“Atrapado Sin Salida”

 

 

¿Hay que ser Piedra Para no ser Loco?

 

HORACIO ARMANDO HERNÁNDEZ OROZCO

“Atrapado sin Salida” (“One Flew Over The Cuckoo’s Nest”) película dirigida por Milos Forman y protagonizada por Jack Nicholson (Randle Patrick McMurphy), Louise Fletcher (Ratched), Danny Devito (Martini), Christopher Lloyd (Taber), Brad Dourif (Billy Bibbit) y Will Sampson (El “Jefe” Bromden); se estrenó el 19 de noviembre de 1975.

Es 1963, Randle McMurphy es acusado de estupro y se declara insano; entonces es enviado a un hospital psiquiátrico en Oregón; la realidad es que no sufre trastorno mental alguno, simplemente aspira a evitar una condena; sin embargo, la sala en que es recluido es dirigida por Mildred Ratched, una estricta enfermera que intimida a los pacientes por medio de una serie de acciones pasivas-agresivas.

El guion está basado en la novela homónima de Ken Kesey, y ganó cinco premios Oscar, incluyendo mejor filme, y seis Globos de Oro; en 2025 se cumplen 50 años de esta maravillosa cinta.

UN LOCO SUELTO

Randle Patrick McMurphy es trasladado a un hospital psiquiátrico para ser evaluado y determinar si realmente padece de alguna enfermedad mental, la cual aparenta tener para evitar el ingreso a prisión, sin embargo, durante su estancia se enfrenta a la jefa de enfermeras Ratched quien va sometiendo su espíritu libre, ante todo su rebeldía.

La película es una crítica a la sociedad que mira a las personas con trastornos mentales como “diferentes”, sólo porque van contra las normas establecidas, pero lo cierto es que esta gente tiene una realidad distinta, e incluso llegan a configurar un lenguaje distinto. La crítica se enfoca al papel de la psiquiatría, su manera de proceder ortodoxa, su exceso de control sobre los enfermos, su pensamiento rígido y sus terapias que eliminan la individualidad y que busca configurar entes sin juicio.

La estricta e inflexible enfermera representa esta parte rígida de la psiquiatría en tiempos donde los derechos humanos eran invisibles ante el avance tecnológico de los nuevos aparatos neurológicos.

La novela de Ken Kesey de alguna forma se relaciona con el movimiento surgido en Inglaterra, conocido como la anti-psiquiatría, que pretende romper con el statu quo de los enfermos mentales, así como con las atrocidades que suceden en los hospitales, cuestionando las prácticas psiquiátricas tradicionales y la noción de enfermedad mental que se apoya desde mediados del siglo XIX.

ENTRE MÁS LOCO 

MÁS MEDICINA

McMurphy organiza sin permiso una “fiesta” para sus compañeros y logra infiltrar a dos mujeres al centro de salud, una de ellas pasa la noche con Billy Bibbit; cuando Ratched los encuentra juntos amenaza a Billy con decirle a su madre lo qué pasó, esto causa que él se suicide lo que provoca que McMuphy ataque a Ratched, por lo que ella decide practicarle una lobotomía que lo deja en una condición involuntaria.

Se dice que la enfermedad mental no existe y que los “locos” son sólo aquéllos que dicen cosas incómodas, eso que nadie quiere oír. Por ello, la sociedad cuenta con los psiquiatras para silenciarlos. Las “enfermedades mentales” son los comportamientos de individuos que perturban. La esencia de la locura es el disturbio social y el tratamiento que se aplica a aquéllos que la “padecen” se asimila al de un cargo político en el marco de un Estado totalitario, el de disidencia.

Cuando se es disidente del sistema político hay que silenciarlo, darle su tratamiento, si bien no psiquiátrico si alternativo; al igual que aquél estudiante que pone en entredicho la autoridad del profesor, hay que ponerle sus orejas de burro y contra la pared.

La psiquiatría tradicional, también denominada el Estado Terapéutico, se caracteriza por una sociedad excesivamente medicalizada y una cultura que tiene como correlato el crecimiento desmedido de la industria farmacéutica y sus obscenas ganancias, llegando a constituir una de las áreas de actividad económica más rentables. Se denuncia la represión de la locura con su cortejo de camisas de fuerza, encierros, electrochoques, lobotomías y embrutecimientos químicos.

Y AUNQUE LA 

JAULA SEA DE ORO…

El “Jefe” Bromden, al ver el estado vegetativo en que ha quedado McMurphy decide asfixiarlo y posteriormente con una taza de inodoro rompe un ventanal para salir a la libertad.

De alguna forma, los hospitales psiquiátricos funcionan como los centros penitenciarios: hay rejas que limitan la libertad; el objetivo es mantenerlos adentro, argumentando que ahí están seguros, pues afuera pueden sufrir un daño. En los centros de reclusión, se mantiene a los internos para compurgar su pena, porque afuera representan una peligrosidad, ¿pero no será, que el discurso es el mismo para ambos casos, al menos en la psiquiatría ortodoxa?

En ambos lugares hay horarios que deben respetarse, en el hospital la hora para tomar la medicina, en el penal para pasar lista de internos; también hay reglamentos en una y otra institución, su incumplimiento en el hospital es causa de electrochoques y en el penal de correctivos disciplinarios que repercuten en la posibilidad de ser dictaminados como “no sanos mentalmente” o como “desfavorables” para un beneficio de libertad anticipada.

En los hospitales psiquiátricos los enfermos deben asistir a las terapias de grupo, para que en el caso de ser considerados “curados” puedan regresar a sus vidas; mientras que en los centros penitenciarios los sentenciados deben asistir a los talleres impartidos, cuando los hubiere, en caso de que exista la posibilidad de acceder a un beneficio preliberatorio, lo anterior para su reinserción social.

LA TUTELA COMO FORMA DE 

VIOLAR DERECHOS HUMANOS.

Parece mentira que la tutela legal haya sido el pretexto para aplicar estos “tratamientos médicos” a los enfermos mentales, a los cuales se les veía como un objeto de protección y no como un sujeto titular de derechos y obligaciones, con plena violación de sus derechos humanos.

El filme muestra como parte del tratamiento para apaciguar el espíritu rebelde de McMurphy, primero aplicarle unos electrochoques, y al ver que los mismos no fueron eficaces, se procede a reprimir su “injustificada agresividad” con una lobotomía; pero ¿acaso se realizaron los estudios clínicos que revelaran la necesidad médica de tal tratamiento? o, si la enfermedad mental impedía recabar el consentimiento del paciente, ¿se pidió la autorización correspondiente a los familiares del mismo?

La diferencia entre ser un objeto de tutela y ser sujeto titular de derechos y obligaciones es abismal; la enfermedad mental se incluye en la esfera del “mal”. La sociedad “civilizada” se horroriza ante la ausencia de salud mental y surge el control de la sociedad; el discurso oficial existe para convertir el diálogo en objeto de debate que sea controlable.

En la actualidad nadie niega que los enfermos mentales son personas que gozan de derechos humanos, o ¿acaso no es así?

La mejor respuesta la tendrá como siempre nuestro amable lector…

Acerca de misionpo 19012 Articles
Noticias nacionales e internacionales. Investigación y reflexión política.