) confirmaron los resultados.
“Las Abejas”, en el municipio de Salinas Victoria, al norte de la zona metropolitana de Monterrey, Nuevo León (desde 2011 (30 cuerpos en total).
“El Limón”, en el municipio de Tlalisco, en Veracruz, en 2017 “miles de restos humanos” y en “la Gallera”, municipio de Tihuatlán, en el año 2016, el hallazgo fue de 22 fosas con aproximadamente 100 restos de seres humanos.
Otros restos en Veracruz han sido hallados en los ranchos de “Atitla”, “Santa Rosalía”, Tihuatlán. Suman más de 25.
Hay muchísimos más en otros estados, como son: Guanajuato, Baja California, Tamaulipas, Guerrero, Sinaloa, Quintana Roo, Sonora (rancho El Chichiquelite en Cajeme y Hacienda Gorgus); Michoacán (en Tejalá, Ziracuaretiro, “Los Negritos”, Cerro de la Cruz y en los municipios de Cueneo, Tacámbaro, Puruándiro…).
Y no existe certeza de las fechas cuando los asesinaron. Aunque, ciertamente, hay reportes constantes en diversas partes de la República Mexicana de nuevos hallazgos de restos humanos en ranchos (y propiedades rurales) relacionados con el crimen organizado.
Y LAS CIFRAS BAILAN AL SON
QUE LES TOCA EL GOBIERNO
Los efectos de desconocimiento de la cifra real de desaparecidos en la República (independientemente que afecte a las familias) es indudable que influye en múltiples áreas, entre otras: salud pública, seguridad, economía y rendición de cuentas.
Por ejemplo, para una asignación de recursos eficiente, tanto médicos como de medicamentos; para el desarrollo de políticas públicas, como en el caso de la salud, ya que por ejemplo durante la pandemia de Covid-19 el subregistro existente afectó la respuesta del gobierno.
También para saber con exactitud la cifra de muertes por causas violentas y conocer la magnitud de la inseguridad que se padece en el país. Se afecta la certeza para llevar a cabo estrategias de seguridad efectivas en las diversas regiones de la República Mexicana, así como en lo que toca a la rendición de cuentas.
Por si fuera poco, la discrepancia entre las cifras oficiales y la realidad genera gran desconfianza, hacia las instituciones gubernamentales y sus estadísticas, entre los ciudadanos, como ya ha quedado evidenciado con lo sucedido durante la pandemia y sus cifras gubernamentales chafas.
Y sobre ello ya tenemos ejemplos. Uno de estos fue, ciertamente, en el mandato de López con las cifras no confiables del tipejo encargado, por lo cual lógicamente fue ineficaz y al final de cuentas pésima y mal dirigida la respuesta oficial acerca de la pandemia de Covid.
De ahí que sea fundamental conocer con certeza las cifras precisas de nuestro país, para bien y para mal. Sin ellas, señalan los especialistas, se socava la capacidad del Estado para proteger a la población y llevar adelante programas.
Sí, señora en el poder. Hacer bailar las cifras por conveniencia gubernamental no beneficia a nadie, ni siquiera al gobierno, ya que si los ciudadanos desconocen a cuántos realmente han asesinado y la cifra de los muertos por enfermedades, además de inhumano, impide la creación y desarrollo de políticas de salud pública y de seguridad eficaces, saca chispas en la asignación de recursos y, en general afecta a los ciudadanos que, de alguna manera, podrían cooperar por el bien del país… no de un gobierno.
Como dicen algunos científicos:
Las estadísticas veraces de mortalidad son un indicador clave de la salud de una población… si se alteran sobrevienen consecuencias graves en la toma de decisiones, se afecta la credibilidad pública y, desde luego, la economía.
Además, los viejos especialistas respetados, consideran que la información alterada se traduce en evaluaciones incorrectas, lo que puede resultar en proyectos públicos ineficaces, inversiones financieras imprudentes o estrategias de salud pública inadecuadas.
En este siglo XXI, México se ha especializado en regarla en varios rubros (¡verdad López!) y hoy padecemos las consecuencias.
¿Hasta cuándo?
Como dice la letra de la canción “Desapariciones” compuesta y cantada por Rubén Blades:
“Que alguien me diga si ha visto a mi esposo / Preguntaba la Doña / Se llama Ernesto X, tiene cuarenta años / Trabaja, es celador en un negocio de carros / Llevaba camisa oscura y pantalón claro / Salió anteanoche y no ha regresado,/ y no sé ya qué pensar… / Pues esto antes no me había pasado
“¿Adónde van los desaparecidos? / Busca en el agua y en los matorrales / ¿Y por qué es que se desaparecen? / Porque no todos somos iguales / ¿Y cuándo vuelve el desaparecido? / Cada vez que los trae el pensamiento / ¿Cómo se le habla al desaparecido? / Con la emoción apretando por dentro”
