El Verano Como Territorio

 

Francesco Pecoraro. Lo único que importa es el verano. Editorial Periférica, Barcelona, 2025. 208 páginas.

 

DAVID MARKLIMO

 

En muchos países, no necesariamente en México, el verano es visto como la época del año en que las ciudades se abandonan y los trabajos también. Esa costumbre, de tener casi un mes o más de vacaciones, responde al simple hecho de que habitar ciertas ciudades se vuelve insoportable, dada la humedad, el calor y la poca actividad. Son tiempos de sopor, de búsqueda de sombra. Así que es normal que se cambie de escenario, que se busque bien sea la montaña con su frescor o la playa con su ambiente.

Múltiples novelas, la mayoría europeas, suceden en ese lapso de tiempo. Es el caso de Lo único que importa es el verano, la nueva novela de Francesco Pecoraro, uno de los grandes narradores de la literatura italiana contemporánea. Sus observaciones son extremadamente incisivas y lúcidas, casi todas dichas como si el sentido común fuese el más común de los sentidos.

La novela nos lleva al último verano del siglo XX, el 2001, justo antes de los atentados en Nueva York y Washington que cambiarían la perspectiva de lo que aquí se cuenta. Por decir algo, se entrelaza las vidas de cuatro amigos treintañeros —Giacomo, Enzo, Filippo, todos varones, y Biba, la única mujer del grupo— con los eventos de la cumbre del G8, en Génova. Veremos así, un trasfondo de agitación social, desencanto generacional y la búsqueda de sentido en un mundo que se tambalea y que dentro de nada colapsará.

Mientras, los tres hombres buscan refugio del calor romano en la costa del Tirreno, Biba se ve arrastrada a Génova, donde es testigo de la brutal represión de las protestas antiglobalización, un evento que culmina con la muerte del joven Carlo Giuliani y que marca un punto de inflexión en su vida. 

En primer lugar, entonces habrá que decir que la obra explora las  relaciones complejas, marcadas por una amistad que a menudo se funde con el deseo. ¿Dónde empieza la amistad, cuál es el punto que la transforma en otra cosa? Esta claro que Biba es el eje del grupo, al que ella apoda con el acrónimo de GEF (las iniciales de los tres varones), que para ella representan una «segunda familia». Pronto, del GEF, nos daremos cuenta, que sólo son de hombres torpes que navegan entre sus propios anhelos y las desilusiones de su época. 

Pecoraro entrega una obra que es a la vez un lamento por una generación perdida y una reflexión sobre la fragilidad de las certezas humanas. Estamos ante una narrativa polifónica, que alterna con fluidez entre las perspectivas de sus personajes, explorando sus aspiraciones y contradicciones. El contraste entre la indolencia de la vida cotidiana y la violencia de los eventos históricos es uno de los mayores logros de la obra. No solo narra el presente, sino que lo sitúa y lo deja fijo como si fuese un territorio habitable, una isla. Cuando se conecta la crónica personal con la historia política es posible ver la decadencia de Italia, un país que empezará su agonía justo después de ese verano. Por contra, la playa, es descrita como el único lugar dedicado por completo a la felicidad. Por supuesto, ese símbolo es temporal, porque el verano nunca es eterno. A los días de sol le suceden los árboles pelados, las playas vacías. La tragedia del verano es clara: es una ilusión frente a un mundo que dejará la playa vacía. ¿Todo se desmorona? ¿Es eso el final de la Historia? ¿O es sólo el paso de la juventud a la vida adulta?

La prosa es elegante, mordaz y cargada de una tensión que refleja la inquietud de una generación sin ideologías ni utopías. La mirada crítica sirve no sólo para diseccionar las dinámicas personales de sus personajes, sino también el contexto político y social de una Italia bajo Berlusconi. La novela, en este sentido, es un retrato devastador de una sociedad que, como dice Biba, parece haber perdido cualquier idea por la que valga la pena arriesgarse. Sólo importa el consumo, el placer efímero de abandonar la ciudad y poner una toalla encima de la arena. Si el mundo arde, ese y ano es nuestro problema.

Dicho diagnóstico puede resultar abrumador en algunos momentos. Encima, la transición entre las subjetividades de los personajes, aunque efectiva, ahonda esa sensación.  Lo único que importa es el verano es una novela que desafía, que no teme mirar de frente las contradicciones de nuestro tiempo.  Una lectura imprescindible que resuena mucho más allá del verano.

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