El emperador de Alegría.
Ocean Vuong. Editorial Anagrama, Barcelona, 2025. 440 páginas.
Es un pueblo donde los chicos del instituto, que los viernes por la noche no tienen donde ir, aparcan las camionetas de sus padrastros en los límites sombríos del parking del Walmart, beben Smirnoff que llevan en botellas de agua Poland Spring y ponen Weezer y Lil Wayne a todo volumen, hasta que, una noche, bajan la cabeza y descubren que llevan un bebé bajo el brazo, y se dan cuenta que están en la treintena y que el Walmart no ha cambiado nada.
DAVID MARKLIMO
¿Qué es la migración sino un ejercicio de autoafirmación? ¿Es la soledad un ejercicio de autoconocimiento? ¿Es el dolor la emoción que predomina hoy en el mundo? Son las preguntas que te deja El emperador de Alegría, el nuevo libro de Ocean Vuong. Definida como una epopeya cotidiana sobre la supervivencia es también un texto que nos dice que la alegría no es un lujo, sino un acto de resistencia. Es un mensaje poderoso, tejido con hilos de dolor, ternura y redención.
La historia se desarrolla en Alegría Este, un pueblo ficticio de Nueva Inglaterra —inspirado en la Hartford obrera donde Vuong creció— asediado por la quiebra económica, la crisis de opioides y el peso invisible de las guerras pasadas. El protagonista, Hai, un joven inmigrante vietnamita de 19 años, aparece en las primeras páginas al borde de un puente sobre el río Connecticut, con una pierna ya sobre la barandilla, listo para saltar desde treinta metros de altura, pero no lo hace. Con esa imagen de apertura nos adentraremos en un entorno marcado por la precariedad: trabajos en cadenas de comida rápida como Home Market, compañeros de piso unidos por pastillas y deudas, y la soledad de ser un diferente, en un sitio donde la diferencia es mirada con sospecha.
En este entorno, en una noche cualquiera, un suceso le cambia la vida: el ofrecimiento de la anciana a que se quede a vivir con ella a cambio de ayudarla a organizarse con los medicamentos para combatir la demencia frontotemporal que sufre. Así se nos introduce a Grazina, una mujer lituana de 82 años. Nos adentramos, pues, en el mundo del cuidado. Ella lo confundirá con un sargento de la Segunda Guerra Mundial, y juntos inventarán una guerra que les permite navegar el caos del presente. Este dúo improbable construye un refugio efímero contra el desorden. Grazina, con sus recuerdos borrosos de Vilnius y campos de refugiados, y Hai, con sus cicatrices encarnan el gran tema de la novela: no es la sangre, sino los lazos forjados en la vulnerabilidad compartida lo que crea una familia.
La novela toca temas como la inmigración, el duelo transgeneracional, la brutalidad del trabajo precario y la búsqueda de una segunda oportunidad. Los grandes problemas de la juventud están retratados: la adicción como escape, el trabajo mal pagado y la honestidad brutal del mundo. El lenguaje es un prodigio de innovación formal, pues salpica la narrativa con detalles que elevan lo cotidiano para abrazar la monotonía de la vida real. Las diversas escenas, los diálogos crudos, o las noches de insomnio compartidas con Grazina, destilan una madurez que es, a la vez, sensible y dolorosa. Es lenguaje más terrenal, poco rebuscado, que se atreve a lo cómico y lo grotesco: risas entre sirenas de ambulancia, o el absurdo de fingir ser un soldado en una guerra que nunca se participó.
El gran acierto de El emperador de Alegría es mostrar que todos estamos en búsqueda de algo, todos somos personajes secundarios en la vida dolorosa y conmovedora de alguien más, trabajando juntos en un entorno laboral que no nos llevará a la tierra prometida. Es un libro para leer en voz alta, para recordar que, incluso en los momentos más oscuros, el amor —en sus formas más humanas— es el puente que nos salva.
